Sobre las cosas que duran un segundo

César Tejeda

 

I may not believe in God, but I sure do believe in walks.

Robin Myers

 

Cuando inició la pandemia mi madre y yo comenzamos a hablar sobre la fe. No ocurrió, como podría pensarse, que ella y yo nos encontráramos abatidos o pesimistas y tratáramos de hallar consuelo en una idea esquiva de Dios. Ocurrió, en cambio, que habíamos decidido cumplir con las jornadas de sana distancia, que vivíamos en diferentes ciudades y que tratábamos de acompañarnos por medio de largas llamadas telefónicas que derivaron, más temprano que tarde, en Dios, o no tanto en Dios sino en cómo mi madre se acerca a la fe, de una forma que siempre me ha parecido enigmática, cautivadora, sugerente, por decir lo menos. 

Mi madre vivía sola y parecía particularmente obstinada —digamos mejor que concentrada— en fundar grupos de Alcohólicos Anónimos a través de Zoom. Sería inexacto decir que ella, en los años previos a la pandemia, se había alejado del famoso programa de recuperación de los Doce Pasos; más bien ocurrió que mi madre, como muchos de sus compañeros y compañeras de AA, necesitaba compañía, acaso de la misma forma en que la había necesitado durante sus primeros meses de sobriedad. Por ello, supongo, mientras hablaba conmigo acudía a la jerga de AA, que incluye conceptos como “poder superior”, con más frecuencia que antes. Y entonces le dije que quería que habláramos, precisamente, sobre eso, para que, desde ese enfoque, me contara su vida y yo pudiera escribir algo: “Escribir algo de tu vida alrededor de tu fe, ¿qué opinas?”. Estuvo de acuerdo. 

En los años que hemos compartido, mi madre ha sido una católica devota, una curiosa del budismo, una practicante entusiasta de Siddha yoga e incluso he llegado a escucharla hablando de Jesús como una cristiana. Durante sus años como estudiante de sociología fue marxista y a veces —por lo menos por un segundo—invoca la militancia para abrazar su juventud. Cuando estudió la formación psicoanalítica llegó a sentirse seducida por algunas ideas de Freud sobre el ateísmo. Y otras veces me ha dicho que le basta con encomendarse al poder superior de Alcohólicos Anónimos, como si este fuera el último resquicio donde ella, en determinadas circunstancias, acomoda no tanto a Dios, sino su necesidad de convivir con una presencia inexplicable que le brinde, más que consuelo, compañía. Lo que de verdad me resulta apasionante es que puede cambiar este tipo de posturas con una ligereza envidiable. A diferencia de otras personas que parecen encontrarse en una búsqueda inalcanzable de la fe, mi madre camina con una inmensa libertad a través de ella.

 

Una de las novelas autobiográficas que más me han conmovido fue escrita por Mary Karr. Iluminada trata sobre el alcoholismo de la autora texana, pero, sobre todo, sobre las dificultades que tuvo durante sus primeros meses en AA, cuando era incapaz de identificarse con el programa debido a que en la niñez le habían inculcado el ateísmo como única creencia. Es por eso que el concepto de “poder superior”, el cual es indispensable para seguir el programa de los Doce Pasos, resultaba incomprensible para ella, sobre todo al inicio. Iluminada es, pues, una novela sobre la redención. Resulta curioso que la tradición autobiográfica, por lo menos en occidente, hubiera comenzado con Las confesiones de San Agustín que, en esencia, gira en torno al tema de la culpa, que una vez liberada otorga un sentido retrospectivo a la vida de sus autores.

El prólogo de Iluminada es una carta abierta de Karr a su hijo. En ella escribe una oración conmovedora que motivó, en gran parte, mi búsqueda: “Tal vez, al contarte mi historia, tú puedas contar mejor la tuya, que es la única manera de volver al hogar, es decir, de liberarte de nosotros”.

