Coral Aguirre
Como sabemos los niños deben experimentar las cosas para comprenderlas cabalmente. Recuerdo muy bien que el acto de robar era para mí, a los 6 años una palabra vacía de contenido, aunque, dada mi percepción de las cosas y mi rapidez mental pudiera suponerse que entendía el alcance de la palabra. No era así, sin embargo, tuve que experimentar de qué se trataba en mi primer año de primaria, cuando me sentaron con una niña que carecía de todo lo que a mí me sobraba según mi entender. No llevaba delantal o guardapolvo como se decía en aquellos tiempos, y yo que desde siempre tiendo a dramatizar más de lo que conviene la cotidianeidad y su costumbre, ante esta criatura despojada del uniforme correspondiente me desesperé. Regresé de la escuela con el drama en que una niña era tan pobre pero tan pobre que no tenía delantal. Mi madre, quien seguramente había plantado en mí esas inquietudes de querer arreglar el mundo, se sintió tan preocupada como yo y al día siguiente me mandó a la escuela con un delantal de los míos en un paquetito. Yo tenía tres y ambas habíamos convenido que dárselo era lo mejor que podíamos hacer. La niña me agradeció sin entusiasmarse demasiado y yo me sentí santificada por la obra de bien que había realizado.
Con el correr de los días seguimos sentándonos juntas y fue en ese lapso que mi mamá me compró una caja de lápices de colores. Al otro día de estrenarla en la escuela, cuando llego a casa advierto que me falta el color rojo. Caí en desolación. Qué había pasado, cómo pude perderlo. ¿Lo tenías en la escuela? Preguntó mi madre, Claro, respondí rápidamente, lo puse sobre el pupitre y también lo usé. Un día después o dos ya me faltaba también el azul. NO podía creerlo y sin darme cuenta revisé mi propia cartuchera de colores y después la de mi compañerita sin pensarlo dos veces. Allí estaban mis colores. Rojo y azul. Regresé a casa más desolada, la misma criatura a la que yo había regalado un delantal, ahora me robaba mis lápices. Mi madre trató de hacerme comprender, pero no lo logró. Por mucho tiempo no pude razonar tamaña ingratitud.
Desde entonces tengo para mí, que robar es una de las palabras más ominosas del lenguaje. Porque pone en entredicho lo que es más importante en nuestra relación con el prójimo: la lealtad.
A lo largo de los años y hasta el presente, he sido objeto de grandes y pequeños robos, en mi casa, en mi trabajo, en la vía pública. Y siempre tengo la misma sensación, no de haber sido robada, sino traicionada. En una de mis últimas experiencias en esta cuestión, sucedió con una empleada por la que yo ponía las manos sobre el fuego. Así lo dije delante de ella y percibí una suerte de incomodidad de su parte al escucharme, pero no ahondé en analizar su reacción. Lo cierto es que robaba sistemáticamente mi dinero de la tarjeta que, con toda inocencia, yo depositaba en sus manos para las compras. Un amigo, al que primero acusé del despojo, me puso en la pista de la verdadera autora. A contracorriente y desconcertada, pude comprobarlo. No podía creerlo, todas mis sospechar la habían apartado sistemáticamente de esa falta. De modo que, a pesar de mi deseo, tuve que aceptar una vez más que somos proclives al robo. Si no robamos bienes materiales a veces robamos otros, inmateriales estos, que acaso sean más lamentables. Robar un par de zapatos no está bien, sin embargo, robar un proyecto de un colega, una canción de un compañero lejano o cercano o bien robar el tema o la anécdota de un escritor está peor. Es una propiedad inmaterial, y a menos que haya pruebas contundentes para denunciarlo, la cosa se vuelve más difícil. Los robos de bienes que no prescriben con valor de objeto material y concreto son más difíciles y en ciertos casos, imposibles de probar. De modo que, según mi entender, robar ocupa en mi ley personal, un lugar muy cercano al que recibe la pena de muchos años de prisión o cadena perpetua.
