Poema de Ignacio González Cabello


me lo dijo n veces
entre la rabia y la culpa
solo    estoy solo    y es recurrente:
me levanto tras la caída     no por dignidad sino para ganar dinero
un carrito lleno del supermercado es una victoria social
el contrato de planta: un reto enorme que aún no domino
dibujé edificios con fachadas a punto del desplome porque el firmamento se desquebrajó en la corteza de los árboles apunté las ocasiones en que equivoqué y en la técnica fueron aciertos dejaste en el río de la certeza tu conmoción finqué la historia de los cometas que son líneas asíntotas y te preocupaste por cómo te veías esa noche en el observatorio cuando la astronomía agonizó en los lirios la debilidad de tus palabras se volvió una balsa con huecos que se hundió y el río la vomitó el tiempo que dediqué para componer el tratado que habla sobre la imposibilidad se manchó de púrpura de un matiz que cubre la superficie de la Tierra entre asteroides y satélites que caducan sus nombres en medio de tu cobardía te fastidié con la reinvindicación del idilio que florece en el jardín que te asustó por la inmensidad de color y la textura de sus plantas cobijado por árboles frutales que negaste reposar a la sombra de un mástil corpulento que sacia la incertidumbre y estas palabras se ramificaron en colibríes que ascendieron al desdén y surcaron el cielo para eclipsar sus luminosos cuerpos
no
no pude
frente a mí el cismo y la depredación
y viene de nuevo:
  6 años
sin habilidades sociales
la maestra del preescolar no le agradé
desde la ventana te extrañé         mamá
y con nostalgia dibujé un sistema solar repleto de meteoros
con dirección contra el lenguaje que nadie recogió los pedazos en el patio
      7 años
la primaria: una navaja
allí aprendí la paciencia en un rincón de los salones
acampé a solas entre la miseria y la lástima de los demás
la incertidumbre se tornó un bosque que caducó su follaje
la niñez es cruel y aquí este incendio forestal es la verdad
el patio trasero fue mi campo de astronomía
esto: revolcarse entre el asfalto y contar las horas para salir del trabajo
se tornó moda en los depresivos y los amantes desmenuzaron la zozobra
lloré     sin saber por qué     miré dentro buscando una habitación lejos de mí
pero rodeé una casa que dejó de llamarse como yo
en medio de la aglomeración y la humedad
perdóname

agoté todo para mendigar las brasas de una llama que no sacia
y te mantuve en un recuadro de la sala
sí no pronuncié esta luz que abarca la periferia de la incertidumbre
a los pies de una épica que se consume entre el silencio de las montañas y el vacío
8 años
tablas y operaciones
memoricé los números que me sofocarían y afronté el estrés del cálculo
sumé mis ineptitudes y resté los aciertos
pero los convertí en animales de origami que después arderán en un zoológico
agazapados por la estampida de la resignación
multipliqué tu afecto en la desolada obligación de estar
sí     de permanecer en un banco frente a un pizarrón rayado y escupido
igual que el pecho de cualquiera

a la expectativa de una calificación en mi trabajo
me nombran recurso para confirmar que sólo somos cifras
30 niños, una maestra y una habitación:
el hastío y la rutina, fisuras en el porvenir
la inteligencia sólo era un 10       no una isla de creatividad
la decadencia hervía adentro
tan adentro que volví un hueco al metal
la desesperación se disfrazó de “tolerancia”
y los cuadernos repletos de planas que desbordaron la insolación
te cansaste y me cuestiono si lo sabía
fui eso que amas y ahora soy lo que más te irrita
 9 años       
aprendí que las personas se les juzga por su fealdad:
una obra de arte arrumbada en el sótano y evaluada en millones
esta fisionomía lisiada
un trazo sin pulso que despierta opiniones y refugio
permanece en pie para esparcir boronas en el restaurante que luce con descuido:
la vida

llegué tarde
soy esto que está indefinido
grata ventaja: descalifiqué lo que comprendí y lo que no asimilé lo embellecí
        10 años
no supe cómo reaccionar ante la emoción
a medida que se es adulto se desaprende
el amor es un cerdo que acompaña a sus lechones hasta que el hombre los aparte
aquí es una granja
respiro mierda y en ella me envuelvo
el dueño ara la tierra y los campos crecen a solas igual que los planetas
quise ser astronauta y fui campeón de natación
la muerte es una alberca
larga                                                                                    si no se sabe nadar
profunda          si conoces el atajo
pero no baldía
        11 años       
atrás
todo el tiempo que socialicé fue atrás de mí
oculto a espaldas del refrigerador para percibir la incandescencia
en pedazos y con angustia
pero abonando saldo para seguir en pie
esa noche te fuiste Nube y no te abracé
qué mediocridad!
a mayúscula alegría le acompaña un abismo como herida sin cicatrizar
lo más cierto fue la imprecisión
y ensimismado en tu regazo temía tu ausencia

35 años

perdí      todo esfuerzo es inútil     con insistencia escribiste que fui una equivocación y te burlaste de la equivocación como enmienda pero tu pecho fue un barco varado a la orilla del océano y repleto de cadáveres que nombrabas recuerdos la mirada humana no coloca su enfoque en el fulgor porque gira su importancia en la inmundicia y la moldea de barro para reconocer que la existencia se define por estar a medias cada vez que la permanencia se aproxima al sujeto la rechaza gracias al agrado de la practicidad y lo efímero aunque al presenciar la serenidad se convierte en un alimento que confunde con armonía a lo lejos la inmovilidad de los gatos en la azotea traducen la plenitud espiritual pero despreciaste la plegaria que volvía de esmeralda y jade la palidez de las avenidas de la ciudad no estás y mantengo la calma al sujetar el papalote que sobrevuela la historia de la imposibilidad el rompecabezas que no logró ser armado humedeciéndose en el clóset como la esperanza humana y al final se volvió moho: verde espeso que figura un bosque que nos vuelve minúsculos para huir de los cazadores    lo que no somos pero termina por ser     que fijan su puntería en el eco de nuestros cuerpos maltrechos y amontonados de mutilaciones de las hazañas difíciles de finalizar es la narrativa del desapego rotunda mentira la premisa que la visita a la cima te responde la inseguridad que duerme dentro y que el río limpia la impureza que está adherida a la epidermis esta costra que ni la sal alivia estar aquí es testimonio del error y explota en diminutos fragmentos de afabilidad que se incrustan en el pecho después se transforman en gotas de misericordia terminó este fervor de escuchar el estruendo de las metalurgias y contemplar las luces de los autos que trazaron satélites brincando entre el asfalto y la soberbia así en la autodestrucción negaste la bondad del nacimiento de la idea la esencia que desde la ruina surge como arquitectura       ésta      la última noche que bailamos entre estroboscopios y pisamos la libreta con esta escritura que relata el ensayo final que se extinguió con los dinosaurios y los peces que no alcanzaron la pictografía en las cavernas

 


 

Ignacio González Cabello. (Monterrey, 1987). es editor, corrector, traductor, diseñador instruccional y ex becario del Centro de Escritores (Conaculta-Conarte).

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