 

A finales de julio de 2021, cuando ya llevaba varios meses visitando a mi madre en su casa en Cuernavaca —y cuando ya tenía más de diez horas de grabación almacenadas en la computadora— decidí que iba a hacer la última entrevista al respecto. Cada vez que hablaba con ella terminaba llevándola hasta los mismos recuerdos dolorosos, como si mi voracidad autobiográfica fuera insaciable. Comencé a alojar dudas sobre mi proyecto de escritura: el pasado de mi madre, y aunque me forzara en pensar lo contrario, no me correspondía. Ella era un enigma y estaba bien que lo fuera. Sin embargo, precisamente ese día, mi madre dijo que ya se le había ocurrido qué era lo que quería contarme, como si no fuera yo el que hubiera pasado jornadas exprimiéndola con preguntas. En ese momento se me ocurrió una pregunta obvia que no se me había ocurrido hasta entonces: “¿Cómo te sientes con el hecho de que quiera escribir este ensayo sobre ti?”. 

Decidí que se lo preguntaría al final de la entrevista.

 

Mary Karr relata, en Iluminada, los años más difíciles de su adicción en tono de comedia; su historia es cautivadora porque carece de autocompasión, como si aquella fuera un saco viejo y roído del que pudo deshacerse en algún momento. Ha transformado sus recuerdos por medio de sus relatos, o ha escondido sus tapujos debajo de un tono franco y sencillo. Con un ritmo agitado conduce al lector por su alcoholismo hasta la primera vez que fue a una junta de AA, cuando, precisamente, surgió su problema con Dios. Su problema con el poder superior. 

Mary Karr cuenta que aquel día, el primero del resto de su vida, decidió llegar unos minutos antes para tener tiempo de analizar a los demás. Quería saber cómo interactuaban entre sí los alcohólicos que habían aceptado su condición de enfermos. Comenzó a observar a un sujeto con saco de tweed que hablaba con un marino uniformado. En algún momento, escuchó cómo el primero le dijo al segundo: “Es duro ser un fantasma elocuente”. Aquellas palabras provocaron en Karr “un pequeño aluvión de piedad”. Le pareció una idea hermosa y triste con la que podía identificarse: ella también era un “fantasma elocuente”. Comenzó a sentir esperanza de que en ese lugar podría conocer personas con las cuales identificarse. 

Sin embargo, más tarde, cuando comenzó la junta, una mujer afirmó que había podido asistir a una boda —sin recaer en la bebida— sólo gracias al “poder superior”. Karr, en ese momento, se distrajo recordando a su padre; recordando cómo él solía decir que la idea de Dios, o cualquier cosa que se le pareciera, resultaba estúpida, por decir lo menos. La memoria del padre de Karr bastó para que ella dejara de identificarse con las palabras de la oradora, incluso con aquello del fantasma elocuente, rompiéndose así el hechizo de la comprensión mutua. 

Al final de la reunión los asistentes se tomaron de las manos para rezar y Mary Karr comenzó a observarlos estupefacta, preguntándose cómo era posible que un grupo de personas, en apariencia sensato, estuviera de un momento a otro hablando con el aire. 

 

Le digo a mi madre que hemos hablado tantas veces sobre su alcoholismo que tal vez el tema se agotó. Ella dice que todavía quedan cosas por decir. Enciendo una grabadora y la pongo frente a ella. Sonrío. Mi madre, tal vez intimidada por la grabadora, comienza a hablar en una especie de tono académico, impersonal; el mismo tono que, durante sus años como profesionista de las adicciones, utilizaba para dirigirse a los auditorios que la escuchaban hablar sobre consumo responsable de alcohol.

Trato de disimular la grabadora debajo de una servilleta y le digo que, si se siente más cómoda, puedo limitarme a tomar notas. Niega con la cabeza. Guarda silencio por un segundo y luego dice: “Mis mayores problemas eran las lagunas mentales y la culpa”.

