Navegar en la memoria del verano

Yaroslabi Bañuelos

 

 

I

 

Aquella luz entre los ficus

 

Era agosto. El verano derramaba su canto de fruta madura sobre las ceibas. 

En aquellos días navegantes, poseíamos pocos talismanes: una hamaca sostenida por el murmullo de las palmeras, el miralejos de papá, la bicicleta roja y los perros corriendo hacia el atardecer. En cambio hoy todo es bruma, y la voluntad salvaje de la canícula se parece más a los pájaros atrapados en el mar

Era agosto. En la mansedumbre del estero, los pelícanos bordaban su transparente melancolía. En el calendario aún no despertaba la prisa por correr tras medallas de niebla, tampoco anhelábamos la imposibilidad de alzar una casa junto a un manzano y su jardín de tigridias. 

Nosotras, cómplices de alboradas y oleajes, buceábamos en el estío como si el viento caliente no fuese un cardumen de ausencias. Jugábamos a inventar marionetas de sol, adorábamos el resplandor de los framboyanes, invocábamos luciérnagas. Cada tarde se diluía en un templo de ánforas marinas. Nos reconocíamos hechiceras guaycuras. Cobijadas por la  misericordia de los ciruelos, fuimos vendedoras de pitahayas, recolectoras de perlas o curanderas cochimíes, con tal de conjurar un oasis en las entrañas del desierto.

Las horas se extendían mansas sobre la vereda. La luz se demoraba entre los ficus.

En los patios no crecía más angustia que las plegarias por los gorriones sedientos ni estallaba más guerra que el alboroto de los insectos, velados bajo el manto esmeralda de los helechos. Sentadas al borde del crepúsculo juramos encender batallas contra el olvido.

Hermana de silencios y ensueños estivales, igual que una mariposa, el néctar del mango recorría tu rostro en los relicarios. Las cestas de granadas, la procesión de los tordos, las calabazas maduras que conquistaban el huerto de la abuela, siempre nos aguardaban en la dorada lejanía del otoño.

Afuera, el mundo ardía en una hoguera de cardones y flores silvestres. Los relámpagos incendiaban el horizonte, pero no le temíamos a las tormentas; aunque el tejado de lámina revoloteara con cada ráfaga de viento perfumada por la tierra húmeda y la damiana. El aleteo de las palomas pitahayeras arrullaba tempestades.

Es cierto, el himno de las cigarras fue una canción de cuna.

Es cierto, las cicatrices pesaban lo mismo que el júbilo de las libélulas.

Era agosto. La soledad no resplandecía más que una crisálida, el abismo no palpitaba bajo mis manos como una calandria herida.

Era agosto y olvidamos que pronto el verano sería una fiesta de fantasmas.

 

 

 


 

 

Yaroslabi Bañuelos. (La Paz, Baja California Sur, 1991), es autora de Inventario de las cosas perdidas y Otro agosto habita el aire. En 2021 obtuvo el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada. Ha sido ganadora de los Juegos Florales del Carnaval La Paz en las ediciones 2019 y 2023, en 2019 recibió el Premio Estatal de Poesía Ciudad de La Paz y los XLVI Juegos Florales Margarito Sández Villarino. Ha sido becaria del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico PECDA 2016-2017 y del Programas Jóvenes Creadores del FONCA 2020-2021. También se ha desempeñado como tallerista de grupos de escritura terapéutica. Actualmente es becaria del PECDA BCS 2022. 

 

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