Indocumentados involuntarios

Sylvia Aguilar Zéleny

 

Desde hace siete años soy profesora en El Paso, Texas. Más de la mitad de mis alumnes vive en Ciudad Juárez. Es decir, pasan más de una hora en el puente fronterizo “solo” para tomar clases. Algunes hablan inglés casi perfecto, otres no tanto pero se hacen entender. Hay quienes han nacido en Estados Unidos pero siempre han vivido en Juárez, hay quienes viven unos días aquí, con parientes, y otros días allá. Hay con Green Card o visas estudiantiles. 

Lo cierto es que mis alumnes son jóvenes que no han experimentado ni la cuarta parte de su vida y, sin embargo, han vivido desde siempre en torno a dos países y dos idiomas. 

Esta experiencia binacional que escinde sus vidas de un modo u otro, se ha vuelto no solo tema, sino razón para volcarse en la escritura. 

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En su memoria La distancia entre nosotros, Reyna Grande nos relata lo que fue para ella y sus hermanes, Mago y Carlos, vivir entre dos países. La vida en uno, el anhelo del otro. O al revés. Grande crece en Iguala, Guerrero, sin la presencia de sus padres porque el sueño de su papá era construir una casa, el de la mamá tener dinero. La única manera de materializar esto era dejar a sus hijes y trabajar en el Otro Lado. 

Compuesta de dos libros construidos en capítulos breves, esta memoria se ilustra además con viejas fotografías familiares. La Reyna adulta recrea escenas y conversaciones de esa vida sin sus padres antes de vivir en Estados Unidos y de la vida con ellos una vez allá. La autora se convierte así misma en una narradora omnisciente cuya voz nos adentra en esa sucesión de eventos relacionados con la migración de su familia. 

 

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Quien decide dejar un país, anhela una mejor vida. Los testimonios y la ficción nos han  enseñado que, con demasiada frecuencia, ese anhelo tiene la forma de una casa: una casa bonita, cómoda. Una casa propia. 

Una casa para heredar. 

 

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Primero se va el padre, de ahí que él sea más bien un fantasma para Reyna y Carlos, les hijes menores. Lo único que tienen de él es una foto, “el hombre tras el vidrio” lo llama Reyna. Cuatro años después, se va la madre quien es para todes, una figura más bien volátil. Sus hijes le ruegan que no se vaya, no quieren también perderla, pero ella les responde que tiene que ayudarle a su padre “a ganar dinero para la casa que él quiere”. Reyna descubre algo que se volverá un eje en su vida: nadie comparte el sueño de una casa. 

Dice Mary Karr que para decidir si se está listo para hacer una memoria, hay que escribir primero el momento más difícil. Que tu madre se vaya luego de años de no ver a tu padre es, seguramente, uno de los momentos más difíciles en la vida de cualquiera. La autora parte de ello para compartir las experiencias que muches hijes de migrantes han tenido que enfrentar: el abandono. 

Grande apela con frecuencia a las estrategias y caracterización de los cuentos infantiles que elevan las experiencias de les niñes a lo que conocemos como el camino del héroe.

 

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En El Paso, Texas, les niñes que nacieron en Estados Unidos pero viven en México, inician su diario tránsito desde la primaria en las fronteras entre ambos países. Viajan soles o con hermanes y vecines. Salen de casa, toman un camión, o son llevades al puente de Santa Fe; luego cruzan a pie –sin adultes que les acompañen— el largo puente, esperan su turno en la garita para mostrar sus papeles –y demostrar su derecho a entrar a Estados Unidos—, y después toman otro camión para llegar a la escuela. 

Fue a través de mi hijo que descubrí ese diario transitar de niñes y jóvenes entre Ciudad Juárez y El Paso. Me lo contó como quien narra una gran aventura. Su ingenuidad contrastando mi conmoción. Se trataba después de todo de niñes acuerpando experiencias adultas. 

 

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Reyna y sus hermanes son enviades a vivir con la Abuela Evila, madre de su papá. Y aunque prefieren a la otra Abuela, esta decisión la tomó el papá porque, aún a la distancia, es el padre quien tiene el mando. Antes de irse, la madre de Reyna deja a Mago, la hermana mayor de apenas ocho años, una gran tarea:

My mother had asked Mago to be our little mother and she and my father would have been proud to see how bravely their older daughter had taken on that role. Sometimes she took it a little too far for my taste, but Mago was there when my father and my mother were not.

La hermana mayor es la responsable de la manada. El hermano de en medio se vuelve un poco el mediador, y es que la menor, con su carácter rebelde,  los mete en problemas a todes con frecuencia. Es ella, por ejemplo, quien levanta una piedra y se dispone a lanzarla, cuando la esposa del panadero dice: “Míralas, pobrecitas huerfanitas”. Una cosa es que los padres los hayan dejado atrás, y otra muy distinta es permitirse ser vista como huérfana. 

