La mandíbula de Nelia

Lupita Zavaleta Vega

 

Le habían dicho que el proceso era rápido e indoloro. Por eso cuando le preguntaron si le parecía bien, Nelia asintió despacito, poco convencida, pero no asustada. Lo que no le dijeron fue que tenía que esperar un mes para tener suficiente tiempo de calibrar la máquina.  

La frustración que sintió todavía no tenía nombre. Hasta ahora la había sentido en dosis pequeñas. Como cuando sus padres le preguntaban a dónde quería ir a comer, y si escogía la que prefería su padre, la madre terminaba reclamándole que ese lugar no le gustaba. O al revés, y su padre se quejaba de que querían ir a puros lugares caros. Y entonces detrás de los hot cakes que se comía había un airecito amargo, unas ganas de abrazar y decir, ¿me perdonan? 

Nelia no quería tomar más decisiones, ya bastante tenía con su malestar. Podía estar jugando a las atrapadas, comiendo un helado, viendo caricaturas, o tratando de dormir y lo sentía, como ruido de fondo de todas sus actividades. Y no podía evitar pasar su lengua por sus dientes de enfrente, que estaban más afilados que antes. 

Cada cierto tiempo, no sabía cuánto, cinco minutos a lo mejor, diez respiraciones, apretaba la boca para obligar a sus dientes a morder, encajar, tocar muela por muela, incisivo por incisivo, pero por más que forzaba su boca no lo lograba. 

Algunas mañanas le zumbaban los oídos. A veces se despertaba a media noche con media cara dormida y las muelas trabadas. Estaba convencida de que nunca más iba a poder sonreír bien, que solo tendría media mueca chueca y ya tampoco podría hablar, solo susurraría las cosas a la mitad. Iba a perder la mitad de las sílabas y tendría que inventarse otro idioma para su media dentadura alineada porque la otra mitad, la que le habían acomodado mal, se quedaría así para siempre.

Sus padres decían: no pasa nada, imagina todos los juguetes que vamos a poder comprarte cuando acabe el proceso. Ella no necesitaba más juguetes, y sus papás tampoco, pero estaban empecinados. Pon atención, le decían, esto es una lección de vida para ti. Cuando la gente te hace algo te lo tiene que pagar. 

El demandado había sido amigo de la familia. Estudió la prepa con su padre y desde que empezaron a circular más y más anuncios de todo lo que ya podía hacer la Inteligencia Artificial, le empezó a ir mal. Por eso convenció al padre. Déjame atender a tu hija. Le dijo cosas como, a poco sí vas a confiar más en una mano robótica que en mí. Se va a poner más nerviosa, así de miedosita que es. Argumentos que el papá había repetido y la mamá, aunque reticente, había aceptado. 

Ya le habían quitado la cédula profesional, al menos ya no podía lastimar a otras personas. Sus papás necesitaban más que eso. Quizás más que su enemigo era su contrincante. Y seguían diciendo ten paciencia, mi amor, tienen que calcular bien el total de daños. 

Así que ella contaba los días con ese dolor, que solo iba empeorando. Nada la distraía, ni los safaris de VR, ni verse en el espejo de su casita de muñecas, ni el helado para entumir su mandíbula. 

Sentía que llevaba años sufriendo cuando al fin la llevaron a la cita. La sentaron en una silla reclinable, muy parecida a la del dentista. Quizás para que el espacio le recordara cosas. Le dieron un relajante muscular. Una voz que sonaba casi como la de su mamá —pero a lo mejor un poco más dulce, como la de su tía— le indicó que pusiera su mano izquierda sobre el recipiente junto al asiento. Pronto sus dedos se sumergieron en una superficie gelatinosa. La gelatina cobró vida, masajeó su mano, y poco a poco separó su índice de su pulgar. Se detuvo un momento en el espacio entre sus dedos, como si escuchara, como si probara. 

Su padre había dicho que un robot iba a revisarla pero no era nada como eso. Solo la gelatina y la voz que la calmaba. Ni siquiera se espantó cuando la gelatina recogió una aguja, así como por arte de magia. 

