Guadalupe García Alcoforado
Llegamos al medio día, asumiendo que sabíamos a dónde ir. Pasadas dos horas de caminata sin encontrar nada, le pido a Daniel que revise mejor, que tal vez nos confundimos. Revisa los papeles y efectivamente, estamos en el lugar incorrecto. Ahí, en medio de los grandes edificios y los árboles enormes, llegar a tiempo ahora parece imposible.
—La cita es a las dos —digo enojada mientras caminamos siguiendo Google Maps. Reviso ansiosa mi celular mientras veo como los números cambian y el camino se alarga.
Para las dos con veinte minutos, me doy por vencida, pero pedimos un Uber y llegamos antes de que den las tres. En la entrada se encuentra un policía de la universidad, porque aquí, me doy cuenta, la palabra “guardia” no existe. El policía me pide el primer documento y luego me deja entrar por un pasillo enrejado, entiendo entonces que todo el camino estará lleno de policías, a los cuales tendré que darles un documento para que finalmente me dejen entregar aún más documentos. La ansiedad me consume pero recuerdo que, de todos modos, revise perfectamente todo antes de subir al avión que me trajo hasta aquí y estoy segura de traer conmigo todos los papeles que pedían en la página.
Me equivoqué, el segundo hombre me pide un documento que no aparecía en la lista, como no lo traigo, me envía a un lugar diferente, donde, para colmo, me piden otro documento que no tengo.
El tiempo se agota, el edificio cierra dos horas y en ellas yo tengo que conseguir todo lo que necesito o quedaré automáticamente fuera de la universidad, aunque haya pasado mi examen y volado hasta aquí para conseguirlo. En el camino hacia afuera del edificio, escuchó a una chica suplicarle al policía:
—Por favor, soy foránea y mi vuelo sale hoy, necesito entregar mis documentos ya —El policía no dice nada, simplemente no la deja pasar.
Yo puedo imaginar que ese será mi destino y salgo a la calle con un nudo en la garganta. En la salida también hay policías, han puesto unos postes unifila para señalar, de forma totalmente arbitraria, una salida y una entrada. Yo, con los ojos borrosos y la angustia comiéndome las entrañas, no presto atención a los señalamientos, lo que ocasiona que un par de policías me griten, como si estuviera cometiendo el peor de los crímenes, que no estoy caminando por el lugar incorrecto. La acción no tiene un sentido útil, ya nadie puede pasar, el tiempo se ha terminado, pero veo sus caras y me parecen llenas de satisfacción, como si con sus gritos acabaran de saciar su sádica necesidad de humillación.
Frente a la carpa de copias e impresiones, la fila es tan larga que da varias vueltas a lo largo de la calle. Esperamos pacientes bajo el sol, hasta que esté se cubre de oscuras nubes. Las primeras gotas de lluvia comienzan a caer cuando llega nuestro turno de imprimir documentos, la señora nos dice que el formato está mal y que no nos lo aceptarán adentro, pero no tenemos otra opción, es el formato descargado directamente de la página de la universidad.
La lluvia cae cada vez más fuerte, nos sentamos en la banqueta, todos en fila, a esperar. Yo observo a los padres preocupados junto a sus hijos, a los jóvenes que han venido junto a sus amigos, a las parejas que no pudieron encontrar quién cuidara de sus niños en lo que venían a la entrega, estamos todos sentados en silencio bajo la lluvia mientras los policías nos observan desde su carpa.
Pasada una hora y media, el policía nos hace formar dos filas, nadie puede sentarse ni despegarse de la pared, los trabajadores aún no regresan de su descanso y no hay utilidad en estar ahí, pero ninguno protesta.
Luego de otros treinta minutos, comienza la revisión del primer documento, ese que nos deja avanzar veinte pasos hacia el siguiente policía, cuando llegó con el segundo, me informa lo que ya sé, que no cuento con lo requerido, así que de nuevo, se me envía a otro lugar. Por fortuna ahora sí tengo lo que se requiere para estar ahí, llego y me piden, entre otras cosas, mi identificación. La policía me observa por un largo minuto, comparando mi cara con la fotografía, como si no tuviera otros quince documentos con la misma cara, el mismo nombre y la misma edad. Me pide que me quite los lentes para estar segura y después me deja continuar. Mientras avanzo hacia una habitación oscura, escucho cómo tres policías le dicen a Daniel que no puede continuar su trámite, porque la copia de su identificación está al ciento ochenta y nueve por ciento y ellos la pidieron al doscientos.
Adentro me quitan mis pertenencias y me piden tres documentos más, después me toman una foto y mis huellas, ahora sí, puedo continuar con el proceso.Hago, aún bajo la lluvia, otra larga fila para llegar al último espacio del día, la señora que me atiende mira mis documentos con desprecio, examina cada pequeño detalle, compara las huellas de mi certificado de preparatoria con las huellas que acaban de tomarme, revisa las fotografías de mis documentos y luego mi cara, pregunta mi nombre completo tres veces y luego me hace firmar más documentos.
