Alan Valdez
Parte Uno
El rostro hundido en el agua nublada
¿Qué mira? ¿Es mi propia cara?
¿Es una nube?
En el puente nos detuvimos. Había una pareja de gansos. Las columnas más el día nublado vertido en el agua como pintura blanca en una pared sucia. Los gansos batían sus alas. Graznaban y su grito alargado de una orilla a la otra inquietó a los peces.
Uno seducía, el otro borroneaba su dibujo hecho de círculos.
Ambos, pincel y hoja, y también la mano recargada en la superficie.
Ambos, es decir, color y orden.
Sin embargo, la corriente del río pasaba con dirección al Mississippi. Tú te quedaste buscando piedras. A veces iban personas y los carros encima de nosotros de este a oeste.
Yo quería tomarles una foto a los gansos.
Ambos amedrentaban la corriente.
Desde una esquina, escondido detrás de una de las columnas, espiaba su ajetreo. La pequeña puerta sin cerrar y yo veía sus cuellos alargarse como los dedos de un escalador sobre la hilera.
Detrás pasaba una pareja tomada de las manos. Los gansos graznaron una vez más antes de alejarse por completo.
En el río sus lomos y cada una de sus plumas eran grises e impermeables.
Tomé una foto de un grafiti con una cara. Tú no te quedaste con ninguna piedra.
Desde ahí, después de cruzar debajo del puente, sentimos al aire cambiar.
La primera ventisca era como de nieve que lleva varias horas cayendo, pero en seguida, en medio de un hueco de sol, saludamos a una madre con su hija, el aire se desdijo, el sol nos recibió en la entrada del parque y comenzamos, así como las nubes, una forma nueva y sedosa que no tenía idea de nuestro minuto anterior.
Entramos al parque.
Parte Dos
El día acicalaba su cresta sobre los árboles en el bosque nuevo
No había nadie entre las hojas hasta que lo viste
El animal estiraba sus orejas.
Musgo y cartílago y nuestros dedos señalando toda su anatomía.
Las sombras de nuestras manos avanzaron desde los pies hasta el asombro.
Exploramos su pelaje, en un costado le crecían más patas que en el otro. Sus orejas repletas de brotes a punto del verde, pero aún el invierno en sus orillas.
Su lomo, llanura recién nacida, opaca y sigilosa, era la liebre que esperaba con indiferencia los largos ríos que íbamos a recorrer.
Yo con la liebre, dijiste.
Y yo también con la liebre.
Así que le preguntaste un prodigio.
Tenías el papel y el carbón en la mano, a punto.
Luego, retiraste la duda.
Decidiste no dibujar y después de eso en vez de seguir el camino de concreto, consideramos las veredas unos segundos.
Un camino que empezaba entre una zarza y un árbol escarbado por termitas.
O la bienvenida del otro que iniciaba entre unas casitas de pájaros desocupadas y un tronco astillado por cuchillo.
De pronto, las gallinas clamaron.
Era el gallo que arrancaba una lombriz del lodo casi como dedos que toman una lengua por la punta.
Sin embargo, la maniobra, que delicada al comienzo, se deshizo. La cresta del gallo quedó repleta de mugre.
Nosotros tomamos agua.
Guardamos los utensilios y entramos en el camino de lodo como si hubiéramos entrado a una habitación recién pintada.
Parte Tres
El círculo del sol baja entre las ramas y se desfigura.
Ese es su acontecimiento
Los árboles comenzaron otros nombres. El señor. La especie marina. El voluptuoso. El contemporáneo. La dama. El afilador. El hermoso. El desfile era permitido, así que nuestra pequeña feria, como todas las ferias, tenía un adivino como último acto.
Quisimos preguntar. Su esfera recién sacada del equipaje. Tan transparente que lo único que señaló era el otro lado como el otro lado de las cucharas.
Nos hizo su espectáculo. Adivinó cómo se llamaba mi mejor amigo de la infancia y supo cuál fue el último ser querido que se te murió.
Echó su palabra.
El aire no cambió. Tampoco escuchamos pájaros.
Aunque desde lejos llegaba el sonido de los motores de los autos que atravesaban el puente.
