Alan Valdez
La cucaracha iba tarde.
Pero muy tarde.
Se distrajo
comiéndose una revista
donde un australiano aseguraba
que los blatodeos
eran los únicos insectos
inmunes al ánimo nuclear
y sus banderas.
Vio la hora.
Era tarde,
tan tarde
pero no le importó mucho
y vistió
litúrgicamente
su único par de antenas formales.
Rápido le dio una barnizada
en marrón
a su escudo.
Amarró con nudo ciego
sus tres pares.
Y por la prisa,
no le quedó de otra
mas que pagar
un Uber millonario.
Por fin llegó
a la Secretaría de Relaciones Invertebradas.
Y esperó su turno.
Pero era chismosa,
de veras chismosa,
y a cada insecto
que iba saliendo
le preguntaba
por sus nuevos dones.
Que el sueño del mosaico
le tocó a la oruga.
Que la lengua de Babel
para el grillo.
La ceniza de Pompeya
se la dieron a la hormiga.
La métrica del vuelo,
la insistencia,
al mosquito.
El triángulo
y su canto
a la mantis.
Al ciempiés
la perfección del número.
A los piojos
la breve cabeza
de los niños.
El voyerismo
y las esquinas
a la araña.
Y al escarabajo
la armadura,
el verde,
el azul áureo,
pero nunca,
nunca
el veneno.
Ya para el turno de la cucaracha,
la trabajadora de recursos no humanos
le dijo que no había mucho
de dónde escarbar en el archivero.
Apenas unos colores
sobrios y otoñales,
por no decir
sin chiste.
Vellosidades nocturnas.
Ruidosas llamadas de apareamiento
en época de calor.
Picaduras no mortales
en verano.
La cucaracha fue necia.
Pidió que mejor le enumeraran
los dones indeseables.
Los que habían devuelto
después de tres días.
Los que estaban ligados
al hambre,
a la pus
y a la guerra.
Porque es mejor ser odiado
que ser un aburrido.
Firmó unos papeles con sus alas.
Se le miraba satisfecha.
Y decidió festejar sus nuevos dones
alzando el vuelo
a la hora de la comida
aquí
en esta fonda.
Alan Valdez. (Chihuahua, 1992). Escribí La pérdida de voluntad en el agua (FCE/Tierra Adentro, 2021). Me gustan las nutrias, hacer música en sintetizador, que Quignard procure el silencio y, sobre todo, el poema 135 de Emily Dickinson