martes, septiembre 27, 2022
    Maternidad y precariedad: la exploración de un vínculo afectivo y material

    Natalia Flores Garrido

     

    Durante buena parte de mi vida, los ingresos familiares fueron muy limitados para cubrir nuestras necesidades materiales. Mi papá trabajaba sobre todo en la informalidad y, entre un trabajo y otro, había largos períodos de desempleo. 

    Mi mamá se hacía cargo de nosotros (mis dos hermanos y yo) de tiempo completo. Ese ‘hacerse cargo’ incluía el trabajo de cuidados, y también una serie de estrategias que permitían no sólo que nuestras necesidades más inmediatas fueran satisfechas, sino también que nuestra vida cotidiana y nuestro bienestar fueran mayores de lo que nuestro nivel de ingresos permitía. 

    Me acuerdo muchísimo de una vez que en tercero de secundaria se me ocurrió que quería ir a la fiesta de graduación. Sabía que no teníamos dinero para que fuera toda la familia, pero hablé con mi mamá y la convencí de que al menos pagáramos mi boleto y pudiera sentarme en la mesa de mi mejor amiga. Mi mamá accedió a ese pequeño sacrificio económico porque, después de todo, yo era una adolescente que había transitado esa etapa sin demasiadas rebeldías y con no pocos dieces en la boleta. El problema fue cuando me enteré de que todas mis amigas irían con vestido de noche. Sigo sin entender muy bien esa costumbre puesto que la fiesta era al mediodía; supongo que era influencia de las prom nights de las películas estadounidenses, más los especiales de las revistas o 15 a 20 que aparecían cada mayo sobre moda y graduación. 

    Cuando le dije a mi mamá que, además del boleto necesitaba un vestido de noche, la situación se puso un poco tensa. Ya el boleto era un gasto extra así que el vestido parecía una extravagancia, algún capricho que mi familia no podía permitirse. Fueron innumerables pleitos casi diarios con mi mamá: ella atrincherada en pedirme que fuera razonable y usara algo de lo que ya tenía, yo convencida de que todas las injusticias de mi vida hasta ahora se estaban cristalizando en la imposibilidad de ir a la fiesta vestida propiamente; bailar con mis amigas; imitar las fantasías adolescentes que, por supuesto, estaban muy lejos de mi realidad. 

    Después de muchas semanas de pleitos madre e hija, un día cuando llegué a la casa encontré a mi mamá feliz, orgullosa, dueña de un secreto. Me dijo que me tenía una sorpresa, me llevó al cuarto y tarán: había un vestido de noche, de mi talla, de mi gusto. 

    Mi mamá jamás pondría en juego el ajustado balance económico de la familia: es enemiga de las deudas, del derroche, de comprar a crédito. Lo que hizo para conseguir ese vestido fue pasar toda la mañana de varias mañanas buscando un vestido para mí en los mercados de segunda mano de Saltillo. 

     

    *** 

    Esta anécdota podría ser solamente una de las muchas historias agridulces que tengo sobre mi infancia y adolescencia como hija de padres de la clase trabajadora. Sin embargo, dice algo más no sólo sobre la relación específica que tengo con mi mamá; sino sobre la relación entre la maternidad, la economía, y el trabajo de las mujeres como un constante amortiguador de las crisis económicas. 

    La maternidad, más que una experiencia biológica, es una práctica social que sucede en contextos específicos, siempre mediados por la clase y la raza. Se materna como se puede, con los recursos (económicos, culturales, afectivos) que cada mujer tiene a su alcance. Y esta es una de las razones por las que, desde la economía feminista, insistimos en señalar la necesidad de desprivatizar la maternidad: porque es injusto que esa responsabilidad recaiga sobre mujeres que cuidan con sus propios recursos y estrategias, a menudo limitados y precarios. 

    Así, la maternidad no es únicamente una experiencia afectiva, subjetiva, relacional. Es también una práctica económica, anclada en un sistema que requiere para su funcionamiento cantidades enormes de trabajo no pagado destinado a sostener la vida que, en los marcos capitalistas, representa un factor de producción imprescindible: la mano de obra encarnada en generaciones actuales y venideras. A este trabajo no pagado, hecho sobre todo por las mamás y otras personas que cuidan, se le ha llamado trabajo doméstico y de cuidados. En otras posturas de la economía feminista lo llamamos también trabajo de reproducción social

    En lo personal, prefiero este término porque permite ver no solamente las actividades concretas (lavar la ropa, cuidar a niños y niñas, hacer de comer, limpiar la vivienda, planchar, comprar víveres, etc.); sino el entramado de relaciones sociales que permiten sostener la vida pero, además, sostener cierta pertenencia de clase con lo que ello conlleva. 