Me cuenta que, cuando bebía —en el momento más álgido de su adicción— su pareja era un físico diez años más grande que ella, de nombre Rubén, que era “un bebedor fuerte, pero no alcohólico”. Eran los años setenta, los dos militaban en sindicatos, y gran parte de su relación giraba en torno a las tertulias marxistas que organizaban en su casa, donde sobraban las bebidas. Mi madre y Rubén —todos los participantes en realidad— bebían de forma abundante, pero, a diferencia de él, que no experimentaba mayores remordimientos, mi madre solía levantarse al día siguiente sin poder recordar cómo habían terminado la tertulias, sintiendo una inmensa culpa por ello. Entre semana, los dos trabajaban con diligencia en el Instituto de Física de la UNAM, donde se habían conocido. Él era investigador académico y ella, secretaria. Los fines de semana volvían a organizar tertulias donde bebían y mi madre volvía a tener lagunas mentales, en un ciclo destructivo que ella no podía parar, semana tras semana. 

Mi madre dice que, para su fortuna, la mayor parte de su alcoholismo ocurrió en aquellas reuniones políticas, hablando sobre los derechos de los trabajadores: ella y su pareja no solían exponerse en bares o en discotecas. Pero en un viaje que hizo sin Rubén a Cuba —con las juventudes comunistas— se expuso; no quiere dar mayores detalles sobre ese viaje, pero insiste en que se expuso. Lo importante fue que, a su regreso, le dijo a Rubén que ella debía dejar de beber y que, para lograrlo, necesitaba de su apoyo, que él se solidarizara acompañándola en la sobriedad. Rubén, que no se consideraba a sí mismo un alcohólico, le dijo que no. Ella decidió entonces que debían separarse. Se mudó a una casa de huéspedes y empezó un periodo de nueve meses que recuerda como el peor de su vida. 

 

Mary Karr continuó asistiendo a los grupos para mantenerse sobria, pero sentía desagrado por cualquier conversación “sobre sandeces espirituales” que llegaba a escuchar. Una mujer de nombre Joan, que se había convertido en su madrina, para convencerla del propósito del programa le aseguraba que los compañeros ateos podían refugiarse en la idea de que el poder superior reposaba en la unidad del grupo y no en alguna especie de entidad divina. Para Karr también resultaba absurdo confiar en la supuesta unidad de un grupo conformado por exadictos que habían enloquecido en algún momento de sus vidas. Joan solía responderle que los grupos de AA se guiaban por principios que los individuos no encarnan en solitario. La fe no era algo que debiera sentirse necesariamente: la fe constituía, según Joan, una serie de acciones. Le pidió que fingiera tener fe hasta que lo consiguiera: “¿O acaso no llevas media vida fingiendo para conseguir un trago?”.

Más allá de la religión, las conversaciones que Karr sostenía con su madrina le resultaban útiles para no arrastrarse hacia el alcohol “como una piedra rodando cuesta abajo”, algo que era, a su manera, mágico. Pero cada que volvía a surgir una charla en torno a Dios, Mary Karr se sentía incomprendida y, luego de unas semanas, recayó en la bebida. 

 

Dice mi madre: 

“Estaba sola, me sentía mal, comencé a hacer yoga para dejar de beber; conseguía, a veces, distanciar mis borracheras, pero tarde o temprano volvían a despertarse en mí la compulsión física y la obsesión mental. 

Y entonces tuve un accidente. 

La noche anterior me había emborrachado con dos compañeras chilenas que me visitaron para estudiar El Capital. Cuando desperté, en la mañana, vi que las chilenas me habían dejado una carta de despedida, muy cariñosas, agradeciéndome que las hubiera recibido. Pensar que ellas no habían podido despedirse de mí directamente, que habían tenido que escribir esa nota mientras yo estaba acostada en un sillón, dormida y ebria, me hizo sentir mierda. Yo quería ser una mujer comprometida con la izquierda, pero luego bebía y mandaba todo al carajo. 

Había sobrado anís de la noche anterior, me lo tomé y me volví a emborrachar. Era un día entre semana. En ese entonces estaban construyendo los edificios de los institutos en la UNAM y, de camino al de Física, conduje con el auto hasta un barranco. 