IG4, dijo la voz. La gelatina estiró su piel y la aguja entró sin dolor en un nervio. La voz explicó: así puedo entender lo que sientes. Fue como si la gelatina entrara en su cuerpo, se deslizara por su brazo, se enrollara en su cuello, y se dejara ir en algún lugar de su nuca, dejándole el brazo fresquito y con olor a sandía. 

Dentro de la mente le llegaron oleadas de color rosa. Muchas nubecitas que amortiguaban ahora sus pensamientos. El dolor, aunque no se iba, ya no parecía grave. Se había caído con un golpe seco, y ahora era como un juguete de madera, allá, separado de Nelia. No le hacía falta nada. Y la preocupación de tener ganas de orinar mientras la procesaban desapareció también. 

La gelatina buscó un paisaje que pudiera mantener a la niña tranquila, que resultó ser la vitrina de un acuario en la que aparecían peces globo de distintos tamaños inflándose y desinflándose.

¿Qué pasó?, preguntó la voz.

El ritmo cardiaco estaba estable y tranquilo. La mente suelta trazó un hilo con nudos dentro de los recuerdos, a manera de guía. 

El primer nudo del hilo era naranja, como la culpa. Era un nudo con varias vueltas, que la cabeza de la niña visitaba mucho, y lo torcía una y otra y otra vez. Era el momento en el que había llegado al consultorio y el demandado le había dicho: ven conmigo. Ella se había agarrado fuerte de su mamá y en ese apretón sintió que su mamá tampoco estaba segura. 

La asistente del demandado le extendió la mano. Ella asintió poquito y fue con ella. ¿Por qué fue con ella? Esa había sido su última oportunidad para echarse a correr.

Los siguientes nudos eran azul eléctrico, una línea recta hasta la desgracia que el cerebro de la niña pintaba de ese color. Imágenes en desorden: el escáner que no registraba bien el contorno de sus premolares de abajo, la cara de la gente en la sala de espera, el regaño del demandado cuando ella dijo que sentía su boca muy extraña. En el último nudo azul, una puerta cerrada, blanca igual que la del consultorio, solo que de una madera distinta; la gelatina trató de abrirla, pero en lugar de eso, al otro lado, alguien más jaloneó el picaporte. Eso fue todo lo que pudo sacar de ese nudo: ese ruido, un gesto imaginado, alguna que otra intuición, pero ni su programa ni el tipo de demanda le permitían ir más lejos. 

Cambió a otro color, el siguiente nudo era gris. Ella se veía en el espejo sin parar, abría y cerraba su boca y no entendía qué estaba mal. ¿Era verdad que solo tenía que acostumbrarse?

La gelatina buscó a los lados, en escenas que no se habían vuelto nudos pero eran parte de la experiencia. Comenzó a cuantificar los detalles, los días en que se levantó temprano para ir a consulta, las veces que le pidió a su padre que la acompañara y él dijo que no podía, la incomodidad de ponerse los retenedores, las dudas que le venían a la mente cada que veía comerciales de ortodoncia con Inteligencia Artificial como la del proceso. La pena de quitarse los alineadores frente a sus compañeritos… Hasta los segundos de sueño que perdía lavándolos. 

Los siguientes nudos eran amarillos, los nudos imaginarios. Las veces que dejaría de sonreírle a extraños. La tarde en que calcularía mal el espacio que ocupaban sus labios en su primer beso. La gelatina empezó a dividir en dos tablas los miedos inventados de los reales. Hizo una base de datos del sufrimiento:

  • 56 películas que no disfrutó porque no pudo comer palomitas con M&M’s 
  • 1 litro de jugo de guayaba con naranja porque no lo quería si no podía tronar las semillitas con sus dientes. 
  • 700 ml de saliva acumulada de antojo cuando sus padres comieron papas fritas frente a ella, mililitros que aumentaron exponencialmente en los últimos días antes del proceso. 
  • 126 noches que no durmió o durmió mal…

Esta parte fue tan rápida que a ella solo le dio tiempo decir: mis padres no me han llevado a componer. Entonces empezó a sentir muchísimo cansancio, sus ojitos se le cerraron y sintió en el calor de sus cachetes y el sabor de su saliva el paso del sueño. 