No obstante, sé perfectamente que acaso los robos más deleznables no ofrecen la posibilidad de un castigo ejemplar. Pero en esos casos generalmente hay otro, un cómplice. Robar amores, robar afectos familiares, robar espacios de atención, y sobre todo robar por medio de la injuria, la calumnia o el chisme, la honra de una persona, no son punibles si no es público y fundado, no pueden serlo a causa de su intangibilidad, pero acordemos que son los más comunes y, habituados a estos despojos, no denunciamos el peso de sus resultados. Ni a los protagonistas ni a sus cómplices. Dejamos que los robos circulen con la mayor impunidad.
Se roban así amores, roles, puestos, versos, planes, proyectos, afectos, y se roban niños, mujeres, hombres a causa de la fuerza de trabajo, marchitos por la esclavitud de horarios y rigores. O bien por la desatención de sus responsables, o bien por la indiferencia de todos nosotros. Y en el peor de los casos por injusticia de la ley o el terrorismo aplicado de los impresos amarillistas. Y mucho, mucho más.
Ser humano significa conciencia, corazón y cabeza reunidos, para protegernos y proteger, cuidarnos y cuidar, amarnos y amar. Si eludimos este punto, estamos soslayando nuestra mayor responsabilidad, la que proclamaron profetas, iluminados, sabios y científicos en todos los tiempos y lugares. Tu prójimo es tu igual, tu prójimo puedes ser tú mismo si atiendes a eso que llamamos, seres humanos.
Nuestros derechos fueron proclamados por la Revolución Francesa, Igualdad, Libertad, Fraternidad, no obstante, existen desde que un ser humano se encontró con otro ser humano y pronunció, en señas, en dialecto, en lengua propia, como sea, NOSOTROS.
Y a ese NOSOTROS, nadie tiene derecho a robárnoslo.
Coral Aguirre (Argentina, 1938). Es una artista de larga trayectoria y con reconocimientos nacionales e internacionales en varias disciplinas. Ha sido música, actriz de teatro, directora de teatro y dramaturga; actualmente su trabajo se centra en el ensayo, el cuento y la novela. De origen argentino, inició en aquellas latitudes su primer oficio como música de orquesta y pronto eligió el teatro como herramienta de combate, castigo por el cual su grupo, Teatro Alianza, fue objetivo del Terrorismo de Estado, de la persecución, desaparición, prisión y asesinato, tras lo cual el exilio en Europa y finalmente en México se convierten en el destino de Coral. En 1988 es invitada como promotora cultural al coloquio La dimensión del desarrollo cultural en América Latina, que se realizó en Ciudad Victoria Tamaulipas auspiciado por la SEP. Durante ese lapso La cruz en el espejo, texto dramático sobre Sor Juana Inés que obtiene el Premio Nacional de las Artes en Argentina y es publicado, obra presentada posteriormente por Guillermo Samperio a la sazón subdirector de Bellas Artes junto a Víctor Rascón Banda, Héctor Azar y Tomás Urtusástegui. En 1989 escribe sobre un cuento de Marguerite Yourcenar El inútil combate, un texto dramático que obtiene las críticas más auspiciosas por parte de Sabina Berman, Bruno Bert y Víctor Hugo Rascón Banda. A partir de allí comienza a escribir cuentos explorando las migraciones, la trashumancia, la violencia, la pobreza y desolación de los pueblos, pero también sobre una suerte de fineza (en términos de Sor Juana) y una calidez que nunca antes había conocido.
Dice el crítico norteño Roberto Kaput: “Coral Aguirre inauguró entre nosotros la novela de la posmemoria, una de las últimas manifestaciones de la novela política en América latina. En la trilogía de la memoria (Los últimos rostros, El resplandor de la memoria y Una patria aparte) reconstruye entre generaciones los últimos 50 años de la región, de la frontera norte de México a la Patagonia. (…) Con ello, la autora vuelve a poner en circulación la memoria de una generación de proscritos. Las novelas de Aguirre nos conectan con la memoria latinoamericana reciente y con la tradición de narradores del Río de la Plata…”
Finalmente, soy del sur cuya frontera es el Río Bravo, en esa parte del desierto donde no crecen violines ni mariposas pero donde muchos como yo se obstinan en el milagro de la escritura.