Cuando abrí los ojos vi que me rodeaban los árboles. Pensé que me había muerto y que estaba en el Cielo. Entonces comencé a escuchar la voz de una compañera del Instituto, también secretaria: Alicia, ahorita te sacamos

Tuvieron que llamar a una grúa. A mí no me había pasado nada, las ramas de los árboles habían impedido que el auto llegara hasta el fondo del barranco. Qué suerte. Las ramas me habían salvado la vida, pero no me habían permitido tocar fondo, como se dice en los grupos. Me llevaron a mi casa y una amiga, que era muy buena conmigo, me inyectó bedoyecta y me dio un baño de tina con lechuga. Llamaron a mi maestro de Kundalini yoga para que fuera a ponerme acupuntura y equilibrar mi sistema nervioso. 

Me desperté como a la una de la tarde. Creí que todo había sido un sueño horrible. Luego caí en cuenta de que no. De que había sido realidad.”

 

Mary Karr se encontraba en su casa, frente a un bote de Valium. No había alcohol, quería huir de la sobriedad y decidió que podía hacerlo ingiriendo algunas pastillas. Su hijo, que era un niño pequeño, la vio con las pastillas en la mano, unos segundos antes de que ella las ingiriera, y le preguntó, preocupado, si se encontraba enferma. 

“La mirada de mi hijo guía mi mano, que deja el frasco de Valium donde estaba”. 

Al día siguiente Karr necesitaba hablar con alguien desesperadamente y buscó a un compañero de AA de nombre Lux, quien la invitó a comer a su casa. Los dos estaban en la cocina cuando ella le preguntó a Lux si era el tipo de exalcohólico que rezaba, haciendo mofa sobre el acto de rezar: “Doy las gracias por toda clase de cosas”, le respondió, escuetamente, y luego le sugirió que si ella, en realidad, quería mantenerse sobria, debía hacer lo mismo. Karr, desesperada, le dijo que le resultaba imposible rezar o creer en Dios, y comenzó a enumerar una serie de tragedias en la historia de la humanidad que demostraban que Dios no podía existir. Lux la observó con detenimiento, consternado, pensando las palabras que iba a decir a continuación, como si de ellas dependiera la vida de Karr y también la vida de su hijo pequeño. Le aconsejó que esa misma noche, cuando llegara a su casa, se pusiera de putas rodillas frente a la cama y pensara en diez cosas —diez malditas cosas— por las que debería estar agradecida. Así de fácil. Eso es lo que tenía que hacer si quería dejar la bebida de verdad. 

Esa noche Karr decidió hacerle caso a Lux. Se hincó frente a su cama y agradeció las diez malditas cosas. Primero sintió un remanso de paz y, aunque luego trató de boicotearse pensando que debía ser una coincidencia, una especie de influjo autohipnótico, terminó aceptando que por primera vez en mucho tiempo se sentía liberada de la tentación de beber.

De haber sabido antes que todo era tan fácil como arrodillarse de putas rodillas y dar las gracias… 

“Es una sensación curiosa, porque, durante años, el deseo de beber había ensombrecido todos los instantes de mi vida desde que abría los ojos”. Reconoció que algo tan sencillo como hacer una lista de cosas buenas detuvo el miedo cerval que la poseía. 

Sin embargo, en los días que siguieron volvió a tener dificultades para repetir la experiencia de la gratitud. La enfermedad se apoderó de ella diciéndole que era una persona que sufría más que cualquier otra en el mundo, sugiriéndole que se autocompadeciera, haciéndole ver su historia —en retrospectiva— como una serie de malos caminos a los que fue arrojada a la fuerza, sin que ella tuviera ninguna clase de responsabilidad. Decidió que no quería poner su vida en manos de nadie, mucho menos en las de un poder superior y, de alguna forma extraña, consiguió no recaer.

 

Observo a mi madre mientras contiene el llanto. Le ofrezco una disculpa, que resulta, desde mi perspectiva —desde cualquier perspectiva en realidad—, fútil. La había escuchado hablar de su historia antes, pero nunca con esa emoción ni con esos detalles. Dice que no tiene nada de qué disculparme. Quiere seguir hablando. 

