TransMalinches o la seducción de un engaño

Lia García (La Novia Sirena)

Una de las cosas que más me gusta hacer en la vida es coleccionar objetos que la gente piensa que ya no sirven y que, por lo tanto, hay que tirar a la basura. Mi gusto por rescatar juguetes gastados por el uso, trastes rotos y relojes que se quedan detenidos es lo que me ha permitido pensar en la justicia, la memoria y el olvido. Son estos objetos los que despiertan en mí la posibilidad de escaparme a otros mundos e inventarlos, tejerlos, deconstruirlos, dibujarlos multicolor.

Una de las cosas que más incertidumbre me generan es el tiempo y las formas en que lo experimentamos. Su linealidad me resulta una imposición muy colonial porque desde niñxs hemos escuchado sentencias muy fuertes y que parecen difíciles de modificar como: “el tiempo pasa”, “ojalá que no sea demasiado tarde”, “la vida es corta”, entre otras; pero resuenan también algunas con las que me sentía muy identificada: “la vida da muchas vueltas”, “hay que darle tiempo al tiempo” o “el tiempo lo cura todo”. Y ahí estaba, oponiéndome siempre al reloj que tenía en la muñeca.

Las personas trans experimentamos el tiempo en espiral: el pasado de disloca a sí mismo y lo vivimos en tiempo presente y, el futuro al no ser una posibilidad, tenemos que evidenciarlo cada día a través de nuestros pasos y nuestra piel. Nos habitan muchos pasados, no uno solo, y nuestra resistencia también ha sido luchar por la imaginación y la fantasía, puesto que una de las cosas más crueles que implica ese tiempo lineal es que nos despoja de la intensa y resiliente posibilidad de hacer realidad nuestros sueños.

Pensar en el reloj roto es no olvidar. Las manecillas detenidas pausan al mundo violento en el que vivimos y, entonces, podemos reinventar el tiempo, hacerlo nuestro, degustarlo y retorcerlo.  ¿Se imaginan cómo sería si pudiéramos agregarle o restarle horas al tiempo?, ¿a qué momentos de sus propias vidas volverían ustedes para hacerse justicia? Es como si algunos episodios de nuestra vida se hubieran congelado y continuaran esperando por nuestros cuerpos para volver y re-habitar el momento.

En mi caso, uno de los lugares a los que volvería, sin duda, sería a la primaria y a la secundaria.

Pienso que mucho de lo que nos enseñaron en la escuela era el material que necesitábamos para crear contranarrativas de la violencia. Ojalá nos hubieran dicho con ternura que todo lo que vivimos las cuerpas de la disidencia en esos espacios inundados de crueldad necesitarían tiempo para ser una fortaleza muy hermosa y el inicio de todo lo que hoy nos moviliza a detonar tanta transformación. ¡Qué grandes sorpresas nos da la vida!

Hoy escribo por las mías, por nosotras, por ellas y las que siguen, las trans malinches. ¿Ustedes se acuerdan la primera vez que escucharon su nombre? Malintzin, Malinalli, Doña Marina. Ella, la mujer que a los ojos del patriarcado y el machismo mexicano traicionó al pueblo entero y permitió, por medio de su voz, que los colonizadores encontraran cada vez más caminos para infectarlos con su mundo. La primera vez que su nombre entró por mis oídos estaba sentada en una banca muy incómoda en la escuela primaria en la clase de historia. Era un hombre quién nos advertía de ella y nos pedía nunca olvidarla por lo que (supuestamente) había hecho: traicionar.

Ella, erróneamente llamada “La malinche”, aquella mujer-carne que hacia una de las labores más ancestrales de la(s) feminidad(es): traducir el mundo.

En su caso, para el colonizador Hernán Cortés durante el proceso de masacre colonial.

Malitzin siempre ha estado representada en los medios de comunicación pedagógica de corte visual, narrativo y subjetivo que transmiten la historia ancestral de nuestro país como la traicionera, la mala, y doble cara por haberse dejado seducir por los colonizadores y darle la espalda a su pueblo

Decirle a una persona “malinchista” en pleno siglo XXI es una manera despectiva de decirle que está traicionado lo propio y se está colocando del lado de lo extranjero. Todo a partir de una mujer y su palabra: la culpa, la vergüenza, el escarnio y los malos chismes. ¿De dónde nació la sed por utilizar su historia como motivo de desprecio y traición?, ¿es acaso necesario des-colocar esta historia y develar la otra cara de la moneda?, ¿qué cuenta la otra cara de la luna y su interior?

Yásnaya Aguilar Gil, lingüista, traductora, investigadora y activista ayuujk (mixe) y quien para mi es una maestra de vida por todos los conocimientos que comparte y por su lucha cotidiana en defensa de las lenguas originarias de nuestro país; nos invita a invocar afectivamente a Malitzin y hacer una inmersión en su historia con el corazón entre las manos para poder sacarla colectivamente del lugar donde el pensamiento colonial a través de todos sus dispositivos patriarcales, racistas y misóginos la han puesto. 

Esos espacios que ocupa su figura, y que cada vez pierden más poder por aportes como el de Yásnaya (que además cabe destacar es una de las pocas mujeres mexicanas que escribe sobre su vida y rompe con el extractivismo blanco estadounidense y occidental del cual ha sido sujeta la biografía de Malitzin), evocan la traición, el engaño y una serie de castigos racistas y patriarcales que no nos permiten escuchar su historia desde otros afectos como el de la ternura, los afectos y la curiosidad.

