Mala resina [Selección]

Paul Medrano

 

Este libro resulto ganador del Premio Nacional de Cuento José Alvarado 2024

 

Adentro tuyo [fragmento]

 

[…]

Como los kilos de papel en blanco que vendía en la papelería.

Ahí donde conocí a Leticia.

Ahí donde se presentó tras un anuncio que puse en el periódico solicitando un empleado. Llegó al día siguiente. Lo primero que le vi, debo confesarlo, fueron sus tetas bajo la blusa. Después le vi sus ojos amielados. Resultó que, además de ser una empleada más que cumplida, Leticia sabía de contabilidad y en ese tiempo mi contabilidad era un desastre. Corrían tiempos en que las papelerías podían ser autónomas. Los grandes monopolios trasnacionales aún eran embriones. Mi negocio sobrevivía gracias a un convenio con algunas escuelas para surtirles guías, libros escolares y hasta uniformes. Un escuálido anaquel con novedades editoriales le daba cierto prestigio a mi negocio. “Hasta hay libros”, decían los clientes.

Reconozco que con la llegada de Leticia, mi negocio y nuestra relación, lograron salir vivos de la transición digital. Mi experiencia y sus habilidades e ingenio con los negocios consiguieron que nos mantuviéramos a pesar de la llegada de las grandes cadenas papeleras que acapararon el mercado y asfixiaron a la competencia. Ahora que lo pienso, el abandono de Leticia fue un triunfo más para los malditos monopolios. Al final me vencieron con la complicidad de ella, pues su galán era empleado de esos gigantes. 

A los dos meses de entrar a trabajar, comenzamos nuestro idilio. Esa tarde, había ido por mercancía y entré al local sin avisar por la parte de atrás. Unos anaqueles ocultaban mi presencia. Al asomarme por el mostrador, la miré sentada junto a la caja, entretenida con pornografía en su celular. Una erección me tomó por asalto. Me acerqué sin que lo notara y la abracé por la espalda. Se volteó con expresión de susto, pero también de calentura. Metí mi mano debajo de la blusa hasta sus tetas. Cerré la tienda y cogimos como poseídos.

Llevaba varios años de soltero, pues a muy pocas mujeres les llama la atención el dueño de una papelería. Hay muchos oficios que tienen un halo de hombría y que suelen atraer a las hembras. Tiene más éxito un carnicero, un taxista o hasta un vaquero. No era ml caso. A la papelería se va con el mismo entusiasmo con el que se llega a la ventanilla a saldar el predial. No hay nada de erótico pagar por utensilios tan inocuos como un lápiz o un borrador. De ahí mi poca suerte con las mujeres. Con Leticia todo fue distinto. No solo se emocionó con el negocio, sino que me dio sugerencias para hacerlo crecer y darle vida cuando llegó la era digital a Cuernavaca. Una de las primeras cosas fue encender un radiecito con música a volumen bajo. “No me gusta el silencio” justificó. A mí me pareció divertido. A veces, sintonizaba una estación de música popular y nos poníamos a bailar una cumbia que sonó mucho en ese tiempo. El estribillo decía: “Algo va a quedar adentro tuyo siempre/ algo que yo te dejé alguna vez”. Eso me dio la idea de hacer las pulseras metálicas. Pensé todas las maneras para matarla. Conseguir una pistola o un cuchillo iba a ser difícil. Además, con la primera opción corría el riesgo de caer en manos de la delincuencia, por aquello de matar sin su permiso. Por otro lado, hacerme de un cuchillo iba a ser demasiado sospechoso para ella. Ni modo que le dijera que iba a rebanar fruta. Si a eso le agrego el sangrerío que dejan las heridas con arma blanca. No eran las mejores opciones. Aventarla desde el tercer piso ponía en riesgo mi libertad ya que podría ser capturado al bajar de la habitación. Golpearla hasta morir sería escandaloso y me dejaría a merced de los vecinos y de los empleados del hotel. Necesitaba un asesinato silencioso. Finalmente, decidí asfixiarla y dejar su cuerpo en la habitación sin ningún documento de identificación. Huiría del hotel y para cuando descubrieran el cadáver, yo ya estaría lejos de ahí. La segunda parte del plan era cerrar la papelería e irme a la huasteca a perderme por unos años. En caso de que se me considerasen sospechoso, jamás darían conmigo. La vida, tan abstracta durante la mayor parte de la existencia, suele volverse cristalina cuando estás frente a una encrucijada. Un lío, además de sacarte de la monotonía, te permite discernir cualquier complejidad con la sencillez con la que llenas un vaso de agua. Así pasó conmigo. Decidí que si Leticia no sería mía, no sería de nadie. Elegí matarla el penúltimo día de nuestra estancia en Acapulco. Después de todo, la reservación ya estaba pagada en efectivo y con un nombre falso. De ahí a que lograran saber quién era esa mujer asfixiada, yo estaría escondido en lo más profundo de la huasteca. Nadie iría hasta allá. Ese día fuimos a la Quebrada que me pareció un orinal enorme. Apestaba a borracheras añejas y a basura destilada. Presenciamos dos clavados y luego caminamos por una calle empinada hasta llegar al zócalo. Había mucha gente. Vi a una familia que miraba todo aquello con admiración, el hombre apestaba a mezcal. Nos metimos a una marisquería más o menos famosa, donde comimos platillos con nombres hilarantes: Caldo rompe catres, Jugo de erizo y Leche de tigre. Todo lo acompañamos con varias cervezas, mientras en una esquina del lugar, un hombre detrás de un teclado tocaba algo que decía: “te lavaste la cara y el mono, no/ te lavaste la cara y el mono, no”. Antes de irnos al hotel, pasé a una tienda y compré unas caribes. Aproveché ese momento para comprar una bolsa grande para basura, la cual doblé hasta lograr un pequeño rectángulo que guardé en el bolsillo de mi bermuda. La idea era asfixiarla dormida con una almohada dentro de la bolsa. 

