Guadalupe García Alcoforado
Escribir es como navegar. Pero no por aguas saladas, sino por los ríos que corren en medio del bosque, esas enormes figuras acuosas con forma de serpiente que atraviesan países enteros. La diferencia para mí radica en que, aquellos que navegan en el mar se alejan de todo, como si de pronto se adentraran en otra realidad donde el cielo y las olas se unifican, siendo apenas un pequeño grupo enfrentándose con la furia de los ciclos del agua. Caerán rayos, lloverá de formas insospechadas y la humedad entrará por cada poro de su piel. Nadie puede ayudarlos, están solos en medio de la inmensidad del agua.
En contraste con esto, los ríos podrían parecer una opción mucho más tranquila. Pienso en todas las escenas de romance donde los enamorados navegan en su pequeño bote mientras el sol baja y la naturaleza se vuelve cómplice de su amor. Por desgracia, creo que para aquellos que hemos escuchado, como los marineros, el llamado del agua, esta imagen parece más la alucinación de aquel que navega entre los desconocido sin haber dormido en días.
Los ríos son mucho más espeluznantes que los mares, aquellos que los navegan no solo se enfrentan a la furia del agua; el bosque y sus misterios también lo acompañan. No se alejan por completo de la humanidad, o rara vez lo hacen. En lo más profundo de la naturaleza, existen grupos de humanos, ya sea conquistadores que se atreven a dominar lo indominable o pobres pueblos colonizados y esclavizados. Aquel que navega en agua dulce es un observador en agonía.
Pasa montado en su barco, observando las fuerzas de la naturaleza, las crueldades de la humanidad y el sufrimiento de los animales. Pasa sin poder hacer nada, tal vez incluso sin querer hacer nada, solo observar. Mientras el río se lo come también a él, mientras el hambre y la enfermedad lo hostigan a cada momento y su mente va en un lento deterioro, ya lo decía Joseph Conrad, la mayoría no soporta el viaje, la mayoría se cuelga de algún árbol en medio del camino, aquellos que escogen navegar por aguas dulces deberían ser estudiados por los médicos.
Lo mismo pasa con escribir, es un ejercicio de agonía. Uno se sube al barco aunque todos piensen que está loco. Para mí sigue siendo un proceso casi tan aterrador como cualquier cuento de miedo que ocurra en un río. Retraso todo lo que puedo el momento de comenzar. Leo libro tras libro, como si estuviese recolectando víveres para sobrevivir dos años, aunque apenas logre escribir cinco cuartillas.
Así como Marlow debe ir al médico, quien le pregunta sobre el historial de salud mental en su familia, yo voy y me reviso la cabeza, no vaya a ser que me pierda en medio del bosque. Subo a bordo sin saber exactamente a dónde me dirijo, a qué clase de compañía o propósitos sirve mi escritura. Subo a bordo con inocencia, pensando que al final, lo que importa es la aventura y no el destino. Sin embargo, a medio camino descubro el horror de navegar, por las noches los árboles susurran palabras que no puedo descifrar, me avisan de peligros que me acechan, pero no alcanzo a comprender, veo personas caminar entre los árboles, en las noches el río y el bosque son el espacio de los muertos, se adueñan del territorio y yo siento que mi barco y yo somos los fantasmas en este mundo que le pertenece a ellos.
Cuando todo se vuelve tan tenebroso en la escritura, me gusta pensar en mi infancia. Cerca de casa no había un Támesis lleno de historias maravillosas. Sólo estaba el río Pesquería, que rodeaba la colonia donde vivían mis abuelos. Yo pasé toda mi niñez ahí, entre calles que de forma insospechada terminaban en río. Recuerdo que el patio de mis abuelos terminaba donde comenzaba el monte, había una Anacua enorme justo frente a la puerta.
En las noches el viento soplaba fuerte, haciendo que las ramas de los árboles chocaran entre sí y simularan el sonido de la lluvia. En el día mis primos y yo nos íbamos a un ojo de agua cerca de la casa, como se nos prohibió ir solos al río después de que un hombre se ahogara en un espacio conocido como “el remolino”, donde después los vecinos decían que se sentían las manos de alguien jalando hacía abajo, nos conformábamos con pescar langostinos y charolitos en el pequeño ojo.