Cada hermane cumple un rol en la familia y, por tanto, en la narrativa. Grande pareciera recurrir a los estereotipos —la hermana buena vs. la hermana rebelde, por ejemplo— no solo para señalar las diferentes personalidades, sino recordarnos que estos son sus recursos para sobrevivir la ausencia de los padres y el abuso de la abuela quien, por cierto, tiene cierto parecido con cualquier bruja o madrastra salida de la pluma de los Hermanos Grimm. 

Evila —no sé si sea el nombre real o bien, una manera de recrear el carácter evil/diabólico de la abuela— es una mujer fría y dura, no tiene compasión o empatía por sus nietes, no los alimenta bien, no les entrega los regalos de sus padres, les rechaza y constantemente abusa verbalmente de elles. Además, favorece en todo sentido a su otra nieta, también a su cuidado tras la partida de su madre al Otro Lado. Élida es la favorita y lo sabe, Grande la convierte pronto en antagonista:

“Your mother is not coming back for you,” Élida said to us one afternoon while lying in the sun to let her hair dry after Abuela Evila’s lemon treatment. Mago and I were scrubbing our dirty clothes on the washing stone. “Now that she’s got a job and is making dollars, she won’t want to come back, believe me. 

La Reyna adulta nos muestra detalles de violencia normalizada para enfatizar la soledad y el desasosiego que como niña recreando estas prácticas de envidia y maldad de Élida y de la Abuela Evila, y de autocuidado y valentía de les hermanes para recrudecer una realidad de por sí dura.  De esta manera, la protagonista, junto con les hermanes, alcanzan así un grado de heroísmo. Es la constante lucha del bien contra el mal.

La voz narrativa no hace juicios, simplemente presenta hechos. No hay una reflexión sobre cómo la que fue la hizo quien es. No hay acotaciones al presente. El peso de la palabra y el cuestionamiento a los padres en la voz, acciones y reacciones está en manos de la Reyna niña. Es en sus diálogos con sus hermanes, en sus discusiones con la madre, y en su día a día, es como descubrimos que la pequeña, lejos de victimizarse pelea por estabilidad, se rehúsa a admitir su abandono. Cuando el dinero llega y ve que su casa comienza a construirse, la Reyna niña sabe que su felicidad no está en el concreto y las varillas, sino en la posibilidad del regreso de sus padres. Una casa con baño interior no sustituye el sueño de estar de nuevo juntos.

Reyna Grande noveliza su vida, se vuelve personaje, desarrolla tramas y subtramas mostrándonos el efecto del tiempo-espacio: la vida en México en contraste con la vida en Estados Unidos. Si bien, como ya dije, la autora apela al lenguaje y los dilemas entre héroes y villano, es esta poética lo que le otorga a ella y a sus hermanes, agencia. Y es que terminan siendo sus propios padres: se cuidan, se escuchan, se ayudan y cargan juntes su abandono. 

 

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Son los años ochenta, la migración que relata Reyna Grande responde a la crisis económica de México. Las familias se separaban para vivir mejor.  

Una migración distinta a la de los últimos años. 

Ahora, padres y madres, o menores, en ocasiones completamente soles, cruzan a Estados Unidos para escapar de la narcoviolencia.

 

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Para que una trama exista, dice John Gardner, se requiere que alguien quiera algo y que, además, desarrolle las habilidades para lograrlo. Grande lo sabe, de ahí que para darle verosimilitud y veracidad a su relato, nos muestre que fueron las vicisitudes, el descuido de la madre —que regresa para luego volverse a ir— lo que hace de les niñes personajes fuertes y capaces de decir lo que quieren. 

Y lo que quieren es irse a Estados Unidos. 

Un día, el papá regresa, pero no a continuar la construcción de su casa como todes creen, sino a llevarse a Mago. Lo que él no imagina es que les pequeñes que dejó atrás son ahora un frente unido, o van todes o no va ningune. Les niñes de las primeras páginas desaparecen. Si fueron los héroes de su vida en Iguala, han de volverse héroes de nuevo primero para cruzar y luego para sobrevivir en Estados Unidos. ¿Sobrevivir al país? Sí, pero también a sus padres.

 

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En Dreamers: La lucha de una generación por su sueño americano, Eileen Truax plantea que entre once y doce millones de indocumentades viven en los Estados Unidos. Estes migrantes son los cimientos de la economía en el país. Truax relata cómo muches comenzaron a llegar hace 15 o 20 años; algunes solo iban y venían, trabajando por temporadas; otres se asentaron desde el inicio. De once o doce millones de indocumentados, al menos seis provienen de México. Me gustaría saber cuántos decidieron cruzar por sí mismos y para cuántos la travesía fue algo que se decidió por ellos. 

