Caída libre

Mariana Roca C.

 

Los miradores de los altos edificios suelen estar protegidos con vidrios, rejas o acrílicos, no para prevenir caídas accidentales, sino porque sus creadores conocen el deseo que tenemos todos de saber lo que se siente. De tener la oportunidad, más de uno se arrojaría. No por suicida, sino por la experiencia de saltar al vacío. Quienes la conocen, no han vivido para contarnos. En eso radica el éxito del puentismo: esos saltos que uno puede dar desde alturas elevadas, donde está supuestamente protegido, y en los que una cuerda te sostiene y detiene de golpe tu caída antes de que lo haga el pavimento. 

Más o menos de eso va la maternidad. Queremos saber lo que se siente y si somos capaces de hacerlo mejor que las demás. Nos lanzamos al vacío porque hemos visto que otras se lanzaron y siguen vivas, porque no les vimos el paracaídas y casi ninguna muestra cicatrices.

Así fue para mí. Empecé a andar con Beto a los 16 años. No fue mi primer novio, pero sí fue el primero para todo lo demás. Para cuando perdí la virginidad, ya ni mi mamá me llamaba “niña”. 

Sí nos cuidábamos. Mi mamá no hablaba de eso, pero la de Beto sí. Me decía que era natural, pero que éramos muy jóvenes. Y tenía razón. Me decía que quería ser abuela, pero no tan pronto. Claro que cuando salí embarazada no fue a propósito. Ni lo habíamos pensado y, de tan lejano, parecía imposible. Esas cosas les pasan a otras, a las pendejas, a las que se dejan sin condón, a las que se emborrachan. No a las católicas que llevan más de seis años con el mismo novio. 

Y pues muy católica, muy católica, pero tenía 22 años y sin planes de boda. Cuando le dije a Beto, me preguntó qué quería hacer. La verdad, pensé que se iba a espantar. Le dije que había que pensarlo. Yo no sé si alguna vez un hombre tiene que tomar decisiones así, tan definitivas. Me parece que no. Por eso es tan fácil para ellos y tan pesado para nosotras: todo mundo, desde la mejor amiga hasta el presidente, quieren opinar al respecto. 

Fui a la clínica, me hicieron un ultrasonido y me dijeron que tenía siete semanas. Me puse a leer. Le conté a mi mamá. “¿Es en serio, Rosario?”, me dijo. “¿Y qué vas a hacer?”, me sorprendió su pregunta. Yo siempre pensé que mi mamá era más conservadora, ¿sabe? Resulta que se hacía la conservadora para cuidarme precisamente de eso: de ir de liberada y meter las cuatro patas. Le dije que creía que lo quería tener. “Pues lo tienes que decidir medio pronto, mija”. ¡Qué suerte vivir en esta ciudad! Tan de casualidad… Pero igual tenía, si acaso, cuatro semanas para decidir. Es tu elección, ¡pero la tienes que tomar a las carreras!

Hablé con mi doctora, la que tenía antes de usted. Me dijo que por los medicamentos no había problema, que podía tomarlos hasta un mes antes del parto y suspender solamente para que mi bebé no naciera con síndrome de abstinencia. Le pregunté qué pasaría si tenía una crisis en ese tiempo y dijo que era muy poco probable. Ándele pues, pensé, y me aventé como de lo más alto de la Torre Latino. 

Beto se emocionó mucho cuando le comuniqué mi decisión. ¡Hasta lloró! Me prometió que íbamos a ser muy felices. Se tardó en pedirme que nos casáramos, pero es que estaba juntando para el anillo. No era necesario. ¿Qué más compromiso que querer? Pero él deseaba hacerlo bien. Yo le dije que no me casaría panzona. Me ilusionaba mucho el vestido. Quería bailar en mi boda, tomarme una copa. Así que acordamos casarnos después de que naciera el bebé. Todavía no sabíamos que era una nenita.

Todo iba muy bien. Pero bien como en las películas cuando todo va de maravilla, hasta que al perro le da cáncer, el abuelo rueda por las escaleras, todos se matan en un coche excepto el hijo más pequeño o los novios que tuvieron sexo en el bosque son asesinados. Todo parecía estar demasiado bien. En cualquier momento alguien rodaría por la escalera. 

¿Cómo que por qué, doctora? Así es la vida, lo sabe hasta mi hija de cuatro años. Casi todo el primer año, mi mamá se la pasaba en mi casa. No se mudó porque no había dónde pudiera dormir, pero si le hubiéramos sacado un sleeping bag, seguro seguiría ahí. Yo no me atrevía a pedirle que ya no viniera. Ella me enseñó a bañarla, a dormirla, a reconocer sus diferentes formas de llorar, a comunicarme con mi hija. Pero de pronto parecía como si pensara que era suya. Beto no dudó en decirle: “Suegra, es usted bienvenida en nuestra casa, pero no diario”. A mi mamá se le cayó la quijada. Yo hice como que no había escuchado y me regresé a la recámara con la bebé. A partir de entonces, mi mamá dejó de venir, a menos que yo la llamara y se lo pidiera muy explícitamente.