 “¿A quién le debía lealtad Malitzin?”, pregunta Yásnaya en Tres veces tres. En clave Malintzin: nueve aproximaciones a su figura (Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México) y genuinamente nos abre un sinfin de mundos  con su respuesta:

“En estas circunstancias me parece que Malitzin se debía lealtad a sí misma. Esa lealtad a ella misma y a su supervivencia fue la que se activó en el momento en el que se ofreció a interpretar, hacerse útil de una manera especial podría distinguirla y asegurar lo más posible su supervivencia en un contexto de mucha incertidumbre”.

La pregunta que me abre con su respuesta a mí, en mi historia personal, es pensar en lo que sucedió cuando decidí gritarle al mundo con toda mi rabia y, al mismo tiempo mi ternura que mi cuerpo, mis afectos, mis emociones y mi subjetividad tienen raíz en la trans*formación, es decir, que soy una mujer trans mexicana afrodescendiente y que desobedezco la norma colonial del género para sobrevivir. Sí, existo y escribo, por lo tanto, resisto. ¿Qué significa que una persona trans femenina con raíces negras en el contexto de este país decida hacerse pública? ¿Acaso Malitzin nos habita a nosoTrans? ¿Por qué nosoTrans somos colocadas en los mismos lugares que ella? ¿Cómo creamos contranarrativas desde esos lugares y los convertimos en protestas? ¿Somos las hijas trans de quien marcó la historia de México con su voz?

Retorcer la traición y apropiarse de ella ha sido muy importante para nosotras las mujeres trans, ya que en las condiciones en las que nos deja vivir este país se hace cada vez más necesario traicionar a la masculinidad hegemónica; aunque eso nos cueste la vida, pues no podemos olvidar en qué lugar y con cuántas cifras de transfeminicidio está México en Abya Yala: el segundo con más de 528 transfeminicidios. Nuestros cuerpos representan una traición, una culpa, un engaño y una transgresión a la moral por el hecho de existir y de —volviendo a Yásnaya— interpretar nuestro mundo trans*cestral al aquí y ahora, una de las pedagogías más transformadoras que necesita el dolor.

¿Qué y cómo interpretamos las personas trans nuestro mundo a la sociedad mexicana cuando colocamos la voz al centro? ¿Qué mundos abre nuestra palabra? ¿Cuáles conocimientos hemos aportado las mujeres trans a la historia de México y por qué han sido invisibilizados? Preguntas que, quizás, generen otras preguntas y respuestas amplias que, para ser develadas, necesitan ser sentidas, escuchadas, abrazadas y, sobre todo, encarnadas. 

Me resulta un ejercicio enteramente afectivo hacer una comparación entre la biografía de Malitzin y el supuesto universal de traición y engaño que existe sobre su persona y la lucha que encarnamos las mujeres trans racializadas. Esto me arraiga a una ética de la ternura radical que me permite sanar todos esos sentimientos de vergüenza que sentí y sentíamos cada vez que se hacía un chisme sobre nosotras, sobre nuestra libertad. 

Cada vez que se delataba algo sobre nuestra historia, nuestra intimidad se veía expuesta. Escribo este texto por cada tristeza, cada rabia y cada desolación que hemos sentido cuando se habla mal de nosotras sin el corazón en las manos y con todas las intenciones de lastimarnos. La seducción del engaño se la devuelvo al cis-tema hetropatriarcal para que continue indagando por qué resulta tan complicado abrazar nuestras historias,  reflejarse en nuestras historias, y caminar con nosotrans: “El león no es como lo pintan”.

También escribo desde la ilusión que me genera imaginar otros mundos que sean más habitables y felices para las personas trans. Un mundo donde hacer una labor política de interpretación social y traducción trans no se convierta en un riesgo de muerte o en un chisme calumnioso, sino en una posibilidad pedagógica y amorosa de trans*formación colectiva. Un territorio donde los hombres nos saquen de esos espacios de fetiche, morbo y humor para colocarlos en posiciones más horizontales, divinas y tiernas. Hemos de ser las mujeres más confrontadoras para los hombres pero, al mismo tiempo, las más deseadas. Por eso es que se necesita escuchar radicalmente todo lo que tenemos que compartir y que nuestra supervivencia se haga un referente histórico universal.

Escribir, que también significa hablar, me lleva a compartirme así: desnuda, con el rostro apuntando a los ojos de quien me lea y decida sentirme. Creo que hay chismes que se tienen que tratar con mucho cuidado por el dolor que pueden provocar y, por supuesto, es necesario hacer un llamado a la transformación del chisme trans. Que ya se pueda decir que las personas trans somos históricas, sanadoras, ancestrales y potencialmente necesarias para el cambio social. Que la vida se convierta en una biografía que llegue a todas las personas y a todos los espacios que hoy dejan de ser silencio.

 


 

Lia García (La Novia Sirena). (Ciudad de México, 1989). Poeta, pedagoga y artista del performance. Es activista, creadora y defensora de los derechos humanos de las personas Trans*, cofundó en el año de 2016 la Red de Juventudes Trans Mexico junto a la activista Jessica Marjane y en el 2019 el archivo de literatura infantil y juvenil Trans*Marikitas con el poeta Canuto Roldán. Sus proyectos pedagógicos se han centrado en construir puentes afectivos entre la experiencia trans*, el activismo y el contexto socio político por medio de la performance artística que acontece en espacios de complejidad (cárceles, escuelas, plazas públicas, mercados y hospitales entre otras) que oprimen y encarcelan las identidades de la disidencia sexual. Ella detona una pedagogía intensa del afecto que hace que nuestras cuerpas en transición sanen y puedan narrar todas las historias deseadas. Actualmente acompaña procesos narrativos con infancias diversas y coordina distintos grupos de masculinidades de manera autogestiva.

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