Mellick El Bizarro

Víctor Santana

 

La historia empieza con los Rabid Puppies, un grupúsculo alt-right que se quejaba de la creciente diversidad étnica y sexual en los Premios Hugo. En 2016, como protesta contra ese supuesto sesgo, se hicieron con los votos suficientes para nominar a Chuck Tingle, un autor desconocido, al Premio Hugo a Mejor Cuento.

El cuento en cuestión, “Space raptor butt invasion” (acéptese “Invasión anal del velociraptor del espacio” como traducción libre), es el relato en primera persona de Lance Tanner, un astronauta en un planeta que creía deshabitado. Pronto descubre la presencia de Orion, un velociraptor astronauta que lo acompaña en la soledad del espacio. Y si solos en la sierra algo se nos iba a ocurrir (Lemebel dixit), más en otro planeta, por lo que el acompañamiento culmina en una espectacular cópula gay interespecie e intergaláctica. Tingle no ganó el Hugo, pero recibió atención crítica amable y condescendiente que resaltaba su originalidad.

Una madrugada cibernética, la noticia de la nominación de Tingle fue mi descenso a la madriguera del conejo, y los algoritmos y las cookies tomaron nota. Bastaba entrar a Amazon a comprar bóxers o pilas AA para que apareciera la sugerencia de la Trilogía anal del velociraptor del espacio (Space Raptor Butt Trilogy) de Tingle, que inicia con el cuento nominado al Hugo. No hicieron falta muchas repeticiones del anuncio para que la echara a mi Carrito.

Cuando terminé de leer la Trilogía anal entendí que Tingle reserva su talento para títulos y premisas. Borré de mi Wish List sus libros que más me intrigaban: Cogido bisexualmente por estas superconfusas instrucciones de ensamblado de muebles. O sea, en serio, ¿cómo tiene esto sentido? Ay, Dios, no, creo que esta pieza está al revés (Bisexually Banged By These Super Confusing Self-Assembly Furniture Instructions. Like Seriously, How Does This Even Make Sense? Oh God No, I Think That Piece Is Backwards) y Cogido por el culo por mi propio culo (Pounded In The Butt By My Own Butt). Aunque no existen temas malos, sí malos escritores dispuestos a exotismos. El atrevimiento diletante de utilizar títulos que, sin nada que los respalde, gritan que son caminos no transitados. La Trilogía anal puede tener interés para los perseguidores de las guarradas que podrían decirse un humano y un velociraptor, pero como literatura es aburridísima.

Al algoritmo de Amazon esto no le importó, y convirtió a la plataforma en un terreno minado de premisas absurdas y literatura abyecta. Tardó semanas en retornar a la tranquilidad de los anuncios de Crocs y Kit Kats de matcha y té verde. De pronto volvían los anuncios de literatura explícitamente rara; adivino que el algoritmo razonaba que alguien capaz de comprar la Trilogía anal es capaz de cualquier cosa. Y se habría equivocado de no haber tenido el tino de encabezar la lista de Productos Destacados con La vagina encantada (The Haunted Vagina) de Carlton Mellick III. Di clic y leí la sinopsis que ahora parafraseo: Steve ama a su novia, Stacy, pero de su vagina encantada surgen sonidos que lo asustan. Luego de que salga un esqueleto de la vagina de Stacy, Steve decide entrar para explorar el universo que habita allí.

El argumento me interesaba, pero más las proporciones: ¿el esqueleto era de tamaño humano? ¿Steve se hacía pequeño para entrar a la vagina de Stacy? La lectura del libro resolvió esas dudas y me dio algo más: una novela profunda sobre el amor y la distancia. Con esto no quiero decir que The Haunted Vagina no sea cómica, pues es rabiosamente divertida, pero su gracia está en trascender su premisa sin traicionarla. En atención a los alérgicos a los spoilers, omitiré los giros argumentales que siguen a la entrada de Steve en la vagina de Stacy, baste decir que existen y dan a la novela corta un aire de parábola stevensoniana al ritmo de dibujos animados. Hice valoraciones de este tipo al terminar de leer la novela, todavía con el sobre de plástico de Amazon sobre las piernas. Ordené dos libros más de Mellick para verificar la alta estima que le tenía; no son escasos los escritores en la senda de “El burro flautista”, de Tomás de Iriarte.