Después del accidente, una pareja de amigos la invitó a viajar a Ixtapa para que descansara y se olvidara de lo que había ocurrido: el auto en el barranco, sostenido milagrosamente por las ramas de los árboles. Ellos la ayudaron a mantenerse sobria a lo largo de una semana. Pero, cuando regresó a la Ciudad de México, la tentación apareció de nuevo frente a ella. 

 

“Unas amigas con las que solía emborracharme me invitaron a pasar un fin de semana en una presa. Según esto íbamos a dormir en cabañas en medio del bosque y estaríamos en contacto con la naturaleza. Yo sabía que era una mentira, que íbamos ahí para beber pero, como hacía siempre, me convencí de lo contrario. Pensé que, a lo sumo, yo bebería moderadamente. Le dije a una de mis amigas que aceptaba con una condición. Ella tenía un hijo pequeño y yo solía sentir coraje porque llevara a su niño a nuestras fiestas. Me daba pena emborracharme y decir tonterías frente a él, me parecía que su madre era muy irresponsable. Ella estuvo de acuerdo. Cuando pasaron por mí, resultó que la madre no había encontrado en el último minuto con quién dejar a su hijo. Y pues ya ni modo. Nos fuimos hacia la presa. 

Como era de esperarse, esa noche me emborraché y en mi borrachera comencé a hacer corajes en contra de mi amiga. Comencé a gritarle, frente al niño, que era una mala madre, una irresponsable. Quién sabe cuántas groserías le grité. El pequeño estaba frente a nosotras, escuchándonos triste y confundido, y eso es lo último que recuerdo. 

Cuando me desperté en la mañana, caminé hacia la presa, me acosté junto al lago y deseé morirme. Pensé que prefería estar muerta a seguir bebiendo. Lo sentí de verdad. Escuché que el niño estaba a unos metros, caminando con cautela para no molestarme. Me levanté y le dije que se acercara. Le pedí disculpas por lo que había gritado la noche anterior. Sentí un inmenso dolor por haberle provocado dolor a pesar de su inocencia y de su ingenuidad. Le dije, le juré, qué él nunca iba a volver a verme borracha. Nunca más en la vida. Se lo prometí con el corazón roto. 

Y se lo cumplí”.

 

Mientras luchaba por mantenerse sobria y atea, Mary Karr recibió una noticia que iba a cambiar el destino de su vida profesional. Había ganado un prestigioso premio literario acompañado de una gran suma de dinero. Era un golpe de suerte que no esperaba, un golpe de suerte que traía consigo, no obstante, una nueva tentación. Iba a ser envestida en una recepción a la que acudirían escritores que ella admiraba, agentes literarios importantes y todos juntos irían después a una cena para celebrarla.

Cuando se sentó en la mesa, ocurrió lo que esperaba. Las personas a su lado comenzaron a brindar con ella, que levantaba un triste vaso de agua hasta que alguien le puso una copa de vino enfrente. Tenía dos motivos para beber: celebrar, la ocasión lo ameritaba, y tranquilizarse, dado que sus escasas habilidades sociales la hacían sentir timidez e inseguridad. 

Dejó la copa sobre la mesa y se levantó al baño para mojarse el cuello mientras le brincaban las entrañas. No podía quedar mal con sus anfitriones y, si bebía, iba a terminar haciendo algún ridículo. Recordó el consejo de Lux: “Reza, arrodíllate y tranquilízate”. Se encerró en un wc colocando “las rodillas huesudas en un charco de sabe Dios qué” y pidió una sola cosa: que algo, lo que fuera que estuviera más allá de sí misma, la ayudara a no acercarse al alcohol. 

“Quienes nunca hayan rezado graznarán como cuervos y se mofarán del cambio que, aseguro, se apoderó de mí”. El parloteo primitivo de su cerebro se esfumó. Regresó a la mesa sintiéndose tranquila.

Y entonces, sólo entonces, ocurrió lo que necesitaba para acercarse al programa de AA y transformarse. Mary Karr lo escribe con una bella precisión: “Las lentes espirituales empiezan a reescribir la historia de mi vida en el presente”. 

