El refugio

Gabriela Damián Miravete

 

La lectura fue para mí, de niña, el refugio, ese lugar común. Mientras leía, estaba a salvo de la inmovilidad producida por el asma, escapando de las tareas domésticas con el buen pretexto de estar estudiando o ausentándome del tedio de las conversaciones adultas durante la hora de la comida. Todo era, en fin, comodidad: desde mi postura corporal (echada sobre la cama, mis piernas balanceándose en lo alto) y los lugares que visitaba (mansiones encantadas, suntuosos palacios o barrios pulcros que podían recorrerse en bici), hasta las ideas que, de la página, pasaban a sentirse cómodas en mi cabecita: las niñas bonitas son rubias, los hogares tienen jardines, los héroes de las historias son los hombres como los escritores que los inventan.

Ese refugio, sin embargo, nunca fue un lugar seguro. Lo supe cuando me fui percatando de que tenía un cuerpo, un cuerpo que no se correspondía con el de las ideas cómodas de mis lecturas. Yo no era rubia, no vivía en una casa con jardín y era una muchachita, lo opuesto de Sherlock Homes o de Alejandro Dumas. En Vivir una vida feminista, Sarah Ahmed dice que el feminismo comienza “con un cuerpo, un cuerpo en contacto con un mundo, un cuerpo que no está cómodo en un mundo; un cuerpo que se mueve y remueve con inquietud. Algo no está bien”. El placer fue cediendo ante la incredulidad y no hay nada peor para quien ama leer que tener que romper el pacto lector, la suspensión de la credibilidad. 

Quizá por eso, de adolescente, abracé con fervor las historias de imaginación fantástica. Los cuentos de terror, de fantasía o de ciencia ficción confirmaban que algo no está bien con el mundo y, a veces, dejaban ver que bien podríamos inventarnos otro mucho mejor. El placer de leer se renovó cuando percibí en las páginas el eco de la sensación de que hay algo oculto, monstruoso e indecible tras la cortina, de que la realidad tiene grietas por las que se puede escapar, y descubrí el consuelo de que una vida pacífica podría ser posible en otro lugar , donde el cielo, las pieles, las ideas, fueran de distintos colores. Pero estos refugios tampoco eran lugares seguros para una lectora como yo.

Encontré que incluso la clase de literatura que me era más hospitalaria, que me dejaba habitarla y crecer dentro de ella, también me acababa echando de sus páginas. Mi corazón se rompió un par de veces cuando, mientras leía obras escritas con formas innovadoras e ideas vanguardistas, imaginativas, de repente me daban el equivalente cognoscitivo a un puñetazo en la cara: algún personaje amado decía sin pestañear que “las mujeres no eran de fiar”, alguna mujer era juzgada por ser gorda o fea o incluso estudiosa mientras que otra era premiada por ser delgada y bella y parecer dispuesta al sexo, pero castigada de alguna manera si era consecuente con sus deseos. La mayoría se quedaba en tierra mientras los otros viajaban al espacio o bien, morían para darles un pretexto a los demás para ser héroes y sobrevivir y contar la historia de lo buenos que fueron. “¿Qué sucede con la definición que una tiene de los criterios estéticos […] cuando una se enfrenta a una literatura que no contiene al yo, sino que lo agrede?”, se pregunta Judith Fetherley, y yo también me lo pregunté, aunque no lo sabía, cuando era niña y leía en posturas raras, enseñando los calzones sin ninguna intención de seducir a nadie. “Cierra las piernas”, me reconvino una vez una extraña en la calle, mientras leía, esperando a mi mamá afuera de la escuela. “Mejor dígale a su marido que no le vea los calzones a la niña”, le respondió otra, que me sonrió y me guiñó un ojo. Mi heroína. Ella sí que pudo ver que algo no estaba bien. 