Y busqué información sobre Mellick, de quien se resaltaba su adscripción a la  ficción bizarra, un subgénero que deambula entre el surrealismo, la fantasía, el absurdo, la ciencia ficción y la cultura pop. Lo que equivale a señalar el paso de Jorge Luis Borges por el ultraísmo o Lars von Trier por Dogma 95: impone un lente que amplía el contexto estético pero emborrona la excepcionalidad del artista. Su historia como alumno de Chuck Palahniuk también es engañosa, pero fértil para el jugueteo crítico.

A sus cuarenta y cinco años y veintiuno de carrera literaria, Carlton Mellick III es autor de sesenta y tres libros, mayoritariamente novelas cortas. La fotografía más conocida de Mellick lo captura con la cabeza rapada, patillas desbordantes, lentes de pasta, una mano sobre la barbilla, la mandíbula inferior salida y los ojos desorbitados. Una parodia del intelectual, pero no una parodia del intelectual desde la mirada ácida estadounidense que va de Washington Irving en “La leyenda del jinete sin cabeza” (“The Legend of Sleepy Hollow”) a Tom Wolfe en La Izquierda Exquisita (Radical Chic), sino desde un lugar más cercano y privado: la mueca infantil iconoclasta.

Los libros de Mellick son publicados en formato de bolsillo por la editorial bizarra Eraserhead Press. Invariablemente Ed Mironiuk ilustra las portadas con el título en letras gigantes y el protagonista centrado como modelo pin-up. Comparten a tal grado el gusto por el pop, la ternura y la post-psicodelia (hiperconsciente de la forma y despojada de la dimensión mística) que basta ver las portadas para suponer atinadamente coordenadas de los textos.

Al principio de su carrera, Mellick incluía breves prólogos con notas sobre la escritura frenética de sus libros. Atinadamente cambió los prólogos por epílogos en forma de cómic en los que se autorretrata. En El club de los arrumacos (Snuggle Club), el epílogo sirve para poner en cuestión el final de la novela corta: ¿es en realidad un final feliz o, más bien, una pesadilla traspasar un umbral secreto para habitar un mundo de cobijas?

He comprado los sesenta y tres libros de Mellick (triunfo absoluto del algoritmo), de los cuales he leído veinticinco. Infiero que La casa de arenas movedizas (Quicksand House) es su obra maestra. Los protagonistas de la novela, un hermano y una hermana, viven en el cuarto de una mansión alimentados por máquinas. Un día, las máquinas dejan de funcionar y el comportamiento de la hermana se vuelve errático. Obligados a aventurarse por la mansión, se ven envueltos en una trama claustrofóbica con una tecnomadre saturniana.

Releo el párrafo anterior y temo haber dejado fuera la dimensión humorística de la novela. Lo mismo cuando intento resumir Mujeres lobo guerreras del páramo (Warrior Wolf Women of the wWasteland): en un mundo donde el sexo convierte a las mujeres en lobas a las que se destierra, un grupo de lobas guerreras enfrenta a la ciudad de los hombres.

Propongo la novela corta Los ultracabrones (The Ultra Fuckers) como puerta de entrada a la obra de Mellick. No porque sea la mejor, sino porque es en la que la condición de alta cultura es más evidente. Su premisa: una pareja busca una fiesta en un suburbio infinito que revela ser una realidad simulada. Sería como una novela de César Aira si fueran buenas las novelas de César Aira.

Más que a Aira, Mellick se asemeja a Copi, la influencia más persistente en Aira. Es razonable suponer que Mellick no ha leído a Copi, a quien hoy no se lee lo suficiente, ni en Francia ni en Latinoamérica. Leer a Mellick es también el mejor antídoto a esa insensatez que es nominar a Aira al Premio Nobel.

De entre mis escritores vivos favoritos, Mellick es el más lejano al Nobel y cualquier otro galardón, pero también el más divertido y el menos convencional temáticamente. Juega contra su canonización su normalidad gramatical y sintáctica, sin embargo, ese es el vehículo obligado para sus tramas delirantes. Trece de sus libros han sido traducidos al italiano, tres al español y un puñado más al alemán, el checo, el polaco, el ruso y el turco. Su persistencia desde la edición auténticamente independiente está llamada a acrecentar su leyenda.

 


 

Víctor Santana. (Tijuana, 1982) es doctor en filología hispánica, autor de No es material para pistas de baile (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Centro Cultural Tijuana) y director editorial de Tierra Adentro.

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