Cuando termina, me informa que en las siguientes veinticuatro horas aparecerán seis documentos más en la página de la universidad, pasadas esas horas, los documentos desaparecerán y, si deseo conseguirlos, deberé pagar por cada uno. El día de la inscripción, porque aún no estoy inscrita, ni cerca de estarlo, deberé entregarlos junto a los que acabo de firmar frente a ella, si alguno llegara a faltarme o, peor aún, me confundo y entrego los que dicen “alumno” y no “plantel”, quedaré automáticamente fuera de la universidad. Una vez más recorro el camino hacia afuera, pero me detiene un policía que me ofrece donar dinero a la institución, los donativos empiezan a partir de los quinientos pesos y deben hacerse cada mes. Cuando lo rechazo, me corre del lugar.
Salgo a la lluvia, que ya no se siente como un castigo, sino como una forma de disfrutar la libertad. Veo a Daniel pasar con su copia de identificación al doscientos por ciento y le deseo buena suerte, pero pasados veinte minutos, me llama para decirle que no han aceptado su certificado de preparatoria. Sospechábamos ya que eso podría pasar, así que, cuando estábamos todavía en Monterrey, pidió un certificado electrónico, que, desafortunadamente, aún no le ha llegado. Le sugiero entonces que muestre su certificado de licenciatura y lo veo pasar de nuevo hacia la carpa de copias e impresiones. Mientras lo espero, veo cómo otros alumnos, o aspirantes a alumnos pasan casi con lágrimas en los ojos y los policías, con caras burlonas, les dicen “¿Otra vez, joven?”. Daniel sale, no le aceptaron su certificado de licenciatura como comprobante de estudios por una razón que ninguno termina de entender, pero le permitieron pagar una prórroga—el título al menos sirvió para ello, pues sin él no habría podido conseguir ni siquiera eso—para concluir el trámite en los próximos cinco días.
Por hoy solo nos queda volver al hotel, pero para ello hay que caminar cuarenta minutos entre edificios y luego tomar el metro. La universidad, pienso, es tan grande y laberíntica como el proceso para entrar en ella. Cada paso parece ser dado en falso, todo acto es un posible error y sus consecuencias siempre parecen ser fatales.
En el camino interminable hacia el metro, recuerdo El proceso de Franz Kafka. Quizás a nosotros nadie nos calumnió porque al final, esto no es más que el ingreso a nuestra segunda licenciatura, o quizás, por el contrario, alguien en definitiva nos calumnió lo suficiente para creer que el mayor reto sería pasar el examen de admisión y volar hasta aquí. Así como Josef K. es acusado “sin haber hecho nada malo.”, nosotros llegamos a la universidad sin saber que nuestra documentación sería inválida, que cada policía pediría un papel que la página oficial no mencionaba y que el siguiente policía diría, como si conseguirlo no hubiera costado nada, que no era realmente necesario. Asumimos, en algún momento del transcurso, que la culpa era nuestra, porque la universidad jamás aceptará sus errores, sin importar si el sistema es ineficiente y absurdo, por el contrario, institucionaliza la absurdez y la ineficiencia. El único culpable posible éramos nosotros, indefensos ante la rigidez de cada trabajador. Nada ahí era seguro, ni siquiera nuestra propia identidad. Cada aspirante que ya pasó su exámen de admisión y que llega con todos sus papeles, es tratado con la mayor arbitrariedad y crueldad posible, como si se tratara de un montón de criminales. Hay que asegurarse de registrar cada célula de su persona, comprobar que no se trate de un farsante, porque la gente ama perder su tiempo siendo insultado y menospreciado.
“–– El proceso se acaba de iniciar y usted conocerá todo en el momento oportuno. Me excedo en mis funciones cuando le hablo con tanta amabilidad.” Le dice a K. uno de los hombres que lo detiene y lo mismo parecía decirnos cada policía. Ninguno sabía realmente lo que hacía, solo mencionaban que nosotros nos habíamos equivocado y éramos dignos de ser tratados como criminales. Nos dejaron detenidos en la lluvia, encerrados en habitaciones hechas con rejas donde nada procede, dónde todo se mantiene siempre en continuación, sin avanzar. No hace falta un castigo directo, el cansancio, el miedo y la frustración lo hacen todo, aprendimos que no podíamos cuestionar o se acercarían cinco policías a rodearnos, no podíamos protestar o defendernos, era nuestra culpa desde el inicio. Para el final de ese día, dónde todo lo que había conseguido eran más documentos que entregar, yo podría haber caminado hacia el lugar donde me asesinarían sin cuestionar a nadie, podría haber aceptado que no logré entrar a la universidad, aunque hubiese hecho todo lo que debía, como ví hacerlo a aquella chica, sentada en la calle llorando junto a su amiga, sin cuestionar a las autoridades, sin querer seguir intentando, porque la institución no necesita rechazarnos, solo necesita cuestionarnos hasta hacernos sentir en falta, hasta que nos obliga a interiorizar y asumir la culpa.
Guadalupe García Alcoforado es ensayista, narradora y actualmente estudiante del Colegio de Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. Es becaria del Centro de Estudios Humanísticos y del Centro de Creación Literaria de la Casa del Libro.