Me aventuro a pensar que no entendían del todo por qué había que viajar de noche y en silencio en un camión, o caminar miles de kilómetros en un campo abierto, o  desierto, por qué remar por un río y correr veloces una vez en la orilla. Pero también pienso que al arrancarles de su “normalidad”, les niñes entienden que esto no es un juego. Así aprenden pronto la importancia de volverse invisibles, saben que se juegan el todo por el todo día tras día. Les niñes que lograron cruzar y quedarse en Estados Unidos, se convirtieron en lo que Eileen Truax llama indocumentados involuntarios. 

 

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También Marcelo Hernández Castillo se convirtió en un indocumentado involuntario. Cuando sus padres decidieron cruzarlos a él y a sus hermanes para vivir y trabajar en Estados Unidos su vida tomó otras dimensiones. En su memoria Children of the Land, Hernández Castillo relata lo que significó dejar un hogar, un pueblo, un país y un idioma al acompañar a sus padres en el sueño de, también, juntar suficiente dinero para volver y construir una casa. 

Una casa propia. Una casa para heredar. 

 

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“Todos los migrantes compatriotas de mis padres, se murieron de viejitos sin cumplir su sueño de volver a su país y terminar de construir su casa”, me cuenta una amiga. 

Sueños en obra negra, podría llamarlos.

 

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En The Situation and The Story, Vivian Gornick dice que el memorialista, igual que el poeta y el novelista, debe comprometerse con el mundo, “porque el compromiso fragua la experiencia, la experiencia fragua la sabiduría y a la postre la sabiduría, o más bien la aspiración a la sabiduría, es lo que cuenta”. El compromiso tanto de Grande como de Hernández Castillo está en recrear sus experiencias lo más honestamente posible y expresar el efecto de la migración en sus vidas. 

Grande lo hace con una versión novelada de su vida, cronológicamente y rescatando diálogos de sus protagonistas. Hernández Castillo, en cambio, no hace un recuento cronológico, el autor utiliza una estructura que va y viene entre presente y pasado y que desde la situación, que es como llama Gornick a los eventos narrados, se adentra en la historia, es decir, la manera en que quien narra encarna lo vivido. Acá no están las voces de les hermanes, hay pocos diálogos con o de los padres. 

El peso de la narración lo carga el autor.

Children of the Land es una composición más orgánica, hila temas y experiencias en un tejido que nos muestra situación e historia y, en ello, las contradicciones propias y de sus padres. Y es que la familia viaja a Estados Unidos con todos sus hijes, se muere une de elles y se regresan a México como una ruta del duelo justo en 1986, cuando hubieran tenido posibilidad de nacionalizarse. Un par de años después, vuelven a Estados Unidos a, de nuevo, trabajar para poder construir su casa en México.

Aunque se trata de dos memorias sobre migración, les autores toman rutas distintas para realizar este registro de sus vidas. Mientras Reyna Grande le deja a la Reyna niña la tarea de juzgar las decisiones que sus padres tomaron por ella y sus hermanes, Marcelo no teme en compartir el efecto de ello desde su mirada adulta, más aún constantemente reflexiona sobre cómo esa escisión le atraviesa:

When I came undocumented to the U.S:, I crossed into a threshold of invisibility. Every act of living became an act of trying to remain visible. I was negotiating a simultaneous absence and presence that was begun by the act of my displacement: I am trying to dissect the moment of my erasure.

 

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Borramiento. La palabra clave es borramiento.

Los migrantes son borrados en ambos países, emocional y económicamente, por decisión propia o del sistema pero borrados.

Se escribe para recuperar lo borrado.

 

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Aunque el título sea Children of the Land y que, en efecto, se narren entre otras cosas cómo era la infancia en México en contraposición con la infancia y adolescencia en Estados Unidos, en esta memoria no hay niñes. Marcelo y sus hermanes, como Reyna y les suyes, son obligados a moverse por el mundo con la cautela y la nostalgia de les adultes:

I felt like neither the U.S: nor Mexico wanted me and that I was between two opposing magnets (…) I didn’t want to find a home. What I wanted was an origin which was different than home, to look and see if that origin had a shape, or if I could give it one. If I was not welcome in the country of my birth, I would be okay. I was used to that feeling. What I could not withstand was never finding that from which everything of me came from.

 

He dicho ya que la memoria de Hernández Castillo no sigue un orden cronológico, sin embargo considero importante decir que en cierta medida lo hay. Lo que ocurre es que el autor apela a la estructura de una trenza, como llama Lidia Yuknavitch al manejo de varios hilos en una historia. El libro se divide en movimientos y, como una ópera, estos se intersectan. 

