Donnovan Yerena
pienso en los rituales que atrae la muerte, en sus parafernalias y en las habitaciones huecas que deja al irse. pienso en la ropa que llevaré puesta el día que muera, si cierro los ojos el tiempo suficiente, puedo vislumbrar la silueta de mi cuerpo calmo. pienso también en todas las cosas que hacemos y que serán las últimas cosas que hicimos antes de morir, en aquello de lo que no somos conscientes y que aun así nos hace dudar. hay algo en la muerte que se forma en el cuerpo como una interrogante eterna, una pregunta abierta que se queda ahí tan quieta. imagino que la muerte nos acompaña en cada momento, los objetos también mueren y se mantienen callados, ocultos en un espacio en el que ya no caben más recuerdos.
pienso en ese poema de szymborska que defiende a los gatos de la muerte, un poema como un conjuro. morir no se le hace a un gato y, aun así, morimos cada momento. despertamos y ya estamos muertos. no estamos ya cuando se acercan con sus pasos muy ofendidos, como quien busca una explicación de entre los dientes. nos estamos muriendo e insistentemente ya no estamos, nada se mueve, pero aparece descolocado de pronto. pienso esto mientras eréndira y minerva, mis gatas, reposan todo su peso sobre mí, a veces podría parecer que duermo en medio de dos volcanes. eréndira lleva por ronroneo un trinar de gaviotas y jabalíes, cuando se posa sobre mi pecho me retumba entero el cuerpo. me invade un miedo que se queda encerrado en mi boca, no lo digo, no lo escribo, no lo pronuncio porque me aterra aún más que un poema sí sea un conjuro, una promesa que siempre termine por cumplirse.
mi abuelo murió en 2007 en la carretera morelia-zamora, no sé en qué kilómetro, no me atrevo a preguntar. mi abuela iba con él en el carro, creo que todo sucedió en el transcurso de las tres de la tarde. mi abuelo murió el dos de octubre, un cruce de caminos fue lo último que presenció, fue daño colateral de un choque que alcanzó a ver a la distancia. pienso tanto en lo aparatosa y monstruosa que puede ser la muerte cuando es imprevista, cuando no se anuncia y cae como relámpago en el centro del cuerpo. pienso en cómo moriste, abuelo, y se me espantan las ganas de salir de casa, de caminar, de seguir despierto. tu muerte fue una bestia, una cueva llena de luciérnagas. nos quedamos en un departamento que se llenó de polillas y mariposas negras. mi abuela aprendió a temerles y a paralizarse de miedo al tenerlas de frente. tu novenario fue tan largo, entendí entonces que no volverías a casa, que ya no te encontraría por las mañanas exprimiendo naranjas o volviendo de tus caminatas matutinas con algún cachivache entre las manos. fui un gato al que te le moriste tan de pronto; qué más se puede hacer, dice wislawa, dormir y esperar.
siento que he pasado mi vida durmiendo y esperando, la muerte de mi abuelo me dejó una laguna entre las muelas y de vez en cuando sueño que se me inunda la garganta y no puedo respirar en mi cuerpo. recuerdo los días que siguieron del novenario, las visitas de doctores a casa de mi abuela, el momento en el que esa casa dejó de ser de mi abuelo, los instantes en los que cada una de sus pertenencias también dejaron de ser, perdieron a su dueño. ¿qué se hace con eso?, pienso en cuál es el procedimiento para procesar la ausencia a través de las cosas pequeñas que se quedan sin querer: las monedas en la cartera, el montón de ropa por lavar, los días encerrados en rojo en el calendario, el cepillo de dientes y los lentes de lectura, la taza anaranjada, las calcetas debajo de la cama. a veces me preguntaba si realmente podías vernos desde arriba, me decían que ahora vivías en las nubes. cuando llovías y mojabas el jardín de la entrada te hacías presente en nuestra mente, pero no nos lo decíamos por miedo a que cualquier palabra pudiera ahuyentar la bruma, romper aquel sutil momento en equilibrio.
en cantos a berenice, olga orozco hace de la poesía una presencia, aunque también se le murió. tal vez seas ahora tan inmensa como todos mis muertos, le dice; y así escarbaste un día en tu depósito de sombras / y volviste a anudar con tiernos ligamentos huesecitos dispersos, / tejidos enamorados del sabor de la lluvia, / vísceras dulces como colmenas sobrenaturales para la abeja reina, / dientes que fueron lobos en las estepas de la luna,
garras que fueron tigres en la profunda selva embalsamada.
