jueves, agosto 18, 2022
    Religión y sensualidad: Fuerzas emancipadoras en Las palabras no saben morder el polvo de Lucía Yépez

    María del Carmen Benítez Flores

    En diversas épocas, autores dedicados a la vocación religiosa se han expresado poderosamente a través de su poesía amorosa. Una cita célebre de San Agustín reza así: “El amor comienza con una sonrisa, crece con un beso y termina con una lágrima”. Esta relación puede tomar tintes incluso eróticos, como lo hizo John Donne en su poema “Una despedida: prohibido el duelo” donde el poeta relaciona la separación de los amantes con los brazos de un compás, sugiriendo la cópula de una pareja. En las artes plásticas, el cuadro escultórico barroco de Bernini, el “Éxtasis de Santa Teresa”, representa la transverberación de la santa, interpretada como la unión íntima con el mismísimo Dios.

    ¿De qué forma nos transporta Lucía Yépez con su lírica de temática religiosa y sensual en su libro Las palabras no saben morder el polvo? Las imágenes mitológicas, literarias, místicas, mágicas, zoológicas y cosmopolitas son profusas. Pero son las alusiones y metáforas religiosas las que predominan en este poemario, con figuras literarias tan poderosas, que merecen un análisis aparte.

    Estas alusiones religiosas coinciden en forma y fondo con la liberación de los sentidos que Lucía Yépez nos lleva a experimentar. De manera impecable, su poesía combina rituales y símbolos bíblicos con intensas referencias eróticas, llevando al lector hacia la idea de una comunión de cuerpo y alma con el ser amado. Esto se manifiesta bellamente en su poemario.

    Dice en “Crucemos la línea”:

    Corro el riesgo

    me construyo

    quemándome en el deseo

    esa es la salvación

    No importa cuando

    hoy

    ayer

    No estoy para nadie

    tras el escalofrío de reinos lejanos

    la melancolía genital del enigma

    contra las amenazas

    bautízame

    entrecerraré los ojos

    el crimen llegará

    serpiente brotando

    de los espasmos de un lucero

    aunque sobre la arena

    chirríe el mar…

    En sus composiciones hay rebeldía ante los símbolos religiosos convencionales. Ejemplos de ello son sus poemas “Lady Macbeth” y “Miedo al poema”. En “Mare Nostrum” la poeta desafía una noción de espiritualidad que no comulga con la intolerancia religiosa:

    A las tres de la mañana

    la melancolía es un puñal

    temblando en el espejo

    habito las llamas del infierno

    mi crimen de poeta negro

    y las bestias surgen

    detrás de un cuchillo

    Oremos

    Paz a los hombres de mala voluntad”

    La realidad cotidiana y la santidad se combinan en la lírica de Yépez, hasta crear una dimensión poética sin espacio ni tiempo, hablando de manera elocuente a nuestros sentidos, a nuestra psique, y a nuestra relación con aquello que cada uno tengamos por sagrado. En estas páginas, vemos cómo los demonios interiores cobran fuerza, mientras que los seres celestiales se debilitan para mostrarnos otra faceta de la imagen del ángel caído, como se aprecia en los siguientes fragmentos de “Sola por enésima vez”:

    … dolor de almendra amarga

    asoma al borde de sus ojos

    (¿A dónde          desde cuándo        dónde estás?)

    en esta hora de sepulcros

    ¿Qué ángel invocará la verdad?”

    Así como en “¿Sabes cuándo dar el golpe preciso?”:

    … la canción de la serpiente alza los brazos

    preguntan por no sé quien

    recuerdan

    que los ángeles se han vuelto negros

    lloran arrinconados

    a la hora señalada.

    Dice en “Melancolía Post Meridem”:

    …Apagas la luz

    la noche se abre sobre el mar

    un ángel se arroja al vacío

    Yo acecho en tu mirada al océano

    sabes a mar…”

    Y en “Talk to me”:

    De pie frente a mi sombra

    ¿a quién maldecir?

    mi ángel guardián

    perdió el metro

    Las paradojas entre la noción convencional que muchos tenemos para alcanzar la santidad y la propuesta por Lucía, nos llevan a contemplar una nueva forma de llegar al cielo. Escribe en “Al poniente”:

    … encendida al poniente

    toda ventana

    mira la tristeza

    pero nadie debajo de la cama

    podrá arrancar los caracoles

    ¿aprenderé a ser olvido?

