jueves, agosto 18, 2022
    Una lírica erótica y divina

    Nora Lizet Castillo Aguirre

    ¿Yo quién soy?
    Volando me vivo, cantor de flores,
    Compongo cantares
    mariposas de canto:
    ¡broten de mi alma,
    saboréelos mi corazón!
    Ms. Cantares mexicanos

    Minerva Margarita Villarreal y su poesía son referentes obligados en el panorama poético nacional. Nos referimos no solo a su dedicación a este oficio de poeta, sino a las imágenes tan eróticamente delineadas, trazadas por su necesidad de compartir su fuego interior. Tanto el erotismo como la espiritualidad se consideran nociones reprobadas en nuestra cultura mexicana, como si estuvieran sometidas al rechazo. Los fundamentos de una espiritualidad derivados en buena medida de la doctrina platónica se han empecinado en delimitar las fronteras entre lo que es el territorio del cuerpo, de su opuesto, que llegan a ser las manifestaciones del espíritu. Desde este punto de vista, lo mundano, lo material y lo corpóreo están hechos irremediablemente de elementos distintos al espíritu, la conciencia y la divinidad. Sin embargo, en la poética de Minerva Margarita Villarreal estas confrontaciones son necesarias, pareciera que su objetivo literario era poder hacerlos convivir en el mismo verso. Su literatura es el reflejo de un mundo que se abre paso a empellones para cambiar la concepción del arte y de la palabra.

     

    Tanto en la literatura como en las otras manifestaciones artísticas reconocidas por la cultura oficial y en los medios de comunicación masiva, las imágenes de la mujer han sido, en su mayoría, elaboradas por una perspectiva masculina que se ha presentado y autorizado a sí misma como régimen de la verdad, En esas imágenes priman los rasgos que convierten a la mujer en espectáculo, en objeto creado para “la mirada privilegiada” del sujeto masculino, como demostrara John Berger en su análisis de la mujer en la pintura. […] en el caso de la mujer que ha sido incorporada a la sociedad y la nación en su responsabilidad primaria de madre y esposa, éstas funcionan como guiones performativos del “ser mujer”. (Guerra, 2007, 34-35).

     

    En los poemas de Minerva Margarita Villarreal estos guiones performativos a los que hace alusión Lucía Guerra se van transformando. Nuestra autora se ha encargado de mostrar las distintas facetas de una mujer tanto en su persona como en las protagonistas –místicas y paganas– de sus poemas. De Las maneras del agua:

     

    Aparece

    Antes del alba sus manos traen el cielo hasta el muro de piedra
    y en lecho de madera abro los ojos que no abro
    Su hábito solar… su descalzo venir
    estando aún dormida con otros ojos vi
    Tersa Teresa de las metamorfosis
    blanca es rosa su piel… roza casi su rostro
    Detrás del respaldo que no hay
    ella misma es respaldo:
    Cara… brazos… torso… manos… sobre mi cabeza
    Inclinada está:
    Cúmulo de luz Teresa bajo el velo negro en la tiniebla rémora
    sus pies desde otro plano
    la vigilia previa de atravesar
    el curso de los astros
    e irrumpir
    Tersa de las meditaciones
    En la tierra el espanto:
    Más que asombro
    mantequilla líquida penetrando
    por no sé qué resumidero
    el cuerpo:
    Seré una alcantarilla en manos de Teresa
    una fiebre de oro de las llagas de Cristo
    un cielo desprendido del siglo dieciséis
    una viuda oscilante… un dominico en ascuas
    una familia perseguida
    y de cuatro maneras germinará lo plantado:
    Agua del pozo
    Agua de noria sin anegar el huerto
    Agua de río o del arroyo
    Lluvia del cielo:
    La humanidad de Cristo desnuda tus pupilas
    su tórax alanceado aún gotea
    Bañémonos Teresa en esta rojedad
    En la tierra el espanto
    Bañémonos Teresa
    El espanto Teresa
    Bañémonos Teresa en esta rojedad

     

    Laude
    Estoy tocada por Dios
    la violencia de su cuerpo
    por mi sangre fluye
    tocada por
    la violencia
    es
    el cuerpo
    de la sangre que fluye
    tocada
    por tu cuerpo
    la violencia fluye
    Dios
    por mi cuerpo
    dentro
    de mi cuerpo
    como
    un canto
    Y
    por
    Él
    estoy sangrando

     