 

Mi madre, al regresar de la presa, le pidió ayuda a su hermana mayor, que le ofreció acompañarla a una junta de AA. 

 

“El grupo se llamaba Nápoles y estaba en la iglesia de Santa Mónica. Yo era marxista y por lo tanto atea y dije: “Pucha, ¿dónde me traen? Ya ni modo”. Había una mesa rectangular con velas al centro, lo que me hizo sentir que había llegado a una secta. Luego me enteré de que ponían las velas allí por el humo del cigarro. Al fondo había una foto de Juan Pablo II. Comenté algo irónico al respecto y me pidieron recordar que estábamos en el salón de una iglesia: no podían quitar la foto del papa así nomás. Me dieron la bienvenida, me pasaron un autodiagnóstico, me dijeron que me compartirían sus experiencias y que, si tenía dudas, se las dijera. 

Recuerdo que me identifiqué con algunas expresiones de los compañeros que estaban reunidos aquella noche. Me acuerdo de uno que hablaba de la soledad. Dijo que podías estar sentado en las gradas del Estadio Azteca a su máxima capacidad y de todas formas sentir una soledad del alma espantosa. Me acuerdo mucho de una señora que dijo que a veces odiaba a su hija. Yo solía sentir mucha culpa por haber llegado a sentir odio hacia mi madre, y entonces, oyendo a la señora, pensé: “Ella está peor que yo”. Ese pensamiento me dio cierto consuelo. Cuando salí, recuerdo haber visto las estrellas en el cielo y pensar: “Yo creo que no voy a volver a beber. Prefiero matarme. Creo que sí voy a venir aquí”.”

 

Mi madre y yo permanecemos en silencio un rato más o menos largo. Me levanto por agua y regreso a la mesa. “¿No te sientes avergonzado de mí?”, me pregunta. Hasta este momento caigo en cuenta de algo que, desde luego, sabía, pero a lo que no le había dado su peso justo. Cuando mi madre vivió todas esas cosas tenía tan sólo 27 años. Exactamente diez menos de los que yo tengo ahora, mientras la escucho. 

Me siento conmovido por la juventud de sus errores. Le digo que me enorgullece.

 

Hugo Hiriart tiene un breve ensayo sobre iniciación en la mística y experiencia religiosa titulado Lo diferente. En el capítulo dedicado a las conversiones, utiliza su recuperación alcohólica como ejemplo. Lo que me gusta es que, para Hiriart, el acto de dejar de beber es en sí mismo una conversión mística. Es decir, no son dos pasos —primero acepto un camino espiritual y luego dejo de beber— sino uno solo, el mismo paso. 

“Llegado un momento de saturación —escribe Hiriart—, por acumulación de desenfrenos y ridículos subsecuentes, mi mujer levantó una exhortación de que ingresara a una clínica de tratamiento de adictos al alcohol o las drogas”. Pensó que podía llegar a la clínica con su máquina de escribir y algunos libros cuidadosamente seleccionados, objetos que le fueron requisados en la entrada. Poco tiempo después comenzó a experimentar “el famoso síndrome de abstinencia” que debió resistir por dos días “infernales”, hasta que no pudo más y sufrió un desmayo. Despertó solo en la cama de la enfermería de la clínica pero, en vez de angustia, sintió placidez. Dice que el proceso que operó en su mente fue más o menos así: alguien le había apagado la luz, dejándolo a oscuras, y luego, cuando regresó la luz, esta fue iluminando las habitaciones de su interior una a una, de tal forma que pudo reconocerlas con sosiego. 

De acuerdo con Hiriart, su conversión fue canónica y siguió el orden esperado. Primero, la curación por la palabra “[la cual te permite] dimensionar al monstruo que ha crecido dentro de ti por estar oculto. Cuando lo confiesas lo alcanzas a ver desde distintos ángulos, el monstruo pierde peligrosidad, filo, culpa. No sentirse culpable de las andanzas de borrachera, ése es el logro”. En segundo lugar, aquella hermosa idea que consiste, simple y llanamente, en aceptar la derrota: aceptar que el alcohólico no puede tomarse ni una cervecita o una sola copita de vino u oporto en Navidad. “La única forma de vencer el alcohol consiste en reconocer que no se puede contra él, que siempre gana, que lo único que podemos hacer es derrotarnos ante el alcohol. Y es paradójico porque sólo ganas el juego cuando lo pierdes. Parece relato de Kafka”.