Ahmed define que el feminismo es “cómo sobrevivimos a las consecuencias de aquello a lo que nos enfrentamos ofreciendo nuevas formas de entender aquello a lo que nos enfrentamos”. Sin la complicidad de otras mujeres, yo no habría entendido qué era eso que no estaba bien con el mundo. Sin el guiño y la sonrisa, sin el “no, no estás loca: hay algo detrás de la cortina” que me fueron dando, poco a poco, las extrañas, las amigas, las lectoras y ¡aleluya! las autoras, no habría sido capaz de releer mi vida para comprender cabalmente qué pasó en mi propia historia. Y una vez que lo noté, no pude dejar de verlo en todas partes. Como la misma Ahmed señala: “La conciencia feminista puede sentirse como un interruptor que se enciende. Apagarlo puede ser necesario para sobrevivir en el mundo en el que estamos, que no es un mundo feminista. La conciencia feminista es como cuando el botón de encendido es la posición predeterminada. A menos que lo apagues, está encendido [….] No es de extrañar que esto pueda ser agotador”. Cuando la literatura me pasó, es decir, cuando decidí que además de leer me dedicaría a escribir, estaba muy agradecida con todos los obsequios que me había dado, pero sentí la necesidad de ser crítica con los libros que me formaron, con sus autores, con lo que daban por sentado, con sus dispositivos narrativos. Y por amor a la literatura, me convertí en lo que Ahmed llama una aguafiestas, del mundo y de las letras. En textos que en las escuelas de escritura se enseñaban como de vanguardia y ruptura, yo alzaba la mano, interrumpiendo la diversión, para señalar lo que me parecía opuesto a la innovación: las ideas que confirmaban las jerarquías, los roles de género, los sistemas de opresión. “¡Bruja!”, me espetó “en broma” el director de la Sociedad General de Escritores de México durante una clase. “Pues entonces da la clase tú”, me dijo otro profesor que salió, furioso, del salón en el que impartía una clase dedicada a las novelas latinoamericanas en la que sólo había una autora en el programa, una, además, que aunque era maravillosa no se destacó precisamente por escribir novelas: Marosa di Giorgio. Agradezco que me la presentara, de todos modos, pues la mala categorización que con mucha frecuencia sufren las autoras conduce a que su obra se pierda y quede en el olvido, como señala Joanna Russ en Cómo acabar con la escritura de las mujeres

No son pocas las estrategias que siguen operando hoy, en pleno 2022, para continuar menospreciando la escritura de las mujeres. Para quienes todo está bien con el mundo, este inmenso archivo de cómo pensamos, sentimos, experimentamos, imaginamos, inventamos, proponemos, es inconveniente, más aún si tiene una intención feminista que, aclaro, no tiene por qué ser el objetivo de toda la escritura literaria de las autoras, pero que yo reconozco como propia. Escribo para hacer de lo que imagino un refugio para nosotras, un espacio acogedor que permita el descubrimiento, el baile, el crecimiento. Será, espero, un lugar inseguro, desestabilizador para quienes creen que todo está bien con el mundo. Pero en esta labor infinita de aprendizaje y desaprendizaje, en este largo camino, cada tanto brotan, como hongos coloridos, curiosos, entre la hierba, preguntas agudas, indispensables, aguafiestas: ¿A qué cuerpos doy la bienvenida con mi escritura?, ¿a cuáles estoy dando la espalda y por qué?, ¿a costa de qué cuerpos, de qué dinámicas, puedo producir estas palabras, y ustedes leerlas? No sé si algún día sea capaz de construir ese refugio nuestro, total, que siempre he anhelado dar. Por suerte, este camino de la responsabilidad no es solitario: somos una multitud en el espacio-tiempo y sabemos que unas alzaron los tablones, otras clavaron los clavos, hoy otras más encendemos el fuego, preparamos la mesa. Y sabemos que las que vendrán abrirán todas las puertas si acaso nosotras no pudimos hacerlo.

 


 

Gabriela Damián Miravete. Nació en la Ciudad de México. Escribe ensayos y cuentos que han sido traducidos al inglés, italiano, portugués, francés y euskera; y publicados en antologías finalistas del Premio Hugo y el World Fantasy Award. Forma parte de proyectos colaborativos como la Mexicona: Imaginación y Futuro, festival literario de ficción especulativa en español; y el Cúmulo de Tesla, colectivo de arte y ciencia que publicó recientemente Mis pies tienen raíz, 21 mujeres de habla hispana (Editorial Océano). Es autora de La canción detrás de todas las cosas (Odo Ediciones), y obtuvo el premio James Tiptree, Jr. (hoy llamado Otherwise) por “Soñarán en el jardín”, cuento sobre un México futuro donde los feminicidios no existen más. Esta historia también formó parte de  «Futurs d’avant», programación conjunta entre la plataforma curatorial brasileña aarea y el espacio virtual del museo parisino Jeu de Paume.

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