17 imprecisiones sobre el llanto

Alan Valdez

Si pienso en el llanto pienso en el ojo. Si pienso en el ojo pienso en la imagen. Si pienso en la imagen pienso en la palabra. Si pienso en la palabra pienso en la escritura. Si pienso en la escritura pienso en la mano. Si pienso en la mano pienso en la huella. Si pienso en la huella pienso, irremediablemente, en la palabra otra vez, así que entonces para no repetirme pienso también en la piedra. Y si pienso en la piedra pienso en la lluvia. Y si pienso en la lluvia pienso en el muro. Y si pienso en el muro, pienso en las fotos. Y si pienso en las fotos pienso en los ojos, y si pienso en los ojos, pienso, sin más, en dos cicatrices. Y si me detengo, en verdad, a pensar en las cicatrices podría decir que:

Hace algunos meses dije que sería mejor separarnos, y confesé mi problema con las pastas. Y fui al espejo del baño a repetir esa oración para saber si en verdad había sido yo el que pronunció esas palabras. Sí fui yo. Y abrí la regadera, no para disimular el llanto, sino para sentir que Dios lloraba conmigo.

Se dice mucho que cuando llueve es porque Dios está llorando. Y como yo no sé si Dios existe, sólo me queda pensar en que la lluvia también podría ser un invento de los padres.

Una vez vi a mi padre llorando. No supe qué hacer. No le puse una mano en la espalda mientras sollozaba con la brusquedad de los que nada tienen y tampoco dije, no te preocupes todo va a estar bien; o la vida es dura, pero todo pasa; o no es para tanto, y me alejé. La siguiente vez que nos vimos no mencionó el episodio. No mencionó en realidad ninguna otra cosa. Desde entonces no me ha vuelto a decir nada. La única conclusión que tengo es que ese día mi padre vomitó el lenguaje por los ojos hasta quedarse mudo y yo, como buen hijo, asumí su silencio como la última lección, quizá la más necesaria.

Uno de los recuerdos más viejos que tengo es cuando estuve en el mar con mi padre y, mientras llovía, me explicó que así es como se sabe que los peces lloran.

Hugo, un compañero de cuarto de primaria, llevó a su pez beta Molly a la feria de ciencia de la escuela. Aquí debo advertir que no hay lección o hallazgo o algo de esas cosas que ayudan a aprender algo en la vida. Sólo recuerdo que otro compañero decidió echarle coca cola a su pecera. Hugo lloró tanto que su ánimo se esparció en los demás como cuando alguien vomita en un lugar cerrado y no queda de otra más que compartir el asco y pactar complicidad vomitando de igual forma. Más de la mitad de los asistentes comenzamos a llorar con él. El llanto también puede ser un evento colectivo.

La canción Ugly Girl de Molly Nilsson dice en una parte Que cuando me dices que la belleza viene de adentro, es la cosa más estúpida que he escuchado. Una noche sonaba esa canción en algún lugar del viaje entre El Paso y la ciudad de Chihuahua, y nos pusimos a hacer una lista de las cosas que vienen de adentro y que son bellas sólo porque sí, o sólo porque mientras mirábamos las dunas de Samalayuca repetir el cielo de finales de Octubre y pensábamos en lo hermoso que también éramos los dos (aunque hoy ya no lo parezca), sentimos el derecho suficiente para hablar de la belleza sin esperar nada a cambio. Estas son algunas de las que recuerdo: Uno. Sacar la lengua para probar la lluvia. Dos. Eructar después de desayunar una mañana de domingo después de enfiestar toda la noche. Tres. Los ruidos que hace el cuerpo cuando tiene hambre y que uno puede escuchar cuando te recuestas sobre el estómago de alguien al estar viendo una película canadiense. Cuatro. El reflejo de la cara en las pupilas del otro después de que lo miras como diciéndole que estaría bien que el mundo acabara allí, en ese preciso momento, porque ya no es necesario saber otra cosa del ciclo del agua. Cinco. El llanto después de que esperas en el aeropuerto con una cartulina fosforescente que dice “Feliz Navidad” aunque no sea Navidad a quien sea que se haya ido de intercambio por más de seis meses a un país del que no sabes nada más que estuvo en guerra en algún punto de la historia. Seis. El llanto que producen las canciones que ya no quieres escuchar porque te recuerdan cosas estúpidas como el desierto o, más precisamente, lo que pasa en el desierto cuando nadie mira.

