jueves, agosto 18, 2022
    “Escribo siendo una de las tantas almas solitarias que recitan entre dientes: estoy aquí”

    Ángel Hernández Candelaria

    Es innegable el valor que rige la producción artística, no solamente la literaria, del siglo XXI en Latinoamérica: el aullido que brota desde el lago en donde narciso yace boca arriba para disparar una flecha encarnizada a lo más profundo del abismo ajeno. El arte, considero desde mi más próxima frontera a mis jotísimas veinte y dos primaveras, constituye hoy día un puente que conecta lo privado y lo político: una lucha abanderada más allá de la pose donde convergen las voces coloridas y los más sórdidos escenarios personales. Con Plantar una sombrilla de colores en la arena (Estoy aquí) nos reencontramos frente a una tradición que ha perdido las riendas, o simplemente que se dejó apantallar por los flashes de la posmodernidad y su creciente individualismo plástico: la literatura de viaje. El ejercicio que propone la autora, que consiste en una serie de textos con el fin de crear memoria, brinda una mirada que sugiere una manera diferente de ver/sentir/percibir las cosas que forman parte del abanico multiforme que supone lo cotidiano.

    El diario como soporte literario ha sido utilizado como un depósito de experiencias que vuelve al autor un avatar que, más allá de presenciar, materializa uno o varios momentos específicos de la historia cronológica. De aquí que de dicha labor brote el oficio de la crónica, que consiste en la reconstrucción del momento desde el punto de vista del autor, sea cual sea su propósito. Dentro de dicha tradición resaltemos la crónica que responde al viaje. La crónica de viaje, aunque desde donde lo entiendo toda crónica supone un “viaje”, propone una reconstrucción no sólo de un momento dentro del tiempo, sino que ahonda más allá para presentar una vista aún más ajena de, por ejemplo, una ciudad, los habitantes, las costumbres, el lenguaje, los paisajes; puesto que el viajero / el extranjero (dejando de lado la versión de Camus de dicho concepto) es aquel ente que tiene una primera vez de todo cuanto ocurre y una discordancia con el lugar en donde se encuentra. Dentro de esta manera de concebir la experiencia vital, la figura del viajero se erige como el portador de una mirada ajena, no de una manera prometeica, más bien como alterna: una manera diferente, torcida, de sensibilizarse; el viajero no roba el fulgor de la vida para ofrecerlo al otro, sino que, con antorcha en mano, incendia el glamour que oculta la experiencia completa de vivir.

    Ximena Peredo extrae de esta figura el espíritu de rebeldía, el fuego, para templar su propia figura de viajera: vemos que, crónica tras crónica, la obra se va dotando de un carácter más maduro. La viajera, en las manos de Peredo, se transforma en un ente que profundiza, que estruja y que sopesa más allá de la experiencia. Lugares como Monterrey, Coímbra, París nos son expuestos y reconstruidos desde la mirada de una Ximena que va y regresa; pero también se dibujan lugares que no precisan de ser físicos para ser visitados como la maternidad, la consciencia de un cuerpo, la familia, el recuerdo. Esta labor aparece como un dolor ciego en un panorama tan sórdido como el de la escritura del norte del país: más allá de la crónica violenta que se ejerce desde nuestra frontera, la escritura de Peredo propone una crónica intimista, casi mística, estremecedora en donde el lector participa de la experiencia vital de la autora. La relación que mantiene la obra con el otro es también un punto clave en la dinámica del libro: no alcanza a percibirse un propósito que atienda a lo personal, al autor, como es común en muchas obras que siguen un formato de diario; en cambio Plantar una sombrilla de colores en la arena (Estoy aquí) mantiene una doble distancia, una frontera doble, con la autora y con el lector permitiendo así que la obra coexista entre ambos límites y logre los puntos de encuentro entre los tres actores. En pocas palabras, este libro supone un viaje, no sólo físico, sino también personal, íntimo, en donde el otro es contemplado como un polizón que ha sido invitado a embarcarse.

     

    Título: Plantar una sombrilla de colores en la arena (Estoy aquí)

    Autora: Ximena Peredo

    Edita: UANL

    Año: 2019

     

     


    Ángel Hernández Candelaria. (1997). Norteñx por condición y barrocx por convicción. Sigue creyendo que puede ser unx de lxs chicxs Almodóvar. Estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Actualmente es becarix del Centro de Creación Literaria Universitaria de la misma institución en su edición 2021.