Huellas

María Fernanda Ramos

 

La Tierra gira, los organismos se adaptan y los misterios de la historia se instalan de manera inevitable en el transcurso del tiempo. Todo proceso genera una huella en la existencia. Hay algunas que, incluso en este momento, están formándose. 

En una sala de hospital, una enfermera mancha con tinta negra la planta del pie de un recién nacido para llenar el formulario de identificación neonatal. También toma la mano de la madre, mancha su dedo pulgar y lo presiona contra el papel justo al lado de la planta del pie de su bebé, de manera que ambas huellas queden impresas en la hoja de registro de nacimiento. De esa manera, la vida queda demostrada y archivada en un expediente. También las morgues tienen sus propios expedientes para documentar la muerte de las personas. Sin embargo, las evidencias sobre el inicio o el final de la existencia no sólo están ligadas a los seres humanos y tampoco se limitan a estar presentadas en papel. 

Los procesos geológicos e históricos, la dinámica misma del planeta, moldean una evidencia constante de vida y muerte. Para llegar a las huellas del tiempo se necesita, inevitablemente, de un proceso de investigación. Particularmente, pienso en procesos tan complejos como los de la arqueología o la paleontología.

Hay huellas muy antiguas en el mundo que se alojan secretamente bajo sedimentos. Las llamamos fósiles porque la palabra viene del latín fossilis, que significa “desenterrar”.  La muerte tuvo que suceder primero y la química tuvo que actuar como restauradora de la materia para presentar una forma particular de la existencia. Un fósil existe por un proceso que modifica los restos orgánicos en estructuras duras que son preservadas durante millones de años, pero estas sólo pueden preservarse en el caso en el que los organismos hayan quedado enterrados por sedimentos. Los procesos biológicos y químicos, en estas situaciones, actúan como puente de tiempo para que vidas actuales y vidas de hace millones de años se encuentren, encadenándolas. Por eso, la antigüedad es parte del presente mientras encontremos evidencias. 

En relación con esto, pensé que también es muy común que encontremos huellas en nuestra propia memoria. Puesto que la vida del ser humano no dura tantos años como para obtener un fósil mental auténtico, podría denominar “neofósiles” a esos recuerdos secretos y sedimentados que alguna vez excavé por un suceso específico. Los neofósiles tendrían su propia manera de procesar y organizar información. Quizá la fosilización, en este caso particular, esté un poco más relacionada con el actuar del sentimiento y la imagen. 

Descubro mis propios fósiles cuando, por ejemplo, los sentidos actúan como instrumentos de excavación. Si estoy en un lugar y alguien tiene el perfume de rosas que usaba mi abuela cuando era niña, podré ver el neofósil con apariencia de después de terminar mis clases de primaria, ella escribía en el borde del periódico alguna palabra y la repetía para mí diciéndome que era muy importante que estudiara y que aprendiera a leer

Una vez también encontré un neofósil a través del sonido y desde entonces se ha vuelto común que lo observe. Sucedió hace unos meses, cuando caminaba por el parque en otoño y pisé la hoja de un árbol. El sonido tenía forma de noviembre de 2024 cuando caminábamos bajo un tapiz amarillo de hojas de árboles y me dijiste que el crujido tenía una musicalidad bellísima cada vez que pisábamos. En ese momento descubrí que el otoño tenía una ternura singular y que el ritmo de los pasos sonaba muy bien con la melodía de tu voz. 

He encontrado neofósiles de todo tipo: unos demasiado singulares como para que realmente hayan existido y otros muy bellos como para poner en una repisa y mirarlos constantemente. También hay algunos no son de mi agrado y prefiero dejarlos enterrados, así que regreso la capa de tierra memorística en su lugar.

Mis neofósiles favoritos son los paradójicos y que aparecen de la nada mientras hago algún quehacer como lavar los trastes. De pronto, se presenta un sueño aparentemente nuevo —porque no lo recuerdo para nada— y que sin embargo tuve hace mucho tiempo asentado en mi memoria. Pudo haber sido una pesadilla, o un lugar muy extraño y surrealista que soñé cuando tenía siete u ocho años. Esas excavaciones terminan dejando una sensación de rareza en mí y, sin embargo, son neofósiles deleitables, fenómenos de algo antiguo en lo nuevo que me hacen querer encontrar más evidencias. Desafortunadamente, sucede con frecuencia que entre más intento desalojar la tierra, menos restos encuentro sobre ese momento. 

Aún hay huellas más singulares, más complejas: se trata de fósiles que no están terminados, están procesándose. Probablemente algunos se muestran como planes a futuro muy concretos o como sueños premonitorios. Sobre estos últimos, algunas personas que he conocido me han compartido sus propias experiencias oníricas que ocurren tiempo después tal y como lo vivieron en el sueño. Yo me pregunto si ese ejercicio no es simplemente algo arrojado desde el pasado y el presente en la tierra de la memoria que resultará en una huella evidente más adelante. Podríamos ver a las premoniciones como fósiles: no es que necesariamente tengan que ser un suceso que cause miedo —desde luego, es una sorpresa, porque ¿qué paleontólogo no se ha impresionado después de haber descubierto un fósil tan raro como el de un dinosaurio?—. Podríamos ver las premoniciones como un cúmulo de residuos que después de cierto tiempo resultarán en una huella o evidencia fosilizada.  

¿La vida misma no es un ejercicio constante de descubrir neofósiles de nuestras propias experiencias para exhibirlos cada vez que conocemos a alguien? Así compartimos parte de lo que somos con otros. Pensar en nuestra existencia como un museo de arqueología podría provocar que viéramos las cosas con mayor belleza, con entusiasmo… pero también con mayor compromiso. ¿Qué memorias exponemos y cuáles se quedan guardadas en la bodega del museo? ¿Qué sucede con el material de las exposiciones temporales cuando ya no queremos evidenciarlas? Compartiremos neofósiles con otros museos para que los expongan: habrá quienes lo hagan, habrá quienes reciban las piezas y después las dejen abandonadas en una caja o que las tiren a la basura. También podrá estar presente el caso de quienes comenten que no tienen espacio en sus propios edificios para presentar algo tuyo, al final, cada museo procesará a su manera las propuestas.

De la misma manera, cada experiencia tiene un proceso particular para fosilizarse o no. Los restos de organismos que no pudieron ser fósiles se quedaron en los estómagos de los carroñeros o en la jornada laboral de las bacterias y hongos que trabajaron con los restos orgánicos a su manera. 

En el cerebro, también la memoria actúa como carroñera, como microorganismo o como capa de sedimentación para procesar más tarde, en forma de huella, algunas experiencias que ha elegido como importantes para ser recordadas. En el proceso de la existencia, nuestra participación debe ser como el actuar de un investigador que se encuentra con los misterios de su propio mundo —y el de otros—, y se maravilla en cada escondite debido a la rareza, la belleza y la fatalidad de cada una de las piezas que ha descubierto.