Así que yo pensé que se trataba de dos árboles creciendo demasiado cerca el uno del otro.
Tú aseguraste que era el mismo árbol, esforzado quizá, como el compás en semicírculo que deja la luz de una vela.
Decidiste pasar por en medio.
Después encontramos varios contenedores de metal oxidados.
En ellos crecían la hierba y en su interior, a pesar de lo poroso, un poco de lluvia junta dejaba que el circulo del sol brillará sobre la fetidez.
El agua, ahora con ojos, así como una serpiente que tiene manchas ovaladas a lo largo de las pieles, nos miraba de regreso.
Sus bordes carcomidos, listos para la hendidura del tétanos por la carne.
Me acerqué.
En la tapa, el sol había fijado la sombra de unas hojas.
Tomé una foto y, por el exceso de luz, nada pudo distinguirse en mi imagen.
Es el sol,
así es su acontecimiento,
fue lo único que mencionaste antes de seguir caminando.
Parte Cuatro
El hombre casa
La mano con carbón dibuja sobre la piel del río.
El árbol y su corteza como de flechas encontradas recuerda al signo cuneiforme de la vida.
Tus dedos se llenan de carboncillo y es tu palma y la palma del árbol que nos enseña más hendiduras.
El carbón aprende el ir y venir de esta madera.
El árbol comienza también a marcar las líneas de nuestras manos.
Se presenta ante nosotros.
—Hola, mucho gusto —dice—. ¿De dónde vienen?
—
—¿Y es ahí donde está la mejor ciudad de América del Sur?
El hombre casa se sabe cada uno de nuestros dientes y dónde está cada uno de ellos enterrado.
Se marcan mejor las líneas de la palma y en frente de nosotros la vereda se multiplica.
Me río. Me cubro la boca. Me lleno todo el rostro de carbón.
Ambos acordamos que la silueta del dibujo recuerda la figura de un hombre.
—Pero ¿qué es eso, su cabeza? ¿Parece una casa?
—¿Por qué todas las casas que dibujan los niños tienen esa forma?
—Un cuadrado y un triángulo. Es la casa más fácil de dibujar.
—Pero las casas donde crecí no eran así.
—Donde yo crecí tampoco.
—Entonces, ¿de dónde salió?
—Quizá de Europa. De las casas con techo para la nieve.
—Esta semana se termina el invierno.
—¿Cómo lo sabes?
—Mira, por allá. ¿Los ves? Son los siempreverdes.
—Ese verde es mi favorito.
— Yo no sé cuál es mi favorito.
Parte Cinco
La historia del árbol
—¿Sabes por qué las plantas se quedan sin hojas en invierno?
—Creo que la historia del árbol comienza así:
Allá arriba, los árboles, en su delicado estiramiento, hablan directamente con el sol.
Y cuando el sol no está, se mueven por las noches como bailarinas dirigidas por su propio deseo, árboles ansiosos de ser admirados por las estrellas cuando el cielo de agosto es limpio.
¿Por qué los árboles renuncian a su follaje?
En invierno cubren toda la tierra, una cobija hecha de hojas muertas que cuide a los brotes que están por nacer de la respiración del hielo.
Comemos una manzana. Estamos bajo unos siempreverdes. La saliva se mezcla con el jugo de la manzana y cae.
He perseguido la gota hasta el suelo.
Mi baba se ha regado sobre el follaje rojizo del suelo debajo de mí.
Me inclino.
Diría que es casi una reverencia si no fuera por lo torpe del movimiento.
Es una reverencia.
Descubro la hoja.
Es marzo.
Descubro la hoja y veo un pequeño brote verde empujarse hacia arriba, hacia mí.
Descubro más hojas y hay más brotes acercándose hacia mí.
Todo está vivo. Todo es verde debajo de nosotros. Es mentira lo que dicen del invierno.
Parte Seis
Mandarina
Avanzamos por el río. A veces saludamos a otros paseantes. Al igual que nosotros, ellos se hacen las mismas preguntas. ¿Quiénes son estas gentes, las gentes de por sí? ¿Por qué llevan una fruta y un carbón y una hoja ocupándoles las manos? ¿Ese señor siempre habrá usado anteojos? ¿Es mejor la palabra anteojos que lentes?
