Dos ballenas toman un baño de lechuga y se miran a los ojos rodando

Donnovan Yerena

 

Hace diecisiete años he vivido en condición de hermano mayor, un título que no pedí y que rechacé más de una vez al sentirme incompetente. Recuerdo cuando la noticia llegó a mí. Vivíamos en Puebla en un edificio muy viejo en la calle 11 oriente, el departamento estaba en el tercer piso y estaba cubierto de un papel tapiz con motivos florales. Entre esas paredes descubrí el poder de la compañía y el vacío de la ausencia.

Recuerdo que la sala tenía un ventanal grande, casi del tamaño de la pared y cuando abrían la ventana el viento cenizo se nos enredaba en la lengua y los pies. Tu mamá está embarazada. Recuerdo el miedo que se escondía en las palabras que utilizó mi padrastro. A mí también me nació un miedo irracional que fue creciendo a la par del vientre de mi madre que poco a poco le daba espacio a una nueva vida.

Aún puedo sentir la angustia que escurría por las paredes del pequeño departamento. Pronto nos convertimos en una bomba de tiempo, a la expectativa de un nacimiento no anunciado y los días pasaban lentos, decantándose en mis manos heladas. Apenas tenía siete años cuando anunciaron que el bebé estaba próximo, que llegaría antes de lo esperado. Nacería en Morelia, como yo. Volvimos a casa de mis abuelos durante un tiempo, incluso hicieron los preparativos para que naciera en el mismo hospital que yo y bajo el cuidado de la misma doctora que me vio nacer. Viví todo el proceso como un gran preparativo para reemplazar mi lugar en el mundo.

El día que llegó a casa había un olor potente a guayaba y a sol, afuera el día anunciaba el retorno del verano y la luz que entraba por las ventanas de casa de la abuela se arrinconaba en el bulto que envolvieron en cobijas amarillas. Ese día presencié la ternura con la que un padre carga a su primer hijo por primera vez, tapándole la mitad de la cara con una mano y contemplando sus propios ojos en alguien más, orgulloso de su creación. Lo envidié con todas mis fuerzas, apenas había llegado y ya había vivido más que yo.

Sin embargo la penuria duró poco, cuando vi el tamaño de cada parte de su cuerpo deseé convertirme en una ballena enorme para resguardarlo dentro. La fragilidad de sus dedos y lo quedito de su balbuceo de bebé me mostraron que la ciudad es un mar abierto sin fondo. Con el pasar de los días aprendí a construir montañas de arena y cielos de anémonas para que las exploráramos en nuestros sueños, en ese jardín de recuerdos. No quería despegarme de él, a pesar de que no compartiéramos padre, los dos navegamos en la laguna que vive dentro de mi madre. Nos une una misma corriente.

 

De cómo arrullar cetáceos recién nacidos

Al mes de haber nacido, volvimos a Puebla y un mes después, mi abuelo falleció en un accidente en carretera. La vida parecía suceder afuera de la pecera que inventé para mi hermano y para mí. Vimos cómo la marea se llevó con ella nuestra tranquilidad y deseamos volver a la cueva de donde vinimos. Los meses pasaron y la ausencia se instauró en nuestras gargantas hasta que aprendimos a cargar con ella en los bolsillos.

Hermano, ¿recuerdas los baños de lechuga que te daban, las cremas de lavanda y las velas que prendían en el baño? Después de la muerte del abuelo no pudiste conciliar el sueño durante semanas. Nos cambiamos de casa y tú seguías sin poder descansar, nada funcionaba y la inquietud se apoderó de ti. Conocí una nueva versión tuya, de pronto dejaste de ser mi hermano para convertirte en piraña, destruiste todo a tu paso y sembraste en mí un miedo que se me hizo costumbre.

 

Carta náutica a ningún lugar  

La primera palabra de mi hermano fue ma-pa, nació de la confusión primitiva de necesitar a mamá y a papá y no saber a quién llamar primero. Hoy lo recuerdo con ternura y sorpresa, incluso entonces, mi hermano me superaba en brillantez. De pronto sentimos que el mundo se abría a nuestros pies, trémulos y temerosos de seguir caminando. Las condiciones del clima no volvieron a ser favorables y el tiempo nos distanció tanto que desconocí al niño que dormía a lado mío.