Más allá de esas palabras, de sus ejemplos de conversiones, Hiriart, que entre otras cosas es un filósofo de lo espiritual, no fuerza a la idea de Dios ni a la idea del poder superior —que ni menciona—. “Decir de un humano que se ha convertido en devoto de algún culto significa, en estos términos, que lo religioso, antes periférico en su conciencia, ocupa ahora el lugar central de la energía y es el origen de los movimientos”. Y ejemplos de conversiones podría haber muchos más allá de los cultos o las religiones. El anhelo de dejar de beber deja de ocupar un lugar periférico en los pensamientos del converso y pasa a protagonizar la consciencia, provocando una conversión del tipo emancipadora. Es casi como si dijéramos que el desplazamiento de la atención es el hecho espiritual en sí mismo. Es casi como si dijéramos que podemos desplazar nuestro centro de gravedad de un lugar a otro, transformando, en cada cambio, nuestro pasado y nuestro presente a la vez.

 

Es casi media noche cuando mi madre y yo damos por concluida nuestra charla. Ella dice: “La verdad te conté el ochenta por ciento de lo me que pasó en ese tiempo”. Es un buen trato. En algunos días, cuando trate de escribir su historia, tampoco escribiré el cien por ciento de lo que me contó. Dice Jeanette Winterson que al escribir “ofrecemos el silencio tanto como la historia. Las palabras son esa parte del silencio que se puede expresar”. Mi madre se queda con su veinte por ciento y yo me quedo con su enigma.

“¿Cómo te sientes con el hecho de que escriba este ensayo sobre ti?”, recuerdo lo que pensaba preguntarle al final de la entrevista y se lo pregunto. “Me siento útil y agradecida. Cuando te cuento mi historia, y me involucro, la vuelvo a sentir, pero, en vez de perjudicarme, me es útil. Es como pasar el mensaje a otro alcohólico: te acuerdas de cómo estabas y constatas que por ahí no era el camino, que tomaste una buena decisión y que estás precisamente en el lugar donde tienes que estar”.

Me gusta lo liberadora que resulta la idea de que estás donde tienes que estar. Mary Karr asegura que los mapas de los centros comerciales que indican Usted está aquí resultan de una sabiduría conmovedora. Mi madre se va a dormir y pienso que por fin he comprendido, comprendido de verdad, su concepto de la fe. Si algún día me vuelvo alcohólico —toco madera, Dios no quiera— y si, de acuerdo con la tradición familiar, ingreso en Alcohólicos Anónimos, podré acudir a la fe que me enseñó, aunque hoy permanezca en estado de “Fe, rómpase en caso de emergencia”. 

Dice el teólogo Herve Clerc que hay muchos tipos de aspiraciones teológicas y que la mayoría de ellas resultan inalcanzables. Dice, por ejemplo, que una aspiración teológica —del tipo inalcanzable— es encontrar el punto final de un manuscrito.

La sensación de que comprendí a mi madre dura, exactamente, un segundo, en el que pienso que desde la adolescencia no he podido conciliar con la idea de Dios, pero tampoco he podido abandonar la idea de que la vida tiene, más allá de mí, alguna especie de sentido. Luego aquel súbito entendimiento se me olvida y la compulsión autobiográfica regresa.

 

 

Este texto forma parte del próximo libro del autor: La compulsión autobiográfica (Alacraña-UANL-Bookmate, 2022)

 


 

César Tejeda. (Ciudad de México, 1984) es narrador, editor y guionista. Es autor de las novelas Épica de bolsillo para un joven de clase media (Planeta, 2012) y Mi abuelo y el dictador (Caballo de Troya, 2017). Fue director de la revista Los Suicidas y forma parte del equipo de Ediciones Antílope.

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