Iveth Luna Flores
Recuerdo haber leído hace muchos años un verso que decía “Navegar es preciso”, pero hoy no tengo claro de quién es. Lo busco en la web para dar con su autor y encuentro que es parte de un poema del poeta portugués Fernando Pessoa, a quien leí con ahínco en mis años universitarios. El poema dice: Navegantes antiguos tenían una frase gloriosa:/ «Navegar es preciso; vivir no es preciso.». Googleando un poco más, leo en el blog de Breo Tosar que en realidad esta frase es atribuida a Pompeyo:
Durante una crisis de escasez de trigo en Roma, el general Pompeyo fue encargado de asegurar el suministro desde regiones lejanas. Al enfrentar una gran tormenta, sus marineros se negaban a zarpar por temor a morir en el mar. Fue entonces cuando Pompeyo pronunció esta frase legendaria, subrayando que el deber —en este caso, abastecer a Roma— era más importante que la vida misma: “Navegar es necesario; vivir no es necesario”. Esto lo recoge Plutarco en su Vida de Pompeyo.
Fernando Pessoa retoma esta frase siglos después para hablarnos acerca del deseo de trascender más allá de la sobrevivencia: Quiero para mí el espíritu de esta frase,/ transformada la forma para casarla con lo que yo soy;/ vivir no es necesario; lo que es necesario es crear. Vino a mi cabeza el primer verso que mencioné al inicio porque he estado reflexionando acerca de nuestra supuesta libertad de navegar en internet. Esas aguas turbulentas y digitales en las que nos sumergimos día tras día, ahí donde intentamos remar con nuestra huella digital, deslizándola sobre videos de gatitos haciendo travesuras y videos de niños asesinados al otro lado del mundo.
Fui una niña que creció sin este tipo de tecnología, que con el tiempo vio ante sus ojos cómo las casas se llenaban de computadoras, y cómo cada vez más la vida que teníamos en las calles, que vivíamos en el espacio público, se trasladó a otra realidad que después encontramos en los cibercafés, en la pantalla luminosa frente a la que nos sentamos de madrugada para chatear a escondidas. En mi temprana adolescencia leí con curiosidad por primera vez las palabras navegar, internet, AOL (American Online). Me preguntaba cómo un disco podría llevarme a entrar a otro mundo, a algo parecido a una biblioteca enorme en donde estaría dispuesta para mí una cantidad inimaginable de información. Esa era la idea que tenía de “navegar en internet”. Eso y los ruiditos raros que se escuchaban por el teléfono cuando nos conectábamos. Ruiditos que parecían venir de otro planeta, o bien, de un aparato central que nos mandaba señales y ondas informáticas.
Navegar es preciso parecía la idea que nos transmitía la publicidad del nuevo mundo cibernético. Navegar es preciso si tienes que hacer un trabajo para la secundaria. Navegar es preciso si quieres escuchar gratis música nueva. Navegar es preciso si quieres hablar con alguien en una sala de chat para dejar de sentirte solo. Navegar es preciso si quieres ver pornografía a cualquier hora. Navegar es preciso si quieres vigilar a qué hora se conecta la persona que te gusta. Navegar es preciso se volvió una sugerencia, después una tendencia y finalmente, una orden. Hoy es una acción obligatoria que llevamos a cabo con fervor y muchas veces con desgana, muy a pesar de nuestro deseo, y en ocasiones en contra de nuestra propia salud mental.
No quiero sonar moralista o parecerme a la típica señora cascarrabias que despotrica en contra del presente y añora los viejos tiempos porque piensa que fueron mejores. Los tiempos siempre han sido complejos y han tenido sus aristas en cuestiones de entretenimiento y ocupaciones. En el pasado remamos en las calles, sí, sobre el pavimento, y encontramos otras formas de distraernos y pasar el mal trago del aburrimiento.
Hoy navegar en internet se parece más bien a dejarse arrastrar por la corriente de un algoritmo diseñado, aparentemente, para cubrir nuestras necesidades y carencias. Un algoritmo que nos muestra una frase motivacional vacía de complejidades o una serie de productos que nos harán olvidar la insatisfacción de la semana. Marcas de ropa, tenis, maquillaje, automóviles, celulares; publicidad de conciertos, partidos de fútbol o carreras de autos; anuncios de cafeterías, restaurantes de moda, bares en tendencia. Diferentes cosas que se presentan ante nuestros ojos como la isla a la que queremos llegar, la que nos salvará del naufragio existencial en el que nos perdemos cada día.
Leo el hartazgo y la hostilidad en los diferentes espacios cibernéticos en los que me muevo y me pregunto si de verdad navegar es preciso. Miro las arrugas en el rostro de mis amigas y amigos, su cansancio desmedido; noto la mirada evasiva de las personas que van en el metro, la continuidad de sus ojos puestos en las diferentes pantallas; me veo a mí misma mirando el celular, con los audífonos puestos, a punto de ser atropellada al cruzar una calle, y me pregunto de nuevo si en realidad, hoy, ahora, en este momento de la vida en que no podemos soltar este aparato que de un día para otro se volvió nuestro amante y carcelario, navegar es preciso. Nada tiene que ver lo que proponía Pessoa en su poema con esto de lo que les estoy hablando, pero me gusta tomar el verso y actualizarlo, contextualizarlo con nuestra época. No, yo no creo que navegar sea preciso. Pienso que hoy vivir es preciso. Lo necesario es vivir y mirar a los dos lados de la calle, lo preciso es volver a sostenernos la mirada, lo urgente es ver las hendiduras de las paredes, las alcantarillas sin tapa en donde nos podemos caer. Navegar no es preciso, preciso es detenernos y respirar. Preciso es descansar la mirada y tratar de volver a tomar el control de ella, que podamos decidir dónde queremos posarla, a quién y a qué le queremos dedicar un momento de nuestros sentidos. Navegar no es preciso, parar es preciso. Y así, quizá con algunas pausas y silencios, podamos levantar la mirada fresca y libre, de nuevo.
Iveth Luna Flores. (Nuevo León, 1988). Licenciada en Letras Mexicanas por la UANL. Es autora de los libros de poesía Comunidad terapéutica (Premio Nacional de Poesía Joven “Francisco Cervantes Vidal” 2016), Ya no tengo fuerza para ser civilizada (UANL, 2022) y Mis amigas están cansadas (Dharma Books, 2024); su obra ha aparecido en revistas como Este País, Punto de Partida y Periódico de Poesía (UNAM), Estudios (ITAM), Tierra Adentro, Armas y Letras, Letras Libres; y en diversas antologías nacionales e internacionales. Fue becaria del Centro de Escritores de Nuevo León y del programa Jóvenes Creadores del FONCA. Ganadora del taller de escritura creativa Punto Final, Laboratorio de terminación de obra, impartido por Juan Pablo Villalobos, convocado por Editorial Almadía. Actualmente es becaria del Sistema Nuevo León para el Impulso Artístico y la Creación, se dedica de tiempo completo a impartir talleres de poesía especializados en temas como la familia, la amistad, el hogar y la intimidad, además asesora proyectos en construcción y libros de manera personalizada.