Nuestras peleas eran colosales, imitábamos los juegos que veíamos en casa. Los gritos, los trastes rotos y los rasguños fueron nuestro intento por seguirle el ritmo a nuestros papás. La irritabilidad persistía y creímos que habíamos llegado a un punto de no retorno, había llegado el momento de elegir un bando y así fue. Yo me quedé con mi mamá y mi hermano dio media vuelta y se fue con su papá. La vida me quitó por segunda ocasión la figura paterna que tanto anhelaba y que tanto pudo disfrutar mi hermano, a quien culpé sin pensarlo de la desgracia que su papá había enterrado debajo de la casa.

Los años pasaron y nuestra relación se diluyó por completo, nos soportábamos cada vez menos. La adolescencia lo embistió como una bestia que busca refugiarse de la tormenta. Aprendimos a vivir en la misma casa que un dragón, hasta que la clemencia del tiempo nos trajo a esta ciudad de montañas. Mi madre pudo deshacerse de la piedra en la que se había convertido mi padrastro y con la mira puesta en una nube gris, convirtió una casa rentada en nuestro nuevo hogar.

Pero esta ciudad tiene mucho que ofrecer para las personas perdidas, así que mi hermano tuvo espacio de sobra para desdoblarse y reinventar las maneras de caminar. Su camino se llenó de termitas que lo seguían y lo perseguían hasta en sus sueños. Recuerdo el día que mi hermano me dijo: oye, creo que vi al diablo, me habló y me dijo que me mataría pronto. Sentí que mis piernas no soportarían el peso de mi cuerpo en ese momento, quise poder construir nuevamente un acuario para sumergirnos ambos como antes y explorar las aguas como dos ballenas en busca de una guarida para pasar la noche.

Quisiera saber qué haces por las noches, qué pensamientos invaden tu mente cuando el sueño se escapa por tu ventana. Ya no sonríes como antes, ya no pelas los colmillos como cuando éramos niños. Encontraste en esta ciudad una versión tuya que se siente como un nuevo hogar, pero ya no te envidio. Te cuido y procuro en tu fragilidad de adolescente. Te contemplo en silencio, con tu nuevo estilo, tus amigos y tus salidas a toquines en la mitad de la noche. Me pregunto en dónde duermes cuando no llegas a casa de mi mamá a dormir, quisiera que me enseñaras todos los lugares a los que has llamado hogar.

 

De pronto abrimos los ojos y nos encontramos de frente 

Hace dos años decidí salir de la guarida que mi madre instauró para nosotros, hace dos años dejé de ver a mi hermano todos los días. Los problemas entre mi madre y él se inmiscuían en mis almohadas. Recuerdo la noche en la que mi mamá y yo pasamos horas en una estación de policía esperando a que llevaran a mi hermano después de que lo sorprendieran tomando junto a sus amigos en un parque cerca a su preparatoria. Cuando por fin lo dejaron ir, mi mamá me regresó a mi departamento y mi hermano se quiso quedar conmigo. Quizás por el miedo al regaño al llegar a casa de mi mamá, quizás por la poca seguridad que le daba estar en mi casa. Cuando estuvimos ambos dentro, lo vi tan desbordado que dejé que explotará dentro.

Lloramos juntos, lloramos en silencio y con la luz apagada. Recordamos nuestra infancia, nuestro cuarto compartido que convertimos en guarida, abrimos las heridas que prometimos sanar y de nuevo pude sentir que nuestra frecuencia se avivó. Dos ballenas tomando un baño de lechuga y mirándose a los ojos. Eso fuimos por una noche. Nos permitimos inundar mi departamento con los traumas y los dolores que cargamos en el ombligo y por primera vez mi hermano me pidió un abrazo. ¿Me puedes abrazar? Deseé que mis brazos pudieran rodearlo por completo, contener su cuerpo de cetáceo y emprender un viaje juntos hacia una nueva ciudad.

 

Hermano, sé que cargas con el peso de una familia rota y que no disfrutas de los abrazos como yo, pero creo estar listo para aceptar que fuiste tú el que me enseñó a nadar. 

 

 


 

Donnovan Yerena. De Morelia, capital del estado de los pescadores. Estudiante de Letras Hispánicas fuera del agua. Formó parte de la segunda generación del Centro de Creación Literaria de la Casa del Libro de la UANL. Anteriormente obtuvo el primer lugar en el Certamen de Literatura Joven Universitaria UANL con un cuento sobre añoranza y té. En la actualidad, con eso sobrevive en la gran ciudad de las montañas. Certero creyente de que todas las historias son peces pero solo aquellas que se escriben, jamás serán pescados.

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