Fuga de la prisión del tiempo

Amadís Ross

 

¿El tiempo es algo que es nuestro, o simplemente sucede? ¿Es mecánico y exacto como un reloj, o plástico y relativo como la percepción subjetiva? No importa lo abstracto de la idea de tiempo, ni que existan múltiples definiciones dependiendo desde qué campo de estudio se hable, todos vivimos en carne propia su devenir. A esta sensación del paso del tiempo sin mediciones científicas de por medio algunos lo nombran “tiempo social”, que es el usado en este texto, un escrito que intenta mostrar cómo la ciencia ficción es un vehículo que nos permite tanto atisbar la enormidad del tiempo como escapar de él. En esta ocasión hablaré de la ucronía, narraciones sobre tiempos que no son los nuestros, realidades otras que surgen de un punto de divergencia en el que nuestro flujo histórico se modifica.  

Se podría pensar que concebir líneas temporales alternativas o buscar modificar la realidad a través de cambiar la historia es algo muy antiguo, sin embargo, no es exactamente así. En primer lugar, porque la concepción del tiempo que tenemos hoy es muy reciente. La gran mayoría de las culturas han visto al tiempo de forma cíclica o múltiple, en el que el pasado y el futuro no están delimitados de manera inamovible. Las realidades alternativas son posibles, aceptadas o incluso reales en la China Tang o entre los mayas del Clásico. Está también el llamado tiempo mítico, en el que viven los dioses y contiene en sí todo el pasado y el futuro. La noción linear del tiempo en el que la causa precede al efecto y avanzamos desde un pasado inamovible hacia un futuro que brilla con la luz del Progreso, es un invento de aquello que llamamos Occidente. El judaísmo y el cristianismo jugaron un papel preponderante en esta idea de avanzar en el tiempo en vez de circular en el tiempo, pero fueron los europeos del oeste quienes terminaron de moldear el tiempo en forma de línea, una línea que, además, implica un progreso constante, una supuesta mejoría gradual que conlleva cambios que vuelven imposible volver atrás. La popularidad de este concepto se debe a la expansión, generalmente coercitiva, de las ideas europeas, y transformó las maneras de vivir el tiempo de los habitantes de América, África y Asia. Maneras de vivir que, vale la pena señalar, no son menores ni “atrasadas” con respecto a las europeas. Todo conocimiento humano es igual de valioso, y cada cosmogonía es una de las infinitas maneras de entender la realidad. La humanidad será más rica entre más diversa sea.

Ya que estamos hablando de Occidente y sus imposiciones, me gustaría apuntar otro concepto nacido en Europa del oeste que me parece clave para entender las ucronías: la idea de que el tiempo es una especie de lugar, un lugar que se transita, en el que se vive, que se posee o se pierde, sobre el que se construye y que además es relativo al Yo que observa. Nos plantamos en el tiempo como si fuera un sitio: residimos en la era contemporánea, nuestro amigo que no supera a su exnovia se aferra a vivir en el pasado, y algunos países “habitan el futuro” debido a su admirable progreso tecnológico. Curiosamente, aunque podamos hacer tiempo, ahorrar tiempo o agotar el tiempo, nada de esto altera su linealidad ni su “avance inexorable”. El hecho de que desde la perspectiva occidental el tiempo sea un lugar, un espacio que puede ser nuestro y que vale oro, lo vuelve un objeto enajenable, un producto de deseo y un campo de batalla. Las guerras de tiempo son algo más que una metáfora. Después de todo el empleo consiste en alquilar nuestro tiempo a cambio de dinero, y que una persona nos dedique tiempo se considera una muestra inconfundible de interés o amor. Desde cierta perspectiva, lo más valioso que tiene el ser humano es el tiempo, porque cuando se termina nuestra vida llega a su final. 

Y qué decir de los relojes, que aunque fueron inventados hace mucho tiempo apenas se popularizaron en el siglo XIX. El uso del reloj creó la puntualidad o la falta de ésta, generó el trabajo por horas, los horarios de clase, la obsesión por medir los segundos en los que alguien corre cierta distancia. Claro, medir el tiempo es enormemente útil: podemos saber cuánto tardaremos en cruzar el Pacífico en un avión y en qué momento llegaremos a la cena de cumpleaños de mamá si tomamos el tren de la línea 7. Sin tablas de horarios nuestra vida sería un caos, y el caos, la ambigüedad y lo oscuro son elementos inoportunos para los ocupados y productivos seres humanos que somos. Lo que quiero resaltar de este hecho es la manera en que hemos colonizado el tiempo, tal como se conquista un lugar o se domestica a un animal “salvaje”. Cuánta distancia de las ideas no occidentales del tiempo cíclico o simultáneo, del tiempo plástico o cubierto por un velo de misterio. Nuestro tiempo, en cambio, es un asunto mecánico, explotado de cabo a rabo y completamente anodino, sin espacio para el misterio.

