Guadalupe García Alcoforado
En medio de una profunda oscuridad, escuchó al viento trayendo la voz de una mujer que decía su nombre, como un susurro casi inaudible. Llegó a pensar que lo había imaginado, pero en los sueños, todo lo que uno imagina puede volverse realidad.
No podía ver nada, sin embargo, algo dentro de sí lo hacía pensar que se encontraba en una cueva, sentía la humedad chocando contra su piel, el aire era pesado, entraba con dificultad en sus pulmones, y todo su cuerpo desnudo sudaba. Corrió intentando seguir la voz en lo que parecía la única dirección posible. Sus pies descalzos chocaban con el agua de la cueva, que respondía mojando sus piernas. No supo cuánto tiempo llevaba corriendo, sintió que habían sido horas, cuando finalmente logró salir. Estaba en un bosque que nunca había visto despierto. Frente a la cueva se encontraba un árbol con una flecha plateada incrustada en él.
El viento sopló fresco, secando con su aliento el sudor de su espalda y del roce entre las copas de los árboles, surgió de nuevo la voz de la mujer.
Esta vez la voz no parecía tener una dirección, sino que se encontraba en todas partes. No estaba dispuesto a rendirse, había escuchado aquella voz una y otra vez, no solo en sus sueños, sino también despierto. La primera vez que ocurrió se encontraba sentado frente a su computadora trabajando en su siguiente novela. De pronto, unas palabras que no eran suyas resonaron dentro de su cabeza. Supo inmediatamente que no era él quien hablaba, pues aquella voz aterciopelada era femenina. Un escalofrío lo recorrió, como si alguien hubiese hablado tras de él.
En aquella ocasión decidió ignorarla, atribuyendo el suceso a una alucinación provocada por las largas jornadas de escritura. Pero esa noche la voz también apareció en sus sueños y desde entonces no había callado, por el contrario, encontraba nuevas formas de comunicarse con él.
Desde hacía semanas, al despertar encontraba notas escritas con una letra que no se parecía en nada a la suya, sugiriendo ideas para su novela o con números telefónicos desconocidos y con el nombre de diferentes hombres como único indicio que él no se atrevía a marcar.
También había notado la intrusión. Decenas de páginas en su novela que él no había escrito. Algunas veces despertaba, se ponía a trabajar y al abrir el archivo encontraba las páginas ahí, pero en otras ocasiones, cuando se encontraba muy concentrado escribiendo, sus manos comenzaban a moverse solas sobre el teclado y las palabras brotaban sin que él pudiera procesarlas, como si no vinieran de él, como si el texto se estuviese escribiendo a sí mismo. Aquellas páginas seguían un camino que él no había pensado, pero que al leer, parecía ser el único posible.
El viento volvió a soplar y la voz pronunció su nombre. Solo en sus sueños se manifestaba de forma externa. En las horas de vigilia siempre emanaba de él. Sabiendo que no era posible encontrar un camino para seguir algo que estaba en todas partes y con la creencia de que en los sueños aparece lo que uno desee, decidió caminar derecho, siguiendo la vía marcada por el árbol con la flecha. Además del sonido que hacían las copas de los árboles cuando el viento las acariciaba, reinaba un silencio inquietante en aquel bosque. Puso atención para tratar de escuchar algún insecto, o un animal pisando un rama en el suelo, sin embargo, todo lo que pudo escuchar fue el sonido de un río al que se estaba acercando.
Su brillo, que podía ver a la distancia, se parecía al de un espejo puesto bajo el sol de mediodía. La voz seguía escuchándose en todas partes. A lo lejos, desnuda a mitad del río, le pareció ver a una mujer. Camino despacio, deseando que no lo viera, la mujer lavaba su cabello. Supo que era ella quien le hablaba, aunque en la distancia, noto que sus labios no se movían.
Se escondió detrás del árbol más cercano a ella. La mujer debió sentir su presencia porque volteo en su dirección y sus ojos se encontraron. Una sensación extraña lo invadió, como si se estuviera diluyendo. Sintió su cuerpo deshacerse, flotar como el viento que toca la copa de los árboles. Pero lo aterrizó el agua corriendo rápido bajo sus pies y frente a él vio a un hombre desnudo tratando de esconderse tras un árbol en medio del bosque. Sin entender lo que acababa de ocurrir, parpadeo un par de veces y cuando volvió a mirar en la dirección del hombre, que reconoció como él mismo, este había desaparecido.