    Quien se robe una manzana

    recobrará la inocencia.”

    Y en “Vorágine”:

    …mi cuerpo en tus labios se vuelve plegaria

    caracola

    humedad de mar

    ¿Se puede hacer el amor rezando?

    Asimismo, nos plantea preguntas que, por su sed filosófica, se vuelven desafiantes, como en el poema “Jorge”:

    Devuélveme

    a las manchas de tu muro

    los pechos desnudos

    de sueños vírgenes


    ¿Dios mío

    inventaste la muerte?

    En sus poemas, se recobra la gracia a través de alusiones a símbolos y rituales que normalmente asociamos con el castigo, la sentencia y el juicio, para así redimir a los amantes y purificarlos a través de la unión del alma y la piel, como lo hace en “Tango en Mi Bemol”:

    …te reto a compartir

    mis lúbricos propósitos

    no puedes extinguirme

    con agua bendita

    Dios está en vigilia

    tu estrategia

    es inútil

    mi saliva te humedece

    tal vez

    si decides

    ser anarquista

    recupere mi lengua

    el estado de gracia…

    Se ha hablado antes de los recursos que Lucía Yépez utiliza con maestría: su lírica impecable, la yuxtaposición de palabras para realzar su intensidad y sus juegos con la estructura gráfica de las estrofas, que en ocasiones evocan diversas voces dentro de un mismo poema; voces que, si bien ciertamente dan una estructura poética, también son alusivas a las letanías de una oración o incluso un salmo responsorial, como en “Balada de tu quinta gata”:

    Al final de la quinta avenida

    de tus gatas nada sé

    ni de la santa lujuria de sus cuerpos

    montados uno en el otro

    Saltan golondrinas de sus dedos

    como una maldición

    A cuarenta grados bajo cero

    nada se puede ver

    mi vida es un recuento

    de expulsiones

    Tendremos que llorar bajo el agua

    poco importa tu pasado en claro

    Algo entre las sábanas se quiebra

    en trance mortal

    caes

    pétalo

          a

    pétalo

    Una gata negra habita tu sombra

    lame tus bordes

    con las mil lenguas de Babel”

    Para concluir este breve peregrinaje por los poemas de Las palabras no muerden el polvo, podemos decir que, en la poesía de Lucía Yépez, encontraremos ecos de los desafíos que muy seguramente muchos podríamos planteamos al pensar en la religión como una serie de limitaciones y juicios. Estos poemas nos acercan más a una emancipación a través de la experiencia de los amantes, un solaz similar al que se encuentra en poemas bíblicos como El Cantar de los Cantares.

    El leer a Lucía y adentrarse en sus metáforas y alusiones al antiguo testamento y a la vida de los santos en un contexto de cotidianeidad, de sensualidad e incluso de lujuria, nos lleva a encontramos a una poeta libre que se expresa valientemente y que nos hace reflexionar sobre otras formas de amar e incluso de orar. Esto es una proeza en un país en el que tradicionalmente la mujer es portadora de la fe religiosa en la familia.

    Estudios estadísticos indican que en la religión cristiana, las mujeres son más religiosas que los hombres. Por lo tanto, su loable manejo de estos temas a través de la poesía, constituye una importante contribución a la emancipación y el empoderamiento de la mujer, ya que estos poemas tienen el potencial de liberarnos de prejuicios, en muchas ocasiones autoimpuestos o impuestos por la sociedad. Sus cantos nos recuerdan un renovado significado de la frase “experiencia religiosa” como referencia al amor de pareja.

     



    María del Carmen Benítez Flores.
    Nació en Ciudad de México. Maestra en Tecnología Educativa por el Tecnológico de Monterrey y la Universidad de British Columbia en Canadá. Graduada con honores en Lengua Inglesa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Imparte temas de Lengua y Literatura Inglesa en el programa de Bachillerato Internacional y es directora de Lenguas Extranjeras de la Prepa Tec Campus Eugenio Garza Lagüera del Tecnológico de Monterrey. Es coeditora de Onomatopeya Productions, Así como lo oyes, casa editora de la colección Poetazos. Desarrolla un proyecto de escritura conjunta de cuentos para niños.