tal vez seas tan inmensa como todos mis muertos, pienso en ese verso cada noche que te sueño, abuelo. pienso en la inmensidad de tus manos que ahora cubren el cielo entero, en tus piernas tan velludas, selva inagotable que se ha formado sobre las mías también. dice mi abuela que tenemos las mismas piernas, y mis dedos han crecido para ser como lo fueron los tuyos. hay un poco de ti en mí y me imagino caminando como tú lo hacías, con las piernas descubiertas a la resolana del frío de las seis de la mañana, con la mirada en el suelo, buscando algún tesoro enterrado, mordisqueado, orinado, arrugado, olvidado. recuerdo cómo esperaba tu regreso, con la plena intención de descubrir lo que fuera que viniera de tus manos: alguna corcholata dorada, canicas despostilladas, piedras y piñas de pino, un perrito de plástico sin una pata, los restos de una carta de lotería, un tazo de los looney toons, hojarasca con hormigas y telarañas, un secreto.
a olga orozco le parecía la muerte una sombra por la cual puede uno asomarse, abrirla a la mitad, atravesarla. su poesía fue un conjuro para procesar la pérdida de berenice, una suerte de remedio cotidiano. berenice vivió quince años al cuidado de olga, fue su única gata. la encontró un día maullando en una terraza contigua a su casa, llegar a ella era difícil pues había un patio de aire en medio, así que puso un tablón para que se animara a acercarse a ella, y berenice cruzó. se le dobló la sombra. caminó sobre el abismo, como sabiendo que del otro lado le esperaban manos de cuidado. olga y berenice formaron una simbiosis a partir de juegos y rituales, se sentaban frente al espejo, mirándose y haciendo muecas idénticas, olga incluso afirma que era ella la que le dictaba los poemas, como un tótem otorga claridad y palabra. berenice, al igual que mi abuelo, han muerto y han dejado de ser de pronto. pero, ¿qué fuiste entonces, antes de ser ahora?
he soñado que se me caen los dientes al menos dos veces por semana durante los últimos tres meses, en mi sueño todo se parece: yo en el interior de alguna casa que visité en mi infancia, mis encías se sienten flojas y mis dientes como lirios en un lago, flotando con insistencia. me llevo la mano a la boca, me palpo los dientes que se desprenden y caen como manzanas maduras de un árbol, ligeros. las personas en mi sueño parecen no darse cuenta, pero me embarga la vergüenza e intento volver a poner cada uno de mis dientes en su hueco, me esfuerzo por no abrir la boca, por no dejar caer alguna palabra que pueda causar un temblor.
he leído muchas versiones de lo que puede significar soñar que se te caen los dientes, pero la que más se repite y me encandila es que alguien amado morirá pronto, una premonición que nadie, ni siquiera berenice pudo haber vislumbrado. pienso en que quizás la muerte siempre está cerca, suscitándose a cada rato y en cualquier lugar. pienso en cómo serían nuestros días si estuvieras aquí, me pregunto si te gustaría monterrey, si amarías el helado de pistache de la sultana tanto como yo, seguro querrías subir el cerro de la silla un domingo antes del amanecer y sonreír, con esa sonrisa de piña que llevabas por rostro.
y ya habías aparecido en este mundo, / intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola, / más prodigiosa aún que el gato de cheshire, / con tu porción de vida como una perla roja brillando entre los dientes.
por mi cumpleaños del año pasado, mi abuela me regaló una caja sin envolver, con una selección azarosa de algunas de las pertenencias de mi abuelo: su celular, un cinturón, su cartera, unos lentes, un reloj de escritorio, una placa con su nombre mtro. jesús alberto briz figueroa, y una cajita de latón con una colección de los objetos y chucherías que me obsequiaba cuando volvía de correr cada domingo. así sorprende la muerte también, haciéndose presente en los objetos y en el aire y el polvo y las encías y la silueta de las manos. conservo ahora partes de mi abuelo, del recuerdo que se me impactó en la mente, detrás de los ojos. pero déjame en el aire la sonrisa, una tierna señal que horade una por una las hojas de este duro calendario de nieve.
Donnovan Yerena. De Morelia, capital del estado de los pescadores. Estudiante de Letras Hispánicas fuera del agua. Formó parte de la segunda generación del Centro de Creación Literaria de la Casa del Libro de la UANL. Anteriormente obtuvo el primer lugar en el Certamen de Literatura Joven Universitaria UANL con un cuento sobre añoranza y té. En la actualidad, con eso sobrevive en la gran ciudad de las montañas. Certero creyente de que todas las historias son peces pero solo aquellas que se escriben, jamás serán pescados.