En medio de la sequía, llorar podría parecer una especie de pequeño milagro. No por lo contestatario del gesto que puede ser una lágrima en lo yermo, sino porque, todo milagro implica un fenómeno gramatical que nos permite enunciar nuevos antónimos, es decir, nos regala nuevas palabras para determinar eso del mundo que no sabíamos qué puede pasar, pero que por alguna razón ocurre. 

El antónimo de llanto podría estar asociado a la alegría, pero es sabido que en la risa hay agua también, así que arriesgadamente podría proponer que el no llanto es la imposibilidad de sentir cualquier cosa.

Nunca supe si mi amigo Ricardo estaba feliz o triste, o si estaba de alguna forma. Ni siquiera cuando estaba borracho. Le decíamos que lloraba como las piedras. Para adentro. Salvo esa última vez que nos vimos. Llegó en la tarde a mi casa, nos sentamos en la banqueta que aún estaba caliente por el sol de mayo. Puso unas canciones de los Cadetes de Linares en su cel, y compartimos una Carta Blanca mega. Me dijo que su abuela acababa de fallecer hace una semana y que quería hablar con alguien. Su llanto era modesto pero pesaba como sólo las cosas a las que nunca les ha dado el sol pueden pesar. Estuvimos mucho rato afuera. Lo sé porque la banqueta perdió su temperatura diurna y el aire comenzó a traer ese fresco que pudorosamente guardan las montañas. Nos despedimos, prometiendo vernos más seguido, y mantenernos en contacto. Donde quiera que estés Richie, te mando un abrazo.

He pensado mucho en que si juntara todas las lágrimas que he soltado, sin importar su clase (alegría, tristeza, dolor físico, dolor del abstracto y conceptual, enojo o por estar enchilado) cuántos mililitros serían. Es decir, esto no es producto de un fetichismo por la contención y la medida, sino por ver materializado en un pequeño monumento transparente y frágil la historia de mis ojos.

La última vez que lloré fue hace una semana. No fue un llanto digno de detener a los transeúntes para que me preguntarán sin otra motivación más que el simple hecho de ejercer la empatía o alguno de sus sinónimos menos ambiciosos. Sin embargo, en su laconismo y timidez, mis ojos, sobre todo el izquierdo que es el más histriónico, se comprometieron con un goteo, no ostentoso pero sí constante, o al menos lo suficiente como para dejar un hilo de sal en mis mejillas. Estábamos sentados en el piso, recargados en una cortina metálica de una miscelánea de la que no recuerdo el nombre. Algo sobre el amor fue dicho y yo me conmoví por aprender un nuevo significado de esa palabra. Tú también tenías los ojos húmedos . Luego nos paramos y decidimos seguir caminando como si acabara de empezar el día. Antes de despedirnos me preguntaste si también creía que cuando llueve es porque Dios está llorando. Yo sólo contesté que en todo caso, si llueve es porque a Dios le gusta escupir después de morderse las uñas.

 


 

Alan Valdez. (Chihuahua, 1992). Ha publicado su trabajo en revistas como Tierra Adentro, Punto de Partida, Punto en Línea, Rio Grande Review de la Universidad de Texas, Temporales de la NYU, Este País, Pliego 16. Ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2020 por su libro La pérdida de voluntad en el agua. Fue beneficiario del estímulo Jóvenes Creadores 2020/2021 del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.

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