    La anécdota con la que inicié este texto tiene que ver con ello. Que mi mamá haya pasado horas a la semana en los mercados de ropa de segunda mano de Saltillo es una actividad que no es trabajo doméstico ni de cuidados; pero que forma parte de la reproducción social en tanto me permitió a mí, en esas circunstancias, participar de los ritos, relaciones y expectativas de mi particular clase económica. Es cierto, estaba en el límite: mientras algunas compañeras fueron a esa fiesta con toda su parentela, vestidos nuevos, peinados de salón de belleza, etc., a mi familia sólo le alcanzó para que fuera yo, con un vestido usado pero en buenas condiciones y dentro del estándar de lo aceptable. Ese trabajo de mi mamá (pasar horas buscando un vestido de mi talla) me permitió ocupar ese lugar particular de pertenencia —prendida apenas con alfileres— a la clase media: la que puede permitirse fiestas y celebraciones para una adolescente. 

    En este ejemplo, es posible observar que la brecha, entre el tipo de vida que los ingresos familiares permitirían y el tipo de vida que realmente tuve, fue llenada por el tiempo, la energía y los esfuerzos de mi mamá.

     

    ***

    Llego así al vínculo que me parece importante hacer visible: el que existe entre la maternidad y las condiciones materiales de vida. Al hecho de que, en un sistema que cada vez más está basado en la exclusión y desprotección económica de las y los trabajadores, es el trabajo no pagado de las mujeres (específicamente: de quienes maternan y cuidan) el que permite que las familias vivan con ciertos estándares mínimos de dignidad, bienestar y cuidados. 

    Es importante resaltar esta conexión analítica porque así podemos ver que, en última instancia, el trabajo de reproducción social tiene una relación contradictoria con el capitalismo: por una parte, sostiene la vida (y, de manera principal, la vida de la clase trabajadora que el sistema requiere para producir) mientras que, por otra parte, esas actividades necesarias para sostener la vida están subordinadas a las estructuras económicas y, por lo tanto, en ellas recae todo el peso concreto de las desigualdades y la precarización de la existencia. 

    Con esto es posible analizar de qué forma las maternidades tienen que situarse en contextos específicos de raza y clase para entender su significado social, económico y subjetivo. Elementos como la crisis económica que hoy vivimos y las políticas de austeridad que neciamente se mantienen en el gobierno actual, no son hechos totalmente desligados de la maternidad. Si entendemos esta en su profundo vínculo con la economía se revela de qué manera la crisis implica mayores esfuerzos de las madres para sostener los estándares de vida de sus familias. Según explica Manuel Castells: 

     

    “Si el sistema aún funciona es porque las mujeres mismas reparan sus hogares, porque preparan alimentos en la ausencia de cafeterías, porque destinan más tiempo a comprar en los alrededores buscando los mejores precios, porque cuidan a sus hijos y los de otras personas en la ausencia de guarderías (…) Si estas mujeres que “no trabajan” alguna vez dejaran de hacer ese trabajo, la estructura urbana que conocemos sería incapaz de sostenerse”

     

    Esto no es, por supuesto, generalizable a TODAS las madres, pues no hay una experiencia única sobre esta práctica social. En quienes recaen estos esfuerzos monumentales por preservar cierto niveles de bienestar —aún en condiciones de precariedad— no es en Las Mamás como categoría universal. Es, principalmente, en aquellas que pertenecen a la clase trabajadora, que tienen ingresos limitados y que no pueden recurrir al mercado para aliviar las necesidades de sus familias (sino que, por el contrario, deben encontrar soluciones fuera del mercado, que implican una sobrecarga de trabajo como ya hemos dicho). Estas son las experiencias de maternidad que, desde el feminismo, debemos recuperar, analizar y con quienes debemos solidarizarnos. Es profundamente injusto que, en estas condiciones de la gran mayoría de las mamás mexicanas, se insista, incluso desde algunas voces dentro del feminismo, en una especie de discurso aséptico de la maternidad en el que esta es entendida como una experiencia de plenitud y superioridad moral. 

    Para que la maternidad como práctica social pueda ser un espacio de gozo, transformación y rebeldía en lo colectivo, es necesario que como práctica económica sea desvinculada del lugar que históricamente ha tenido como amortiguadora del empobrecimiento sostenido que las relaciones capitalistas implican sobre la mayoría de la población. En este sentido, exigir que se aumenten los salarios y el gasto social (indispensable para políticas públicas que colectivicen el cuidado), que haya mayor redistribución del ingreso, que dejen de recortar empleos en la administración pública, etc., es más solidario con las madres que insistir en discursos sobre el valor del cuidado, los cuales se diluyen políticamente al no tener ningún efecto sobre las condiciones materiales en que ese cuidado se concreta. Entender que la reproducción social (que incluye el trabajo doméstico y de cuidados) y la producción económica (que incluye todo lo que pasa en los mercados de trabajo) son parte de un proceso integrado es indispensable para que podamos formular demandas feministas de mayor alcance, congruentes con la urgencia que nuestro contexto histórico exige.

     


     

    Natalia Flores Garrido. Economista, maestra en Ciencias Sociales y alumna del Doctorado en Sociología en la Universidad Nelson Mandela. También es feminista, migrante y anti-capitalista. Forma parte de las colectivas @KajaNegra y @trenzaresiste, ambas orientadas a pensar y crear en colectivo futuros más vivibles.

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