Michelle Pérez-Lobo
Bisabuela
Mami nació en una cueva
porque querían matar
a su papá
por asesino.
Mami pudo nacer,
pero los hijos de esos
peones no,
pero la hija del campesino
no,
y entonces esa tierra
se convirtió en páramo.
Mami rodó
dc las piernas dc su madre
muerta de miedo,
rodó entre las piedras
de la cueva.
Su padre muerto de frío,
muerto sin su hacienda,
pensó que la primera noche
de su primogénita
sería en una cama blanca.
No pensó en la Revolución,
pequeño contratiempo
para los terratenientes
y sus hijas
y sus cuevas.
Lo bueno de Mami es
que nació
y que después tuvo
hijos calientitos
libres dc rocas
y de haciendas,
hijos desempolvados
que aprenderían
a ensuciarse pronto.
La maestra
Ella y yo hemos sido
la misma mujer.
Llora en el metrobús
y recuerdo que también
he llorado aquí.
La miro discretamente:
quizá en este vagón
sse despidió de alguien.
Sus pestañas se humedecen
mientras la imagino
soltando una mano.
Puedo verla reír
en el pasillo, evocar
tiempos felices.
Una joven le regala un kleenex.
Lo acepta y sonríe.
Me sorprende.
Yo solía esconderme
tras mi pelo. Fingía buscar
a alguien por la ventana.
Pero ella no. Sufre con franqueza,
con valentía. Sufre sin timidez
y sin escándalos.
Su tristeza transparente
se convierte en don:
solloza, y la admiro.
Tal vez su llanto aquí
es una coincidencia.
Tal vez su pena es más antigua,
ajena al metrobús, a las personas.
Tal vez la contuvo
desde la primera estación
y hoy la deja libre,
justo ahora,
para enseñarme.
SI JALAS UN HILO,
si cedes al impulso de tirar de él porque cuelga,
anarquista,
arriesgando la integridad del tejido
o porque parece absurdo, cansado,
harto de la tensión,
podrías deshacerlo todo:
la estructura, la prenda,
el trabajo invertido y las manos serpientes,
madres de nudos.
Así cuando la escritora permite el poema irregular,
el que desentona y se arroja
más allá de los límites de la página,
el que salta porque no se acopla,
porque tiene tentación de arrastrarse:
así cuando incluye, a pesar de las buenas conciencias
y lo que dictan los manuales,
un montón de versos que desafían la unidad:
el poema amenaza.
Llegará el momento en que un ojo recorra el texto
y se pregunte qué tienen que ver
unas estrofas con otras,
dónde estará el vínculo; cuando cuestione
si algo se escabulle, una pista,
si hay una trama invisible
o si la totalidad es espectro;
el poema navaja romperá las costuras
para rasgar la obra, el entramado
se irá deshilvanando
lento
hasta que las imágenes, los signos
queden reducidos a escombros,
dispuestos a significar de nuevo.
El estanque
La cicatriz más grande dc su cuerpo
iba desde los párpados
hasta los tobillos. Marcaba toda su carne
esquivando lunares,
surcando arrugas y estrías en puentes,
en pequeños pozos,
lagunas dc poros y venas, cánceres no detectados,
protuberancias benignas, armoniosas;
una vena seca, rosácea, firme al tacto
pero vulnerable por dentro; botón
que detona el accidente,
el vestigio más humano del trauma.
Su cicatriz parecía un remiendo
de tejedor inexperto, medalla
del organismo que presume sus fallas,
sus tropiezos; que se echa de cabeza
en un último gesto dc orgullo
para enarbolar el dolor como victoria.
Su cicatriz, con todo y su anatomía torcida,
narraba su historia,
una constelación de oro que se forma
cuando se reúnen los trozos
de una vasija rota.
La mujer y su cicatriz.
Los dibujos de su piel como las ondas concéntricas
que surgen tras lanzar una piedra al estanque:
sus efectos permanentes
en la dermis, ondulaciones que nunca terminan,
agua que jamás será la misma.
SIEMPRE VA A FALTAR ALGUIEN.
Hacer un retrato implica una elección:
los rasgos de una persona que prevalecen
sobre los de otra. Una palabra que se prefiere
a su sinónimo. La pincelada de un solo color.
Perpetuidad y anonimato.
Cuando aparece una figura, otra se esfuma.
