Iveth Luna Flores
*Este poema fue escrito con las respuestas de las personas que contestaron un sticker de pregunta en mi historia de Instagram. Les pregunté: Si pudieran robar algo sin recibir castigo ni ir a la cárcel, ¿qué robarían?
Las personas robarían casas, casas, casas
si no las castigaran,
robarían un terreno para crecer vegetales,
un ranchito con animales
o una casa abandonada del centro
para ponerla bonita y plantar un huizache.
Robarían la casa de la abuela
que tantos años llevan disputándose los tíos,
entrarían a esa otra casa a la que ya no pueden volver
sólo para hurtar la urna
de la dolorosa madre muerta.
Se meterían a la fuerza
a alguna propiedad privada
en la orilla de una playa de Yucatán:
vagabundos de la arena
apenas quieren ser una concha,
la espuma de una ola o un caballito de mar.
Las personas, si pudieran saltarse la ley,
robarían un aburrido carro del año,
un enorme barco, una jeep
o una simple bicicleta.
Hay otras que sueñan con saquear un Costco o un Petco,
quieren llevarse bolsas de croquetas y cajas de arena,
o bien, entrarían a un HEB a robarse su despensa
de cada semana, de cada mes,
tomarían la comida para su familia completa,
robarían toallitas sanitarias, artículos de higiene,
juguetes y hasta una enorme caja de Skwinkles
con tal de cumplir una tierna fantasía infantil.
En este sentido, no les importaría asaltar
un camión de papas Sabritas
ni volver de nuevo al Office Depot
para robarse las mismas cosas
con las que los agarraron en el ayer.
Robarían, pues,
discos, películas, ropa y zapatos bonitos,
ternurines, una laptop
y libros, libros, libros.
Hay personas que quieren robar
algo demasiado específico:
un tanque de gas, una cirugía bariátrica,
medicamentos y antidepresivos,
antirretrovirales y medicamentos para terapia
de reemplazamiento hormonal para personas trans.
Personas que le arrebatarían el cáncer a su abuela enferma,
usurparían otros cuerpos más estéticos
de acuerdo a algún canon de belleza.
Hay mujeres que si pudieran hurtar sin recibir
ningún absoluto castigo
cavarían en las tumbas del cementerio
para robarse algunos huesos,
sustraerían a su papá del más allá,
le quitarían a la muerte esa amiga a la que
se recuerda especialmente en los veranos.
Hay hombres que entrarían en las sombras para traer de vuelta
a la esposa que falleció hace cuatro años,
hombres que si pudieran romper el código civil
se llevarían de la casa de su suegra
al gato de su esposa fallecida.
Existen individuos que se robarían igual plantas,
en especial las orquídeas,
que la taza favorita de la vecina.
Hay gente que se llevaría tranquilamente
a un gato hermoso que vio en el parque
y hay otra que de la misma manera
vaciaría un cajero automático.
Sujetos a los que les interesa robar contraseñas
y boletos de aviones
así como a otros les gustaría hurtar una cajita musical,
un piano de cola,
y hasta la obra completa de Gabriela Mistral.
Hay personas que si pudieran robar sin poner un pie en la cárcel
no dudarían en hurtar 1 gramo de antimateria,
hay otras a las que sólo les interesa
las joyas que su mamá perdió
hace tanto tiempo en una casa de empeño.
Son cosas tan puntuales y desconocidas las que desean
como un escritorio que está dentro de alguna SEP
y que cuentan que está embrujado.
Hay gente que quiere robar las clásicas joyas
valuadas en millones, y hay otra que
simplemente quieren robar instrumentos musicales.
Yo sé de diferentes personas que anhelan entrar a los museos
para sustraer piezas de arte:
Primavera de Giuseppe Arcimboldo,
Almendro en flor de Vincent Van Gogh,
una pintura de René Magritte,
el Calendario Azteca y la Coyolxauhqui,
o mejor el micrófono manchado de Selena
que se encuentra en Corpus Christi.
Hay alguien que anhela una máquina de escribir,
y hay otro que solo quiere robar el amor,
hay alguien que desea una pensión vitalicia con interés compuesto,
y hay otra que nada más quiere robar tiempo, tiempo, tiempo.
Hay una que dice que quiere robarme a mí
igual que hay otro que también me robaría
si no pudiera recibir ningún castigo,
hay otro más que quiere
hurtar de mí la extraña luz de mis ojos,
y así hay tantos que anhelan siempre lo otro.
Hay alguien que robó las historias ajenas
para meterlas aquí
y convertir este poema en un robo,
robo, robo.
Iveth Luna Flores. (Nuevo León, 1988) Licenciada en Letras Mexicanas por la UANL. Es autora de los libros de poesía Comunidad terapéutica (Premio Nacional de Poesía Joven “Francisco Cervantes Vidal” 2016), Ya no tengo fuerza para ser civilizada (Editorial Universitaria, UANL, 2022), Mis amigas están cansadas (Dharma Books, 2024) y del libro de ensayos Neblina afuera (Sexto Piso, 2025). Fue becaria del Centro de Escritores de Nuevo León, del programa Jóvenes Creadores del FONCA y del Sistema Nuevo León para el Impulso Artístico y la Creación. Imparte talleres de poesía para principiantes y especializados en diversos temas como la familia, la amistad y el paisaje urbano.







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