La gelatina decidió dormirla para continuar. No quería arriesgarse a que parte de su procesamiento del futuro se mezclara con la percepción de la niña. 

En las proyecciones psíquicas vio un aumento temprano de ansiedad, que de haber aparecido más tarde, quizás a mediados de su adolescencia, habría sido más fácil de tratar. Cuantificó la preocupación que sentiría la niña en los dos meses que tardaría la ortodoncia de la Inteligencia Artificial en regresar su mordida a la normalidad. 

Puso en la lista también los problemas que podían estorbar al establecimiento de relaciones duraderas amistosas y románticas. Y las sesiones de terapia en las que no hablará de este suceso por considerarlo tonto, pero tendrá ganas de hacerlo. 

Hacia el final identificó que otro de los hilos-herida de la mente de la niña estaba empezando a enredarse con este. En esos nudos que irían creciendo y creciendo y creciendo solo había dos cosas: la pulsera de la madre y el chaleco del padre. 

Minutos después, Nelia despertó. La voz le dijo: hemos terminado. La gelatina no soltó su mano hasta que sus pies tocaron el suelo. Ella acomodó su vestido con la mano libre. Dio las gracias y salió de la habitación.

Inhaló profundo, el olor a sandía se había transformado en un sabor que se quedó guardado en su lengua por un par de días, algo que la tranquilizaba, mientras sus padres y ella esperaban los resultados. 

Una semana después, el sonido corto del correo entrando a la casa los reunió a todos en la sala. La información obtenida por la gelatina fue sometida a una evaluación parcialmente humana, parcialmente artificial, leyó su padre de la pantalla en la mesita de en medio. 

Se determinó una suma bastante alta en compensación para la familia, aunque a los padres solo se les devolvería el doble de lo que habían gastado en el tratamiento, y el resto se congelaría para el uso de la niña en su mayoría de edad. Aunque la IA había hecho otra lista de sugerencias, la evaluación humana decidió descartarlas.

Su padre balbuceó algunas partes del documento, su madre leyó por encima del hombro. Ambos se dejaron caer en el sillón con un resoplido. Después de un rato, su padre dijo: ya no se sabe en quién confiar, y apagó la pantalla.

***

Años después, ella ya no pensaba en ese incidente. Solo una tarde, en que su madre le pidió ayuda para limpiar la nube familiar. No le gustaban las limpiezas automatizadas, y a falta del padre para hacerlo le tocaba a ella. Le dijo que llegara como a las dos, así les daba tiempo comer juntas. 

Para su sorpresa, la madre había cocinado casi todo. Se sentaron frente a frente. La madre abrió la boca muy grande para morder un pedazo pequeño de tostada, se chupó el pulgar con gusto, pero no el resto de los dedos, también manchados. Nelia la miró. Su madre disfrutaba demasiado de la comida, y aunque era algo que compartían, también era algo que las separaba. 

Ella terminó pronto y fue a sentarse en el cuarto de la nube. Alrededor suyo flotaron fotos, carpetas, documentos que brillaban, como el de la propiedad de la casa. Escuchó a lo lejos a su madre hablando con alguien y trató de entender la conversación. 

Primero lo vio muy por encima, distraída como estaba. Un documento de hace como veinte años o más. Por la antigüedad, debería haberse descartado hace tres limpiezas. Ahí, la sugerencia de la gelatina flotaba frente a ella, marcada en tinta roja. Decía que sus padres no estaban capacitados emocionalmente para cuidar de ella. La frase se fue enredando en su mente de a poco. La nube repitió: ¿conservar documento?

Nelia, sin darse cuenta, apretó la mandíbula. 

 


 

Lupita Zavaleta Vega. (Oaxaca de Juárez, Oaxaca, 1997). Escribe narrativa inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este PaísTierra Adentro y The Bayou Review; así como en la antología bilingüe Movimiento perpetuo Volumen III: Frontera (Iowa City, 2022). Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en la generación 2023-2024, y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes en el 2025.

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