Donnovan Yerena
cargo con una costumbre que me nació como un reflejo de infancia, me gusta robar uvas cada que voy al supermercado. es algo que aprendí a disfrutar y a perfeccionar con el transcurso de los años y mis idas al súper. no recuerdo cuándo fue la primera vez que lo hice, es como si hubiera nacido sabiendo hacerlo. no hay culpa de por medio, no pasa por mí un filtro ético o cívico, no pienso en las consecuencias. aprendí este hábito como se enseña un ternero a balar: a pulso tendido.
recuerdo caminar de la mano de mi abuela por los pasillos del tianguis que se ponía los martes frente a su casa, recorrer los puestos y contemplar las muecas ensombrecidas de rojo de azul de verde amarillo y naranja, resultado del sol filtrándose a través de las lonas que suspendían el aire. recuerdo pasar los dedos sobre los cerros de verduras, imitando a mi abuela, fingiendo saber qué buscar cuando se palpa el aguacate, pretendiendo entender que lo que se toca se magulla y se compra.
en las entrañas del tianguis había un puesto al que mi abuela siempre iba, al señor que atendía le llamaban el güero, era habitual verlo montado en un huacal, estirando su cuerpo entero en sus puntas, haciendo una chunde de sus manos, pásele jefecita, qué le doy, hay de todo, uste’ nomás diga y se lo pongo, pruébele pruébele, la fresa viene recién cosechada.
mi abuela escuchaba atenta, nombraba alguna fruta y al güero le crecía de entre las manos mientras decía: pruébele madrecita, es calidad como siempre, ¿cuánto le pongo?, como un conjuro, ese pequeño acto le aseguraba la venta. mi abuela tomaba y comía cada cosa que le ofrecía, yo contemplaba con asombro ese intercambio de bienes. un gesto que mantenía el equilibrio intacto, confiar en la bondad del otro.
robar frutas comenzó como un juego de imitación que se transformó en un mecanismo de incertidumbre, de nostalgia encorvada en el pecho. con el paso del tiempo y el desbastamiento de mi inocencia he robado fresas, guayabas, nanches, zarzamoras y demás frutas de dimensiones similares. pienso en el acto de ponerle precio al fruto de la tierra, cómo se mide el costo de una mandarina o de un coco. pienso en robar frutas constantemente, me emociona saberme capaz de hacerlo.
cuando era aún más pequeño, antes de que la tierra reclamara a mi abuelo, solía cargarme a papuchi por la calle, enredaba sus brazos en mis piernas, me aseguraba a él. recorríamos avenida cosmos, topamos con calle del sol y en la primera siempre a la derecha, sobre calle nebulosas estaba la casa guayaba, un terreno abandonado del que sobrevolaba un guayabo que excedía los límites de la banqueta, formando una nube esmeralda sobre nosotros. de mi abuelo aprendí a estirar la mano hacia el cielo y a sostener las guayabas con fuerza, me enseñó el delicado movimiento que hace la muñeca cuando arranca algo de tajo, a buscar alimento como en los inicios.
llegar a monterrey supuso en mí un duelo del que no me puedo recuperar. recuerdo la primera vez que entré a un h-e-b, la inmensidad contenida en cuatro paredes y un sinfín de pasillos. el departamento de frutas y verduras de h-e-b me deprime, me suprime, hace que quiera huir de vuelta a cosmos, a encontrar a mi abuelo y volver a montar su espalda. quiero no tener que pagar el precio de vivir, mirar a mi abuela una vez más como se contemplan las montañas, admirar la inmensidad cuando eres niño es algo que se nos desprende a gajos conforme crecemos.
pienso tanto en la fruta que excede mi presupuesto, en las charolas que se resguardan en los refrigeradores industriales, pienso en cómo los cuidados cambian cuando la fruta es más cara, la seguridad, nuestro acceso a ella. aún recuerdo mirar los precios con cara de gato enmarañado, recuerdo cuando las miré ahí tan quietas, tan ostentosas: cotton candy grapes.
pienso en cómo un horticultor en california decidió modificar una uva concord y obtener licencias y permisos y estudios y ensayos hasta lograr comercializarla. cómo se piensa en hacer algo así, en cambiar algo que ya está bien hecho. me paso la lengua entre los dientes mientras pienso en cuánto quisiera inventar una fruta.
me frustro. pero sigo robando uvas cada que voy y las veo en ese precio tan ridículo que me llena de coraje y lo hago con enojo y me la meto a la boca y la arrincono entre mis muelas, la amenazo con una mordida que la revienta y me llena la boca con sabor a algodón de azúcar mientras pienso cómo alguien tiene el poder de hacer eso, de transmutar la fruta. convertirla en algo más. algo que ya no es. algo que puede comprarse, que debe robarse.
Donnovan Yerena. De Morelia, capital del estado de los pescadores. Estudiante de Letras Hispánicas fuera del agua. Formó parte de la segunda generación del Centro de Creación Literaria de la Casa del Libro de la UANL. Anteriormente obtuvo el primer lugar en el Certamen de Literatura Joven Universitaria UANL con un cuento sobre añoranza y té. En la actualidad, con eso sobrevive en la gran ciudad de las montañas. Certero creyente de que todas las historias son peces pero solo aquellas que se escriben, jamás serán pescados.



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