El autor mira, narra, revive infancia y adolescencia pero siempre desde la voz del Marcelo adulto, con las dudas de cada momento o movimiento conjugándose con el Marcelo adulto y escritor que no olvida que esta no solo es una narración sobre la aventura que ha sido su vida, sino también una aventura con el lenguaje. El autor apela a símbolos, abstracciones, metáforas, símiles, sueños, fragmentos de poemas (propios y de otros autores) para su composición.

El inicio, de nuevo, se establece en lo que seguramente es una de las experiencias más terribles en la vida de una familia de migrantes:

It was a Sunday afternoon when I heard a knock on the door. The TV was on and the low sun had that familiar warmth particular to Sundays, blinding half of the screen through a crack in the curtains. My little brothers and I looked so still in our reflections. No one was really watching. Amá was in her room resting her feet, preparing to tire them again the next day.

And again, the knock, louder.

I opened the door and a man held it open, thee words ICE stitched onto his vest in bright gold letters.

“We’re looking for Marcelo Hernández”, he said, and before I could say anything he walked in past me, followed by three others.

ICE no lo busca a él, sino a su padre. La búsqueda del padre, que es tema de tantas novelas y memorias, se vuelve aquí, un acto político. 

Hernández Castillo narra con enorme sensibilidad el momento que todo migrante teme, porque es aquí cuando se les recuerda que no importa el tipo de comodidad que han alcanzado, ni qué tan lejos o cerca estén de la frontera: ellos simplemente nunca están a salvo.

 

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Si los sueños de los padres se quedan en obra negra, los sueños de sus hijes se materializan desde el yo de su involuntaria migración. 

 

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Marcelo Hernández Castillo comparte la serie de delitos que tiene que cometer para sostenerse como hacer o comprar identificaciones falsas por ejemplo, pues parte de la conciencia de que está en un país que no lo reconoce y en el que no tiene, aún, una narrativa:

I was always jealous of friends who were second —or third— generation immigrants because they could share their past with others. They all had vivid stories to tell about how their grandparents came and stayed to make a new life for themselves. And how their parents grew up speaking English and had American jobs like working at McDonald’s, or a carwash.

 

Es en la edad adulta que Hernández Castillo, a través de su esposa, que logra la residencia, no sin la ansiedad que el proceso implica por todas las preguntas que van a hacerle y todas las que tiene que contestarse a sí mismo antes, por ejemplo que es bisexual y que es incapaz de saber si amará a su esposa para siempre. Su discurso se vuelve un monólogo interno cuyo motor es su inseguridad y ansiedad.

Bajo su nueva legalidad, Marcelo busca el reingreso de su padre al país y así aprendemos cómo el sistema migratorio es tanto o más fallido que el sistema para cruzar ilegalmente. ¿Qué diferencia hay entre la humillación y maltrato de un agente de migración y la de un coyote?, nos pregunta el autor. No solo eso, sino que el precio —económico y humano— es prácticamente el mismo. Hernández Castillo comprende entonces que “no hay prácticamente ningún metro cuadrado en la tierra que no esté afectada, de un modo u otro, por las fronteras, ni siquiera los océanos”.

Children of the Land y La distancia entre nosotros nos hacen espectadores de la desesperanza de aquelles que han tenido que quedarse en Estados Unidos porque el país de nacimiento es tan lejano e irreconocible que solo se puede volver a él a través de la escritura.

 

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A veces pienso que tenemos demasiada fe depositada en la escritura. Nada se sana, después de escribir voluntariamente aquello que marca la vida entera. Y sin embargo, no se puede dejar de hacer. Digamos que si el sueño de los padres es tener los medios para construir una casa, allá, donde sea que sea allá, para sus hijos, la tarea se volvió escribirla para ya no habitarla.

 


 

Sylvia Aguilar Zéleny. Licenciada en Letras por la Universidad de Sonora. Maestra en Estudios Humanísticos por el Tec de Monterrey y Maestra en Escritura Creativa por la Universidad de Texas. Es Directora del Programa de Escritura Creativa en Línea de esta universidad donde da clases de narrativa y de literatura escrita por mujeres a nivel licenciatura y posgrado. A la par, coordina CasaOctavia, una residencia para escritoras en El Paso, Texas. Sus libros más recientes son Basura (Tránsito, 2022 y Nitro-Press, 2018) y El Libro de Aisha ( Penguin Random House 2021 y Enjambre Literario, 2018). Su novela The Everything I Have Lost (Cinco Puntos Press) se lanza a principios del 2020.

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