sábado, septiembre 23, 2023
    Éramos un balneario

    Iveth Luna Flores

     

    Tenía escrito un poema 

    que hablaba de una nube

    cubriendo la punta del cerro,

    en ese poema me ponía cursi

    y decía que la nube que vi

    parecía una torunda de algodón

    curando las heridas del Cerro de la Silla.

    Raro porque odio la palabra herida

    y sobre todo porque no quiero poetizar

    lo que roban las pedreras.

    No son sus montañas ni las nuestras,

    ni siquiera los árboles que viven ahí,

    los animales, el agua, las piedras,

    toda esa flora y fauna.

    Lo único nuestro, nos gritan,

    nos reclaman, nos denuncian:

    es la contaminación.

    Este no es un poema de denuncia,

    yo sé que no les gustan

    las denuncias formales.

    Sin embargo, este es un poema para decir

    que ya no soy la misma

    desde que no tomo café,

    que miro por mi ventana cada mañana

    y solo veo una gris espesura,

    una neblina extendida,

    una amarga bola de humo

    tapando las faldas de las montañas.

    También aprovecho para rememorar

    que antes yo vivía en un balneario

    atestado de niños,

    pies descalzos brincando

    rumbo a una playa artificial,

    había copas de árboles 

    y mantos acuíferos,

    pero con los años

    nos bombearon el agua de los ojos 

    para que no pudiéramos llorar.

    Ese balneario ya no existe,

    sembraron un centro comercial,

    talaron los árboles 

    y mordieron de mi infancia

    el único lugar donde podía refrescarme.

    Pero volvamos, tenía yo

    un poema escrito, muy cursi,

    donde hablaba de que en mi corazón

    llevo un montoncito de tierra

    taladrado y minado,

    que en tiempos de calor

    me rasco con mis uñas morenas

    y que yo sé que debajo del cemento

    de la colonia donde vivo

    hay cuerpos boca abajo

    sepultados por los edificios.

    Quería hablar de la tierra,

    de su acumulación exacta,

    de la seguridad que me da ver a las montañas

    como una hilera de abuelas cuidando a sus nietas.

    Lo que quería contar, en realidad,

    era que de niña, allá en Apodaca,

     a falta de mar y de ríos,

    bebía Joya de ponche

    que me dejaba unos bigotes rojos,

    rojos como la sangre que le salió

    a mi pollito de colores

    aplastado, accidentalmente, 

    por el huarache de mi madre.

    Tenía yo un balneario en verano,

    las pocas lluvias que dejaban

    hilitos de agua sucia por las calles de mi barrio,

    tenía refrescos baratos, mangonadas,

    sabalitos y bollos de mango con chilito.

    Todo esto no cabe en un poema

    pero quería encontrar la manera

    de sentirme fresca.

    Luego de tanta metáfora

    sólo se me ocurrían las montañas

    y también su devastación.

    Tenía escrito un poema

    que hablaba de una nube, 

    pero dejemos en paz a la nube 

    que yo

    no quiero ser cursi.

     

     


     

    Iveth Luna Flores. (Nuevo León, 1988). Poeta. Licenciada en Letras Mexicanas por la UANL. Ha publicado Comunidad terapéutica (Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes Vidal 2016). Fue becaria del Centro de Escritores de Nuevo León, del programa Jóvenes Creadores del FONCA y ganadora del taller de escritura creativa Punto Final, Laboratorio de terminación de obra convocado por Fondo Ventura A.C., la Feria Internacional del Libro Oaxaca (FILO) y Editorial Almadía. Su obra ha aparecido en diversas revistas y antologías nacionales e internacionales.

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