María Fernanda Ramos
Carl Sagan alguna vez mencionó que extinguirse era la regla y que sobrevivir era la excepción. Es una idea interesante: en el universo, esta dualidad ocurre al mismo tiempo. Pero también, en el transcurso de la rutina, caminamos por la línea media, sin percatarnos. Podríamos ser parte de la regla, pero todos los días, hasta que muramos, serán la excepción. Y a veces creo que sobrevivimos porque nos sentimos insatisfechos: la insatisfacción es el inicio de la transformación.
Lo que propone Sagan, sucede inevitablemente: sobrevivimos cambiando lo que está a nuestro alcance; así se configuran las experiencias de vida.
Durante algunos días tuve presente la frase del astrónomo y concluí que uno de los actos de transformación más peculiares es el lenguaje.
A menudo descartamos palabras, comportamientos y presencias… y modificamos lo que tenemos hasta que todo queda en un orden más o menos aceptable para nuestro gusto.
Pensé también en que el lenguaje corporal es muy poderoso, una especie de “núcleo de la verdad” porque ponemos en evidencia aquello que sentimos según nuestro estado de ánimo y sin necesidad de fingir.
Los gestos, por ejemplo, son detalles corporales que se filtran en nuestras expresiones y aunque algunos son apenas perceptibles, tienen el poder de provocar un disgusto o una satisfacción en el otro.
Al lenguaje corporal también se le pueden añadir las muestras de afecto. Incluso, existen “pautas” para no excederse en algunas expresiones. Por ejemplo, si un abrazo dura más de ciertos segundos, puede volverse incómodo. Pero yo creo que todo depende de las personas y de las sensaciones en el momento. Hay personas que tienen el talento de abrazar muy bien, con ellas se olvidan las reglas del tiempo. Hay otras a las que no les gustan los abrazos. También he visto a personas hacer un letrero de “abrazos gratis” y esperar la correspondencia de alguien ajeno. Otras, tienen un letrero invisible que dice “necesito que alguien me abrace”.
—¿Cuándo fue la última vez que alguien te dio un abrazo que no querías que terminara nunca?
—Una vez que tuve un sueño hace años. Se trataba de una medusa que nadaba lentamente hacia arriba. Cuando vi el ritmo de su movimiento sentí una melancolía inexplicable. Después, como si tuviéramos algún tipo de conexión, ella percibió mi sentimiento y se acercó para rodearme con sus tentáculos. Yo me puse a llorar, y cada vez que se intensificaba mi llanto, le crecían más tentáculos. Esa era su manera de consolarme: daba más de sí misma para atenuar mi tristeza. Era un abrazo suave, pero extraño. De alguna manera se sentía lejano, como si estuviéramos en lugares distintos. Se sentía como si hubiéramos encontrado, después de mucho tiempo, una manera de romper el muro que nos dividía.
—Algo así como la película de La llegada, cuando el personaje de Amy Adams comienza a interactuar con los heptápodos a través del cristal para comprender su lenguaje.
—No lo había pensado, pero podría ser una imagen similar. Se trataba de una barrera invisible que se había roto por una voluntad personal, por la necesidad de entender al otro, de abrazar al otro.
A partir de la frase de Carl Sagan también pensé que los idiomas tienen un rol importante para la supervivencia de las personas y para la permanencia de las culturas. La lengua materna es algo que nos pertenece desde antes de nacer, pero es capaz de adaptarse a las circunstancias que la rodean. Incluso si alguien emprende un viaje y no conoce el idioma del lugar, puede ser capaz de comunicarse. De nuevo, las expresiones corporales están presentes para transformar un idioma en una comunicación que pueda ser comprensible para un desconocido. Sobre esta temática el cine ha hecho algunas demostraciones, pero en la vida real, ya no es tan extraño encontrar historias en las que dos personas se aman, aunque no hablen el mismo idioma.
Hay un recuerdo que no consigo olvidar a pesar de que han pasado muchos años. Estaba en un hotel arreglando mi maleta para regresar a México. En el viaje había hecho amigos de otras nacionalidades y se habían convertido en personas que realmente apreciaba. Esa noche tenía tanto sueño que me quedé dormida. Pero ese mismo día, mis amigos regresarían a sus países en la madrugada. Pasó un tiempo y me desperté asustada porque creí que ya se habían ido y que no los vería de nuevo. Corrí hacia la puerta de la habitación y cuando la abrí estaban ahí los tres para despedirse de mí. También habían corrido hasta mi habitación y justo llegaban en el momento que aparecí frente a ellos. No hubo necesidad de decir nada, estaba segura de que la expresión de sus ojos me decía algo como: “íbamos a derribar la puerta si no nos abrías”. Al final nos abrazamos y hasta el día de hoy, cuando pienso en ese abrazo, me conmuevo. No había otra expresión que confirmara tan bien el cariño que habíamos construido durante esas semanas.
Sí, sobrevivimos a través del lenguaje, pero lo mejor de eso es que no se limita a la experiencia del ser humano. Sino que también está presente en el resto de los organismos. El micelio, por ejemplo, es un conjunto de ramificaciones que se encarga de distribuir nutrientes en el subsuelo. Cada filamento se cruza con otro, de manera que se congregan entre sí. Esta es la forma en la que se comunican y logran funcionar solo si están entrelazados. Si no sucediera así, difícilmente podrían transportar nutrientes que son indispensables para el funcionamiento de las plantas y otros organismos.
Una vez encontré en el parque a un señor que estaba abrazando un nogal mientras le decía algo en voz baja. Después de unos minutos, el señor sacó de su bolsillo una hoja de papel enrollada, y la colocó en un agujero que estaba dentro del árbol. Durante un momento se quedó en silencio mirando el tronco y tiempo después se fue. Me acerqué con la intención de saber qué era lo que había en la hoja de papel, pero después pensé que sería entrometerme en una especie de rito personal entre el nogal y el señor desconocido. Lo que sí hice fue que abracé al árbol. Extendí mucho mis brazos, porque el tronco era muy ancho. La corteza del tronco me raspaba y una rama rasguñó mi brazo cuando me alejé. Pensé en ti, en que al final así se sentían nuestros abrazos. Eran incómodos y eran más una obligación que un sentimiento de amor, pero nos convencíamos el uno al otro de que aún no era momento de decir adiós, aún no debíamos echar fuera nuestras raíces.
Creo que todo el mundo cuántico que no alcanzamos a percibir está sostenido por un lenguaje. Incluso, todo aquello que sí identificamos también se sostiene a partir de un orden unitario. En este balance, aparece inevitablemente un lenguaje que unifica, que es capaz de sobrevivir a pesar del tiempo. Es un lenguaje en forma de abrazo que hace posible el funcionamiento de las moléculas, de los átomos y las partículas. Está presente en los copos de nieve, en el panal de las abejas, en los brazos de mamá, en el ritmo de las risas.
María Fernanda Ramos (Monterrey, 2000). Licenciada en Letras Hispánicas. Actualmente es becaria del Centro de Creación Literaria de la Casa Universitaria del Libro UANL. Fue parte de la Primera Generación del Taller de Poesía en la Facultad de Filosofía y Letras. Ganó el tercer lugar de poesía en el Certamen de Literatura Joven en 2019.