Miró sus manos sin reconocerlas y se agachó hacía el río preparado para ver a la mujer reflejada en sus aguas, no obstante, lo que sus ojos percibieron fue la cara de un venado, con sus largos y gruesos cuernos a cada lado de su cabeza y su cuello unido al torso de una mujer de pequeños senos.
Asustado ante la visión, salió corriendo en dirección contraria a la que había seguido, en el camino sintió que su espalda se encorvaba y que comenzaba a correr con mayor agilidad. El viento había parado y se escuchaban a lo lejos los ladridos de una jauría de perros que corría tras de él y cuyo sonido apareció sin que él pudiera percibirlo, como si siempre hubiera estado ahí. Trató de tomar más velocidad para alejarse de ellos, pero como llevaba tanto tiempo haciéndolo, comenzó a sentirse cansado y terminó cayendo por un árbol tirado a mitad de su camino.
Los perros lo alcanzaron y sintió sus dientes incrustarse en su piel, los sintió clavarse y desgarrar sus extremidades como tela cortada. Quiso gritar, pero no pudo. Ningún sonido salía de su boca. En medio del dolor, y la sensación de estar rodeado por completo por seres que deseaban su cuerpo, recordó una escena de su novela. La protagonista, una prostituta treintañera, se encontraba en medio de una orgía, con hombres en su espalda, en sus pechos, en su boca, entre sus piernas, dentro de ella. Había escrito esa escena como si se tratara de algo placentero, ahora se preguntaba si no era en realidad como ser devorado por bestias hambrientas que solo te ven como algo que llena sus apetitos y que esperan muera rápido. Por un momento, sintió los cuerpos sudados rozando y chocando contra él.
Cuando despertó, todo su cuerpo dolía. Tenía la pijama pegada por el sudor y hervía de fiebre.
No encontraba la fuerza para levantarse de su cama y los recuerdos de su sueño le parecían tan reales que sentía las mordidas de los perros y las caricias de los hombres al mismo tiempo. Sabía que la pesadilla debía ser ocasionada por la enfermedad, pero en el fondo, había algo más, había visto a la mujer que le hablaba a través de su cuerpo. Pensó en una frase de algún escritor francés o tal vez mexicano “no se hace del yo un otro impunemente” y sintió con seguridad que aquella mujer le estaba robando algo que era suyo.
No estaba seguro de que era aquello, ¿robaba su yo o robaba su cuerpo?, ¿era posible considerar como un otro algo que sale de uno mismo? sin embargo, aquellas palabras puestas en su cabeza y en la novela no eran suyas. Se preguntó qué hacía que él fuera él y no pudo pensar en nada particular. Había tenido la misma infancia que cualquier niño de poco dinero en México, sus recuerdos bien podrían ser los recuerdos infantiles de aquella prostituta de su novela.
Nada, no había nada en su historia que pudiera diferenciarlo del resto. Iba a comer a los restaurantes que estaban de moda y pedía la comida que todos pedían. Vestía lo que se vendiera en las tiendas y disfrutaba de verse igual al resto. Su pensamiento seguía la ola popular, no expresaba en voz alta ninguna opinión que pudiese ser mal vista por los demás.
El único espacio que lo alejaba era la literatura. Ahí podía ser él mismo porque ser él, era no ser nadie. Yo siempre era otro porque yo no existía, nunca pudo hacerlo existir, solo podía crear al otro.
Volvió a dormirse. Sus reflexiones sobre la contaminación de un yo por un otro, o sobre un yo que se vuelve un otro se mezclaban de forma continua con sus pesadillos. Creyó ser una mujer devorada por un grupo de hombres hambrientos que le arrancaban la piel con mordidas tan grandes que sus caras se deformaban en muecas monstruosas, sintió a un grupo de perros penetrarlo al mismo tiempo por ambos lados, mientras masticaban sus pezones, sintió las manos de cientos de hombres tocando su cuerpo sin que él pudiera detenerlos.
Despertó al atardecer, la luz anaranjada del sol entraba por su ventana. Seguía bañado en sudor, pero la fiebre había pasado, solo quedaba el dolor de cabeza y la debilidad. Fue al baño para lavarse, pero al ver su cara en el espejo el miedo lo invadió. Era la cara de la mujer desnuda en el río.
Guadalupe García Alcoforado es ensayista, narradora y actualmente estudiante del Colegio de Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. Es becaria del Centro de Estudios Humanísticos y del Centro de Creación Literaria de la Casa del Libro.



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