El concepto lineal y progresivo del tiempo, ayudado por los relojes y la manía moderna de cartografiar la dimensión temporal en busca de la eficiencia, ocasiona una presión sobre la psique, una fijación o angustia por no dejar ir el tiempo, por no perder la carrera contra el segundero, por llegar puntual a las citas importantes. El pasado es inalcanzable, el futuro está siempre a punto de llegar y el presente se escurre sin que podamos tocarlo nunca. Esta “dictadura del tiempo” puede llevar a que algunas personas sientan asfixia o claustrofobia: hagan lo que hagan no pueden escapar de las fronteras temporales que están marcadas con fuego en nuestra consciencia. El trabajo es de 9 a 6. La escuela es de 7 a 2. Uno debe levantarse a la misma hora de lunes a viernes, sin importar lo que el cuerpo pida, sin importar que en verano amanezca temprano y en invierno todavía esté oscuro cuando salimos de casa. ¿Cómo huir? ¿Cómo fugarse de la prisión del tiempo? Es aquí donde entra la ciencia ficción.

Una de las cosas que hacen interesante a la ciencia ficción es que funciona como motor mítico de la modernidad. En otras palabras: en una época dominada por el método empírico occidental y los inventos derivados de los procesos que llamamos “ciencia”, se necesitan lenguajes expresivos en concordancia con una realidad material, ya que se opone a los aspectos místico, espiritual y metafísico de la sensibilidad humana. Uno de estos lenguajes es la ciencia ficción, que cumple con el papel de “hablar de lo que no puede hablarse” echando mano de los avances técnicos y los descubrimientos científicos para engarzar historias, trazar narrativas y proponer situaciones hipotéticas o derivadas de nuestra realidad. Dicho de otra manera, la ciencia ficción crea los mitos necesarios para estos tiempos, construcciones simbólicas que nutren la cosmogonía moderna, que ocupa el mismo sitio que tuvieron o tienen otras cosmogonías como la mesoamericana o la maorí. Que la ciencia ficción sea un derivado del método empírico occidental, por otro lado, es prueba de que toda tesis lleva consigo su antítesis, ese impulso ciego por nivelar las fuerzas. Así, la enceguecedora luz de la razón y la ciencia no puede evitar la generación de espacios que podríamos llamar oscuros, en los que fluya lo que es negado, reprimido o minimizado.

La ciencia ficción es, entonces, el vehículo ideal para escapar de la prisión del tiempo. Por ello la predilección que tiene este género por los viajes temporales, las máquinas del tiempo y las paradojas estilo Volver al futuro. Entre estas opciones, la ucronía brilla debido a su potencia para sacar provecho de nuestros conocimientos y fantasías sobre el tiempo y la historia para elaborar visiones alternativas, explorar universos paralelos y excitar la imaginación moderna. Con ella el pasado, el presente y el futuro son moldeables, se pueden borronear y trazar de nuevo. El tiempo no es ya una camisa de fuerza sino materia de la que están hechos los sueños.

Ahora, crear ucronías es asunto complejo. No sólo se requiere una imaginación poderosa y una aguda habilidad como narrador, sino conocimiento histórico y una gran capacidad para comprender los contextos humanos en diversas épocas. A diferencia de un relato completamente nuevo, la ucronía debe tratar con verosimilitud realidades en las que los acontecimientos de nuestro universo sucedieron de manera diferente o no ocurrieron. Por ejemplo, si esbozamos una realidad en la que los europeos nunca invadieron América, necesitaremos no sólo crear los hechos históricos derivados de este hecho, sino las consecuencias en la política, el desarrollo militar, la ciencia occidental, la economía mundial, las religiones y cientos de otros factores que moldearán el contexto que estamos contando, y esculpirán a los personajes que protagonizan nuestro relato. El impacto del punto de divergencia (en este caso, la no invasión a América) se extenderá infinitamente hacia adelante, cambiando la realidad con mayor ímpetu entre más se avance en el tiempo. Eso sin contar con que se deben responder una miríada de cuestiones como ¿los mexicas consiguieron apoderarse de toda Mesoamérica?, ¿se disputaron el continente con los incas?, ¿el Imperio Otomano venció a la alianza cristiana?, ¿la tecnología marítima nunca se desarrolló en plenitud?, ¿la Revolución industrial jamás sucedió? Y un largo (infinito) etcétera.

En resumen, crear ucronías es para los valerosos que no temen enzarzarse en guerras del tiempo, pero deleitarnos con ellas es un privilegio de los seres humanos de esta línea temporal, por más imperfecta que sea. Demos gracias por los trazadores de historias, por los orfebres de los mitos modernos, y miremos a través de las rendijas que abren en los muros de la prisión del tiempo.

 


 

Amadís Ross. Escritor. Investigador del Cenidiap-INBAL. Coordinador del Seminario Estéticas de Ciencia Ficción, y coordinador del Seminario Permanente de Investigación de Arte y Cultura México-Japón. Ha publicado, en ficción, El camino del samurái (2006) e Isla Paraíso (2016).

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