La acción de procesar

Coral Aguirre

 

Proviene del latín processus, formado por pro (“adelante”) y cadere (“caminar” o “marchar”), por lo que significa “avance” o “progresión”. Así dice el diccionario etimológico. Como en todas nuestras acciones incluye tiempo y por ende espacio. Y en el caso del pensamiento incluye acciones subsidiarias como problematizar, vale decir criticar que a su vez implica otras acciones subsidiarias: comparar, anteponer, elegir, desechar, compartir etc.

En el caso de la creación, que es lo que me interesa, el acto de procesar es bastante complejo y por momentos enigmático. No hay creación sin proceso aunque se vuelva incluso inconsciente para el propio creador. Tomo como ejemplo mi propia experiencia: en un pueblo pequeño cercano a la capital de Nuevo León, advierto sobre una banca tres mujeres que me saludan con risas y llamadas, me acerco y platico con ellas, al final me dedican una canción. Me alejo deslumbrada por esa gentileza espontánea y orgánica. Imagino a las tres como dadoras de frutas y flores, las veo con sendas bandejas cargadas de ellas al paso de los caminantes. Sospecho que hay una carencia, ¿quiénes son los receptores de los dones? No los hay, ellas exhiben sus regalos sin consecuencia. Carecen de ello. Poco después escribo Sistema de ausencias, un relato que las nombra. En él, relato la ausencia de los hombres que se han ido “al otro lado” en busca de sobrevivencia. El proceso es palpable. En toda asimilación de experiencias se produce aún sin advertirlo un proceso de conocimiento y formación.

Todo proceso de creación significa una evaluación, que a su vez integra otras muchas acciones, como comparar, desechar, elegir, etc. En el caso del arte, por ejemplo, denotar la participación del proceso en toda su magnitud es sumamente difícil, pues la asociación libre, según cada sujeto artista, pertenece al propio universo del dasein, esto es, del “ser ahí”. Es casi inasible seguir los pasos de una conciencia en libertad de relacionar paisajes, seres, mundos, y darles una consecución estructurada en la escritura, la pintura o la música, por dar ejemplos.

Así como al caminar o viajar por rutas y caminos el paisaje cambia constantemente, lo mismo sucede en el laberinto de nuestros pensamientos. Comienzo una novela o un cuento, pensando que se trata de un sujeto femenino y de pronto advierto que mi personaje es hombre. Compagino un pasaje en sol mayor y pronto advierto que el tono mayor no cabe, necesito las sutilezas del tono menor. Empasto una tela con un rojo vivo y al seguir los lineamientos de mi visión advierto que debo aminorar los tonos fuertes y vívidos.

Proceso, dice la definición, adelante y caminar, esto es espacio y tiempo. Lo uno no existe sin lo otro. Lo cual implica asumir la muerte, por ejemplo, o el paso de las estaciones, la violencia del invierno y la beatitud de la primavera.

Cuando era joven nunca supuse mi muerte, mi verano fue largo y abundante. Ahora la muerte camina conmigo y aunque no me dé miedo siento, a veces, su respiración sobre mi cuello. No obstante, hay procesos menos dramáticos, como los aprendizajes en su mayoría, los cuales nos dan satisfacción y alegrías. Soñé con ser bailarina y ya enhiesta sobre mis zapatillas de punta dura, al girar una y otra vez creí estar soñando, me dijo una vez una amiga. El proceso había sido largo y tortuoso en su caso, sufrió una quebradura en la rodilla y tuvo que comenzar de cero una vez sana.

Los procesos creativos donde algo le es revelado al autor, son largos y costosos con grandes excepciones. Borges da prueba de ello en su poema Arrabal:

El arrabal es el reflejo de nuestro tedio.

Mis pasos claudicaron

Cuando iban a pisar el horizonte

Y quedé entre las casas,

Cuadriculadas en manzanas

Diferentes e iguales

Como si fueran todas ellas

Monótonos recuerdos repetidos

De una sola manzana.

El pastito precario,

Desesperadamente esperanzado,

Salpicaba las piedras de la calle

Y divisé en la hondura

Los naipes de colores del poniente

Y sentí Buenos Aires.

Esta ciudad que yo creí mi pasado

Es mi porvenir, mi presente;

Los años que he vivido en Europa son ilusorios,

Yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires.

Finalmente pudiera añadir que aquella obra, creación, ensayo o lo que fuere que estemos realizando, nos empuja a repensar, rever, reintentar, corregir, quitar o agregar, sin duda nos ha cautivado, y admitir que la espontaneidad de la idea y del comienzo va a enriquecerse con lo que agrega nuestra costumbre, imaginación, deseos y hábitos, y la larga reflexión gozosa  en la que hemos venido a dar, será la sal y médula, en este proceso, de su resultado.

 


Coral Aguirre (Argentina, 1938). Es una artista de larga trayectoria y con reconocimientos nacionales e internacionales en varias disciplinas. Ha sido música, actriz de teatro, directora de teatro y dramaturga; actualmente su trabajo se centra en el ensayo, el cuento y la novela. De origen argentino, inició en aquellas latitudes su primer oficio como música de orquesta y pronto eligió el teatro como herramienta de combate, castigo por el cual su grupo, Teatro Alianza, fue objetivo del Terrorismo de Estado, de la persecución, desaparición, prisión y asesinato, tras lo cual el exilio en Europa y finalmente en México se convierten en el destino de Coral. En 1988 es invitada como promotora cultural al coloquio La dimensión del desarrollo cultural en América Latina, que se realizó en Ciudad Victoria Tamaulipas auspiciado por la SEP. Durante ese lapso La cruz en el espejo, texto dramático sobre Sor Juana Inés que obtiene el Premio Nacional de las Artes en Argentina y es publicado, obra presentada posteriormente por Guillermo Samperio a la sazón subdirector de Bellas Artes junto a Víctor Rascón Banda, Héctor Azar y Tomás Urtusástegui. En 1989 escribe sobre un cuento de Marguerite Yourcenar El inútil combate, un texto dramático que obtiene las críticas más auspiciosas por parte de Sabina Berman, Bruno Bert y Víctor Hugo Rascón Banda. A partir de allí comienza a escribir cuentos explorando las migraciones, la trashumancia, la violencia, la pobreza y desolación de los pueblos, pero también  sobre una suerte de fineza (en términos de Sor Juana) y una calidez que nunca antes había conocido.

Dice el crítico norteño Roberto Kaput: Coral Aguirre inauguró entre nosotros la novela de la posmemoria, una de las últimas manifestaciones de la novela política en América latina. En la trilogía de la memoria (Los últimos rostros, El resplandor de la memoria y Una patria aparte) reconstruye entre generaciones los últimos 50 años de la región, de la frontera norte de México a la Patagonia. (…) Con ello, la autora vuelve a poner en circulación la memoria de una generación de proscritos. Las novelas de Aguirre nos conectan con la memoria latinoamericana reciente y con la tradición de narradores del Río de la Plata…”

Finalmente, soy del sur cuya frontera es el Río Bravo, en esa parte del desierto donde no crecen violines ni mariposas pero donde muchos como yo se obstinan en el milagro de la escritura.  

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