Aunque en las facciones de un individuo
habiten sus antepasados, un árbol entero
arraigado en su rostro, toda una vida,
al enmarcarlo sólo a él, al volverlo personaje,
quienes le rodean ya no existen.
Porque el sujeto es siempre uno. Porque la mirada,
la lengua, son insuficientes ante la multiplicidad.
Ellas también están condenadas a elegir.
EL POEMA NO VA A DILUIRSE
si está atado a los otros.
Será aceite
si resplandece en el desierto;
será una tela
si puede limpiarse a sí mismo.
Todo significa, todo alumbra y relincha
en el silencio:
las uniones más perversas,
fracturas, hipérbaton,
cascadas afónicas,
nostalgias rutilantes desde lejos.
Todo simboliza, todo suma, todo teje
incluso después de las palabras.
El poema aquí se queda
para expresarse a sí mismo,
escupir si es necesario;
quién más podría,
con qué fonos, con qué cuerdas,
con qué espanto.
Los sinónimos no existen,
sólo las redes
que se atan sigilosas,
reprimidas
para que las elipsis griten.
Fantasmas
Se quedan sin esbozo
dos payasitos de semáforo, hermanos,
dando tumbos a las once de la noche;
un perro callejero,
el cadáver de un perro callejero arrumbado en la carretera,
los cachorros famélicos de un perro callejero;
las tribulaciones posibles de la hermosa quinceañera
en una fotografía blanco y negro;
los retratos de familiares ausentes,
víctimas de secuestros sin resolver;
la dama que cometió la bajeza
de meterse en la fila del súper
sólo por llevar sombrero;
el loco de la cuadra que me gritó aquella tarde
para exorcizar sus demonios;
los vecinos de las drag queens
hartos ya de sus tacones,
en el fondo celosos de su belleza;
un padre peleando por teléfono
con la madre de su hija
(la niña que atestigua indiferente los insultos
pues los considera frases cotidianas);
las dos amigas que lloran
tomadas de la mano
al asistir a su primera marcha;
una crónica de cómo se conoció la pareja
que hoy festeja su trigésimo aniversario;
el poema de Crystal, una mujer trans
que en el documental sobre la búsqueda
de un poeta perdido
dio una conmovedora entrevista
sobre su propia desaparición;
el poema de Lorenzo, un vagabundo
al que le dio un ataque de epilepsia
frente a un lujoso restaurante;
las canciones favoritas del argentino que vende discos;
los relatos secretos de los ganchos
que aparecen en la acera.
Se quedan todos ellos en potencia:
flotan en un universo reprimido,
el basurero de los borradores, las tachaduras,
el cajón de lo que no se escribe;
duermen, esperan su turno, se aburren, se esfuman
tal vez por mi falta de osadía,
porque no pude encontrar las frases exactas
para capturarlos, entender mi necesidad
de significar sus rostros, sus silencios; de allanar
los abismos
que hunden cualquier diálogo posible;
porque no supe cómo trazarlos
sin cometer atropellos:
porque me dicen que la descripción es fría,
que mi imaginación tiende a ser redentora,
que al caracterizar se corre cl riesgo del costumbrismo;
porque la poesía no tiene por qué
salvar a nadie.
Sí, todo esto es cierto: aquí estoy, llena de vicios,
de privilegios, una conciencia parcial,
una empatía que no se logra siempre;
aquí estoy, autodenominada testigo, poeta,
tratando de representar justamente
a los otros, y con permiso de quién;
pero que conste en este verso que eso no interesa:
la primera persona sale sobrando, sobro yo;
que conste aquí
que la carne siempre ha sido carne, las mujeres, los señores,
la infancia, la vejez, los animales; los sentimientos que provocan
existen, y las contradicciones y los espejeos
y las preguntas que suscitan también,
con todo y sus distancias kilométricas, espaciales, emocionales;
para qué negarlas, ahí están, vamos a verlas;
las confrontaciones y los cuestionamientos y las clases,
las lenguas y dialectos, la discriminación, la catarsis, el perdón
entre ellos se entretejen; son la red que sin quererlo nos enlaza
a quienes vivimos en este país, de punta a punta,
atravesados por los seres que no vemos, que elegimos no ver,
deliberadamente ignorados día a día;
somos los otros, los fantasmas de los otros,
sólo figuras, extranjeros dc sí mismos
preguntándonos por qué y para qué.
Michelle Pérez-Lobo


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