Cuando crecí, me gustaba seguir el camino que une al ojito con el río, caminaba hasta encontrarme frente a las garzas y las tortugas, incluso cuando no tenía tanta agua, los animales seguían ahí, me gustaba pasar horas sentada frente al río. A mis tías les molestaba esa actitud, porque el río suele ser visto por todos como un espacio peligroso, para mí antes no era así, incluso con el agua verde y las piedras secas, me parecía un lugar hermoso y magnético, me atraía sin que pudiera hacer nada para resistirme, solo quedarme sentada observando.
Ahora esa imagen ha cambiado, sé que los restos de una de las niñas con las que jugaba a pescar han sido enterrados ahí. La única que alguna vez se atrevió a meterse a nadar, la más aventurera. Ahora me siento en el río con la esperanza de escuchar su voz. Me aventuro a correr junto al agua para ver si logro encontrarla.
Lo que antes me parecía la figura de una serpiente maravillosa, las infinitas posibilidades de juego en la casita que armamos con las ramas caídas de los árboles, ahora se ha convertido en dolor. Los ríos son las venas del país y por ellos corre la sangre de nuestros muertos, de todos los desaparecidos que jamás volverán a ver a su familia. Y yo navego junto a ellos en la escritura, sin poder hacer nada, sólo observar.
Escribir es como navegar por aguas dulces. No se está incomunicado como en el mar, sino que se observa todo el dolor desde la distancia y se escribe desde ahí, desde la impotencia y la herida. Al caer el sol, el cielo se une con el agua, pero siempre quedan las sombras de los árboles que la luz de la luna proyecta sobre mí. Al caer el sol, esas sombras se hacen más grandes, o tal vez yo me hago más pequeña. Tengo la seguridad de que nunca estoy sola, un escritor nunca lo está. Escucho los ruidos del bosque, de los animales que lo habitan, de las ramas que, al chocar unas contra otras, simulan el sonido de la lluvia.
De pronto huelo el olor a carne podrida, las aguas se enturbian y en la oscuridad, el agua brilla roja, porque aquí navegar por aguas dulces es navegar entre los muertos, entre los miles de desaparecidos que yacen bajo nosotros, encontrarlos en la palabra ya que no es posible encontrar sus restos. Nombrarlos a todos, en el agua los cuerpos se deshacen, pero en la palabra los nombres permanecen. Y tal vez no es suficiente, pero es el oficio del que observa desde la lejanía, desde la imposibilidad de acción, del que pasa con su barco frente al dolor.
Desde este lugar, la imagen de una pareja que pasea en su bote al atardecer no es más que una alucinación causada por el insomnio. Escribir es vivir en agonía, observar el dolor de los demás, retratarlo mientras el bosque también me come, mientras cada parte de mí se va quedando entre las páginas, como otro cuerpo que se deshace en el agua.
Cada vez que comienzo un texto inicio con la emoción de quien emprende una nueva aventura, pero una vez estoy abordo lo que me llama es el horror. Me pregunto si era eso lo que buscaba cuando era adolescente y me sentaba frente al río, si buscaba escuchar las voces de los muertos. Son ellos quienes llaman desde el agua. Las escucho siempre que escribo, me invaden toda, invaden todas mis páginas. No sé cómo escribir sin agonía cuando todo el mundo lo está. Solo sé perder el sueño, el hambre y la salud. Solo sé dejarme en las palabras.
Yo crecí entre calles que terminaban en el río, que terminaban en la palabra, que terminaban en la violencia. Cuando la escritura se vuelve insoportable, regreso a los recuerdos de mi infancia, pero ahora veo que siempre estuve rodeada por la palabra, que el río siempre estuvo en cada esquina, al final de las calles más insospechadas.
Guadalupe García Alcoforado es ensayista, narradora y actualmente estudiante del Colegio de Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. Es becaria del Centro de Estudios Humanísticos y del Centro de Creación Literaria de la Casa del Libro.