La niña parecía conocerme más que yo a ella. Se comía todo lo que yo le daba, sin miramientos, y se quedaba alegre en mis brazos, sin cuestionar mis emociones. Cuando estaba embarazada, vi esa película del niñito que se cae por la ventana. ¿Se avienta? Los papás tienen sexo en la habitación y la madre lo ve trepar un mueble y acercarse peligrosamente a la ventana. Ella sabe que el niño se va a lanzar y eso parece excitarla aún más. No es una película para embarazadas, cierto. Pero ¿yo cómo iba a saber de qué se trataba? Desde ahí me iba con pies de plomo, cuidando cada uno de mis pasos, observando mis pensamientos. Ese niño, como todos, quería saber qué se siente arrojarse al vacío. ¿Qué iba a saber de sobrevivir? A mí esa película me resonaba mucho, doctora. Supe que hay alguien más que conoce esas ganas de golpearse la cabeza contra el lavabo. No, no digo que sea racional, pero pensaba que sólo a mí me pasaba y resulta que le pasa a cualquiera que sea como yo. 

¿Que cómo soy yo? Pues así, con temperamento raro, voluble, que de pronto sienten que el cuarto se hace chiquito y no pueden soportar un ruido más, que todo se les oscurece de un momento a otro y necesitan gritar, golpear, salir corriendo o esconderse debajo de la cama, que se toman una o dos o cinco de esas pastillas y no se les pasa, pero se quedan dormidas. Así. 

La verdad es que una pastilla nunca me ha hecho mucho. La doctora de antes me daba permiso de tomarme hasta seis de 25 miligramos. Nunca llegué a seis, siempre me quedaba dormida antes. 

Ese día, la niña no dejaba de llorar, gritaba y pataleaba. Yo no sé por qué estaba atorada en el berrinche. Se me hace que ella es como yo, que también tiene esta presión en el pecho y no sabe cómo describirla. Sentir que te falta el aire sin saber por qué. Jalar profundo y que no baste es muy desesperante. Una quisiera poder ahorrarles este sufrimiento.

Esa noche no paraba: lloraba y gritaba y hasta la vecina vino a preguntar si estaba todo bien. Beto andaba de viaje, sale mucho por su trabajo. Debe ser bueno para él descansar de los gritos de la nena. Dormir noches de ocho horas. Ya quisiera yo un fin de semana sin ella… Aunque es verdad que desde esa noche los berrinches pararon, eh. Ahora hasta respira con tranquilidad. 

La mitad de seis es tres, y tres pastillas debían ser suficientes. Era la primera vez que sacaba nueve. Las conté dos veces para no confundirme, aunque era difícil concentrarme entre sus gritos y mi cansancio. Me guardé el pastillero en el bolsillo antes de abrirle a la vecina. Me preguntó si podía pasar y le dije que sí. Poco después, cesaron los gritos.

No sé a qué hora se fue ni a qué hora me quedé dormida. Desperté a las tres de la mañana, con la falda puesta, ni siquiera me había desabrochado el brasier. Me extrañó que la niña no se hubiera pasado a mi cama como cada noche. Me asomé a su cuarto y sólo vi las cobijas revueltas. Corrí por el teléfono y vi el mensaje de la vecina: “Qué bueno que dejó de llorar. Descansa”. El medicamento me había mandado a dormir, y ella, compadecida, se habría llevado a la niña. Me sentí agradecida y bastante más tranquila. Por la mañana, como a las siete, sonó el timbre del teléfono, un mensaje de la vecina: “¿Cómo pasaron la noche?”

 

El autocorrector del teléfono hace lo que le da la gana. Me cepillé el cabello, me puse zapatos y fui a su casa. Mi niña desayunaba sonriente: dos quesadillas con jamón y un vaso de leche. Tomamos café mientras la pequeña terminaba. La vecina estaba inquieta. Miraba el teléfono constantemente Sonó el timbre, pero no recuerdo quién era. Tengo bastante borrado lo que ocurrió el resto del día. Supongo que por los medicamentos. Por la noche, cuando nos abrazamos para dormir en esta cama tan pequeña de sábanas blancas, le pregunté por qué se había querido ir con la vecina. Respondió que me había visto muy cansada y que yo tenía que dormir.

No sé si Beto ya regresó de su viaje. Tendría que venir a buscarnos. Supongo que los berrinches también fueron demasiado para él. Si tan solo pudiera hacerle saber que desde que llegamos aquí la niña ya no llora, que se ha vuelto más amorosa, que ya no me discute nada, que pide permiso para todo y me hace caso a la primera… Beto no devuelve mis llamadas. Podríamos ser muy felices, pero siento que está enojado conmigo. Tal vez, porque no lo esperamos en la casa. La nena no es muy sociable, se esconde de la gente, pero conmigo es un ángel. Espero que Beto venga pronto, porque se la está perdiendo. La verdad es que ni él ni nadie nos tiene paciencia a los que somos así, pero ella es su hijita… La mayoría no entienden. Se asustan. No es berrinche, es ansiedad, es pánico, es dolor de estar viva. Al menos tengo a mi hija. 

 


 

Mariana Roca C. Nació en la Ciudad de México. Se ha dedicado durante veinte años a la edición de textos en diversas revistas, además de la producción de libros y catálogos de arte. Devoradora de libros y de pan de muerto, escribe y traduce. Sus textos han aparecido en antologías como 16 historias (in)trascendentesA muchas voces. Escritura desde la maternidad y Miradas a otros mundos. Lo prehispánico y virreinal desde la minificción de autoras mexicanas. En la actualidad prepara un libro de cuentos breves y está a punto de olvidar el significado del tiempo libre.

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