    En estos versos en los que Teresa de Ávila pone de manifiesto su cuerpo, menciona su sangre, sus deseos, el momento en que es tocada por Dios y menciona la violencia del cuerpo de Dios/Cristo. Esta mención no es descuidada, hay una dualidad entre lo divino y lo profano. La mención del cuerpo no es un acto inocente, es una conjunción mística entre lo terrenal y lo divino. Hay una inflamación no solo del cuerpo sino también del espíritu. Hay un gozo al experimentar la comunión de Dios con lo mundano. De modo que, partiendo de los sentidos corporales en busca de la divinidad y, por otro lado, partiendo de la divinidad para hacer esta fusión, estas dos cúpulas poéticas de la literatura contemporánea se nos presentan como provocaciones de aquella dualidad que busca apartar el cuerpo y el espíritu en el mundo. En el punto de inflexión entre lo profano y lo sagrado hay una reacción muy fuerte, no se trata de reacciones separadas del individuo o de una conciencia individual más próxima a la que conocemos, sino que se trata de la pasión de Cristo a través de Teresa y revelada a Minerva Margarita Villarreal para que lo pudiera manifestar a través de estas palabras cargadas de erotismo. La reacción no es consciente, pero nadie se salva del cambio. El éxtasis que experimenta Teresa no la redime de la necesidad de seguir los pasos de Cristo. Y nosotros, los lectores de estas revelaciones también hemos sido tocados por el éxtasis de Minerva Margarita Villarreal y sus suaves maneras.

     

    El ojo de agua de sus manos

    Con solo tocarme la cabeza mientras dormía
    con sólo decirme sin decirme
    al fuego celeste
    desperté
    Adicta
    arrodillada
    hasta las fundaciones
    En la inmensidad de Icamole
    cuando más amo el desierto
    el ojo de agua de sus manos
    su delirio
    su tibieza feroz en mis rodillas
    Vi sucederse las señales
    hasta que se ausentó de la carne
    como una virgen que desaparece.

     

    Laude
    Mientras me como esta manzana
    Dios viene a bendecirme
    parpadeante de sol
    desciende
    al vuelo
    de la paloma
    con su piel
    su pelo alborotado
    y un joven
    que conduce a la puerta
    del programa de los doce pasos
    El muchacho es adicto
    De cada diez
    uno no recae:
    La impotencia de sus labios
    por mi sangre
    fluye

     

    En este otro poema, con su laude nos habla de las adicciones, de las necesidades del cuerpo, de la necesidad de encontrar la fe y el alivio que representa saber que los seres celestiales pueden redimirnos de los pecados. En este solo poema ha mencionado los elementos inequívocos de la divinidad: la luz, el agua, la manzana, la puerta, el sol, la paloma, una virgen que desaparece, el desierto, la genuflexión en señal de reverencia. Y, por otra parte: la angustia, la adicción, la necesidad, el programa de los doce pasos de los alcohólicos anónimos. Seres dependientes no solo del licor, sino de atención, de una guía, seres en espera de milagros, seres seducidos por los placeres carnales, por los placeres sensoriales y, por lo tanto, fácilmente recompensados en su eterna espera. Conjuga de manera magistral Ávila, Icamole, el desierto y el agua. Elementos aparentemente contradictorios en comunión con lo etéreo.

     

    Un vestido para desnudarme
    Hoy mi vestido significa:
    Me levantaré de la cama como si obedeciera a Cristo
    Entre una manta de gases
    muslos adoloridos huesos que se desploman
    camino a paso lento
    No debo caer
    porque la montaña se ha partido
    y cuando abre la mañana
    un agujero se vuelve un precipicio
    Me levantaré de la cama
    tomaré una ducha
    El agua limpia mi cuerpo
    me despoja de ese humor
    fétido de estar enlatada
    como sardina
    me desdobla en mi peso drenado y me multiplica
    pues la multitud está hambrienta
    y como si yo fuera los panes y los peces
    confundo los gritos con el llamado
    mas cerca su voz resplandece
    y me alcanza
    Me visto después del baño
    luego de tallarme las grietas
    las flores fueron abriendo
    porque yo
    recién lavada
    y bendecida
    me he multiplicado:
    Un vestido de algodón
    un vestido holgado como Olga
    con volantes de ancho vuelo
    para pasear los huesos
    los muslos las caderas moverlas ya en la vida
    en su agua clara
    en su viento de lilas aromadas
    y que no trote la cabeza
    de un lado a otro por dentro abotagada
    como nave que se bambolea ante la agitación de espadas
    de ese mar puntiagudo y alebrestado que la embiste
    Un vestido con turbante que sujete el pensamiento que ha vaciado mi corazón
    muy asustado observándolo todo
    un vestido para volar
    para ganar el cielo
    un vestido y que beban los pájaros
    de su estanque dorado en su bailable aéreo
    ¿Sabes cuál es el salario del mal?
    Es la muerte y me niego a depositarle pago alguno.