Llegamos al hotel y cogimos con un furor que rayaba en la locura. Me chupó el pito con una ansiedad que interpreté como despedida de este mundo. Tal y como lo haría un condenado a muerte. Aquello tenía lógica para mí. Era su última cogida. “Así, cómetela toda, mami”, le decía, con la mirada turbada por ese huracán de placer que me nacía de la entrepierna. Le tomé el pelo, lo enredé tres veces en mi palma y empujé su nuca contra mí. Con las tetas me frotaba los tanates y por un momento pensé que esa sería una manera más placentera de asfixiarla. Pero no. Luego de agarrar aire, me tocó chuparla. Lo hice con tal vehemencia, que aún puedo paladear el sabor de su coño. Quedó tan caliente, que me exigió penetrarla con fiereza. Así lo hice. Entré como un vendaval, húmedo y brusco. Ella me abrazó con una fuerza, que por un momento estuve a punto de desechar la idea de matarla. Pero casi de inmediato murmuró:

Así, mírame. Para que nunca me olvides, Jacinto.

Eso me hizo enfurecer, pues me recordó que yo estaba ahí para despedirla, no para retenerla. Del coraje arremetí con más fuerza hasta venirme de forma compulsiva, mientras ella gritaba:

Adentro, papi, adentro.

Adentro tuyo… le dije.

Enseguida nos quedamos recostados en la cama.

Nuestra respiración casi iba al mismo ritmo. A lo lejos, solo se escuchaba el ruido de los autos sobre la Costera y la música de algunos antros. Ahora lo único que necesitaba era esperar a que se durmiera. Luego de un baño rápido, le dije que iba a la tienda. Cerré la puerta y salí.

Llevaba los nervios a tope y la boca reseca por la adrenalina. Al llegar a un supercito, pedí cuatro caribes. La primera me la tomé a grandes tragos mientras estaba en la fila. En la caminata por la Costera de regreso al hotel, me tomé otras dos. Sentí la brisa marina en la cara e intenté medir el tamaño del acto que iba a cometer. Era la noche de mi vida. Si no es mía, no será de nadie, me repetí al llegar al lobby.

Había tardado unos veinte minutos, tal vez más. Sentí que habían sido suficientes para templar mis nervios. Subí al cuarto y abrí la puerta. Al entrar, vi que la televisión estaba prendida en un canal de noticias en inglés. La tele era señal inequívoca de que Leticia la había encendido para dormirse, pues solía conciliar el sueño con noticias, pero en español.

Miré hacia la cama y la vi acostada bajo las sábanas dándome la espalda. Me pareció más grande de lo que era. Un repaso fugaz de su presencia en mi vida me hizo ver que, en efecto, siempre había sido muy grande para mí. Por eso la había perdido. Cuando me recosté, no se movió, lo cual confirmaba mis sospechas de un sueño profundo. Saqué la bolsa de basura y metí la almohada. En un movimiento rápido me le fui encima y oprimí fuertemente contra su cara. Se sacudió mientras se defendía entre gritos ahogados. Apreté con fuerza y sentí cómo pataleaba. En eso encendieron la luz y un güero del tamaño de un refrigerador salió del baño. Cuando quité la almohada, vi con horror que no era Leticia, sino una gorda de mejillas bronceadas que me miraba con cara de pánico mientras gruñía palabras inentendibles. Quise reaccionar, pero el güero me fulminó con un golpe en la cabeza.

Desperté en la cárcel de Acapulco y llevo aquí casi tres años. Fui acusado de allanar la habitación de dos jubilados alemanes, de intento de asalto y homicidio en grado de tentativa. Como el caso tomó relevancia internacional, un abogado dc oficio, presionado por el gobierno mexicano, se encargó de hundirme penalmente para no empañar las relaciones diplomáticas con la Unión Europea. Eso me lo contó un segundo abogado enviado por Leticia, quien me aclaró que ella aún tenía abierta la papelería, supongo, con su nueva pareja. El abogado juró que haría todo lo posible por reducir la condena, me hizo firmar unos papeles y nunca regresó. Esa última vez me trajo una carta de Leticia. Dentro del sobre, entre los dobleces de una hoja en blanco, venía la pulsera metálica grabada en Tepoztlán y unas películas porno.

 

 

 


Paul Medrano

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