Nos acomodamos los anteojos de sol.
El hambre nos va rodeando y nuestros dibujos se llenan de sombras tranquilas donde solo falta un animal reposando.
El día, así lo entendimos, es una fruta que se quita a sí misma los gajos.
¿Quieres mandarina?
Oigo la pregunta, sostengo la fruta frente al cauce. Su color redondo y cíclico me parece más adecuado que el sol. Sus ojos sobre el agua, ya después de tantos prodigios no me impresiona como hace rato debajo del puente. Sin embargo, dos gansos, tal vez los mismos, navegan dejando una flecha en el agua que termina por atravesar mi visión de la fruta.
¿Quieres la mitad más grande o la más pequeña?
Ponemos las cascarás sobre un árbol acostado. Parecen piezas de porcelana listas para recibir a la visita. Los gansos hacen más flechas, cada uno de sus tiros termina en la diana. Quiero fotografiarlos, pero mis dedos están pegajosos por la fruta.
¿Nos comemos otra mandarina?
Tus manos llenas de carbón manchan la mandarina. La fruta queda dibujada de sí misma en su propia cáscara. Mientras la sostienes tus manos hacen la forma de un animal.
¿Cómo ocurre eso?
Perder la forma en la boca; de nuevo la baba se combina con el jugo de la fruta.
Pasa un ciclista cubierto hasta la cabeza con su traje deportivo.
Nos saluda a la vez que su bicicleta de montaña horada el lodo con la huella de su neumático.
¿Dejamos las cáscaras en el árbol o nos las llevamos?
Parte Siete
Movimiento de los barcos
Lo hemos visto. En el río el movimiento de los barcos dirigiéndose con la carga hasta el horizonte, más allá de donde el agua está por dar la vuelta.
Decidimos que es hora de regresar.
Te preguntas por la liebre.
Mencionas varias veces que el sueño de seguir al animal a su madriguera se ha cumplido.
Estoy de acuerdo, y enumero rápidamente cada uno de los prodigios de hoy.
Hasta nos dimos el permiso de nombrar a esta región como la Bahía Canta el Perro.
El movimiento de los barcos sigue pronunciándose.
Yo crecí en el mar, desde mi casa veía el mar.
Yo crecí viendo la montaña, desde mi casa se veía la montaña.
Además del carboncillo, la cámara y las mandarinas, cargamos con la poesía de Szymborska.
Estamos de acuerdo en que ella nunca visitó esta región del mar.
Así que mientras el movimiento de los barcos mece lo que le queda de luz al día, en su arrullo pasa que la tormenta arrancó todas las hojas del árbol menos una hojita.
Nos despedimos de la hojita y de los barcos.
Llegamos a la entrada de la vereda.
La liebre ahí sigue.
Le pedimos permiso y nos deja acariciarle su pelaje. Su lomo y sus orejas son tan suaves como espigas de trigo sobre los campos.
Una ciclista avisa con su campana.
Volteamos, la liebre despierta y se queda quieta justo en el límite entre nosotros y el bosque.
El animal no voltea, alza sus orejas una vez más y salta hacia la noche que viene desde aquel otro lado de la bahía.
Salimos del parque. La última luz del día te deja encontrar la silueta de una hoja grabada sobre el concreto de la acera.
Sacas el carbón y el pliego una vez más.
Cuando terminas de grabarla en el papel, alzas la hoja para mostrármela.
Estiras tu mano y el aire agita la hoja y mueve tu cabello en una misma dirección y luego en otra. El aire arremete una vez más, el papel casi se vuela, pero logras sostenerlo apenas con ambas puntas de los dedos.
Todos los demás árboles atienden la destreza de la hoja.
Mañana, justo, termina el invierno.
Alan Valdez. (Chihuahua, 1992). Escribí La pérdida de voluntad en el agua (FCE/Tierra Adentro, 2021). Me gustan las nutrias, hacer música en sintetizador, que Quignard procure el silencio y, sobre todo, el poema 135 de Emily Dickinson.









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