     

    Hay en estos versos propuestos por Minerva Margarita Villarreal una promesa de erotismo exquisito y delicado que serpentea el misticismo sin olvidar la corporalidad de lo mundano. Va entretejiendo una secuencia de recuerdos que se funden gradualmente a la temperatura por momentos serena y por momentos vehemente de la añoranza, y que son propuestos desde el momento de la duermevela a punto de conciliar el sueño o de un sueño que busca el despertar. Surge, por tanto, en este libro de Las maneras del agua una voz que se escucha imperceptible desde el umbral de la agonía compartiendo la ruta con el paso de la plenitud. El vestido en contraposición con la desnudez, lo oculto y lo visible a través de la suave tela. El roce de la tela con las caderas voluptuosas, una manera muy erótica de hacer alusión al hecho de necesitar cubrir el pecado de la carne. La vitalidad del sexo emerge de las palabras con las que trata de cubrir esas grietas, mientras que es evidente el Eros y el Thanatos, el Alfa y el Omega. El miedo a la muerte que se evidencia en contraste con la vitalidad del sexo palpitante que el vestido debe cubrir para ganar el cielo.

    En otro poema denominado Herida luminosa consideramos que una característica muy definitoria es la división del poema en antesalas. Compuesto como una elegía al dolor presentado de muchas formas. En un principio percibimos la evocación al amor, la historia de un encuentro, la dicha y la pasión y después la pérdida enunciada mediante imágenes de simbolismo erótico. La firmeza de las imágenes al ser rememoradas provocan la insistencia de la chica abandonada que se descose y se desbarata, hasta llegar a no querer morir, al mismo tiempo que percibe que es el único final posible. La voz parece enajenada en espiral y desde ese punto se dirige a un recóndito que por instantes puede evocar a un amante, por instantes se asemeja a un recuerdo, por momentos se trata de un diálogo interior e inclusive, por momentos insiste en un diálogo con la divinidad:

     

    Para la niebla un cuerpo
    para tu cuerpo un viento desatado
    para ese viento un hombre
    para sus ojos llovidos por el goce
    abre tus puertas templo
    La gota del flagelo
    tan ansiosa de sábanas
    su blanca piel abría
    Para la nieve un cuerpo
    para la noche
    el viento detenido
    el río que anunciaba
    la hiel de la navaja
    en esa niña
    Su fuego es siempre un nido
    al ave que renace

     

    Nuestra autora combina distintos elementos que se conjugan en estas líneas, elementos naturales como la niebla, la nieve y el viento que indefectiblemente se perciben con los sentidos; el río, la hiel, el fuego que son combinados con una sutileza casi divina. En principio hay una reminiscencia, un recuerdo que se insiste y no puede evitar el quebrantarse conforme el dolor, un dolor que proviene no solo de la nostalgia sino un dolor categórico, físico, natural de un cuerpo atormentado y que se abre paso en la escritura. Hay un vínculo de dolor y plenitud, por lo tanto, en el recuerdo que se transforma en un rasgo poético. Probablemente lo que conduce la vertiente de esta poesía es básicamente un deseo de unión. La unión del cuerpo a través del espíritu y del espíritu a través del cuerpo. Una comunión con la divinidad. El deseo de esa comunión se mueve de eventos y terrenos, de estaciones y existencias como una sola intensidad que se dispersa y se concentra nuevamente sin aviso. La herida luminosa que se niega a cerrarse. Tal vez por ello, nos deja su voz:

     

    Esa voz
    es el canto que bebes
    como pez sumergido
    hasta el fruto
    que brilla
    más profundo que el mar

     

    Esa voz es el canto, esa voz de Minerva Margarita Villarreal nos ofrecerá siempre una nueva propuesta de la lírica erótica y divina. Una fusión que solo ella pudo lograr al ensayar en escenarios que solo una diosa podía pisar.

     

    REFERENCIAS

    Guerra, Lucía. (2007). Mujer y escritura. Fundamentos teóricos de la crítica feminista. Ciudad de México: UNAM.

    Villarreal, Minerva Margarita (2016). Las maneras del agua. Ciudad de México: FCE.


    Nora Lizet Castillo Aguirre. (Monterrey, 1970). Ensayista, poeta y narradora. Doctora en Filosofía con acentuación en Estudios de la Cultura (UANL, 2018) Summa Cum Laude. Máster en Letras Españolas (2002), Licenciada en Lingüística Aplicada con Énfasis en Didáctica del Idioma (1991). Promotora cultural desde 1994. Ha impartido una variedad de cursos en lengua inglesa y cursos de literatura universal. Su obra ha sido publicada en distintos países. Actualmente imparte cursos de creación literaria en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa.