Cordelia Rizzo
Hay diversos estudios de neurociencias validando que las ganas de “comerse” a un bebé son una reacción normal. Las madres, sobre todo, retroalimentan el vínculo con sus crías a través de estos deseos de agresión tierna que revela un desborde de sus deseos de cercanía. A mí me pasa cuando veo sus patas dobladas hacia adentro con su cuerpo posado como barra de pan, imagino un pequeño costillar desmenuzado para hacerme unos tacos.
El otro día platicando con mi sobrina de dos años y lo agarré como si me lo fuera a comer. Le decía que me lo iba a aplastar como una bolsita de puré, a lo que después de procesar contestó: “Paquíto no e comida; Paquito e un perro”, con mucha seriedad. Paré. El ritmo al que la niña le halla sentido a cosas nuevas es otro. Cada cosa entra a su sistema de comprensión del mundo. Así pues, después de la pausa ella estableció una verdad de los hechos en su vida, y en la vida de nosotras, nació nuestra broma local y resolvió -tentativamente- el dilema acerca de si Paquito es o no es comida.
Después, en nuestras llamadas, me pregunta a veces por Paquito, “Paquito no é comida”. “Un taquito de Paquito” y “¡Paquito no é pouchie!” y “cómete a Paquito”. Entonces ahora podemos compartir la emoción y contradicciones del desborde de ternura. Hasta ahora nuestra compartición lleva dos meses, y evolucionamos a pensar si le ponemos salsa catsup o picante a nuestro taco imaginario. La mayoría de las veces yo empiezo, pero ella también toma iniciativa para bromear. Paco se pone celoso. Hay un par de fotos en los que se le ve detrás de ella como villano de telenovela, pero en el fondo no creo que le desee el mal.
Estos momentos con mi sobrina y mi perro me hacen testiga de la formación del mundo en común de la niña. Son como un mini concejo de seres pequeños. Se necesitan para defender su espacio frente a las taras del adultocentrismo. Paquito recibe el reconocimiento del miembro joven de la tribu y ella tiene una probadita de autonomía. Declarar al perro “no comida” es un ejercicio de poder. Estos datos aparentemente anecdóticos muestran cómo se va co-construyendo no sólo esa relación, sino una forma de estar entre personas y animales. Ella tiene dos mascotas pequeñas en su casa; les da de comer y las acaricia. Paquito es un tercer miembro de ese set junto con las mascotas de su otra tía que le crean un universo pequeño, pero sólido, de animalitos.
Los eventos de reconocimiento marcan las vidas pequeñas. Sentirse pequeña es saberse fácilmente dominable. Elijo el tamaño en vez de la idea de precariedad, como diría Judith Butler (2007), porque cada persona es susceptible a que sus circunstancias, que al conocerse mejor se pueden visualizar cada vez más macro, actúen sobre su vida. Me sirve pensar que somos polvo de seres gigantescos, las estrellas (Sagan: 1980). Lo prefiero a la forma abstracta de la “precariedad” pues me ayuda pensar en escalas para ir acomodándome como masa y pensamiento. Hay movimientos que afectan la realidad personal desde ámbitos que no se alcanzan a ver nítidamente pero que se pueden intuir y describir por los efectos que generan.
En este marco, reconocer -entre pares humanos, pequeños seres- es una forma de establecer un criterio de realidad en común, como lo dijo el especialista en derechos de las víctimas, Carlos Beristain, sobre las víctimas de los atentados de ETA a finales del siglo pasado y también sobre los 43 normalistas desaparecidos en 2014. Reconocer es una forma de remediar heridas y desajustes que podemos ofrecer a otra persona. Reconocer también implica entender desde dónde está formada la percepción de la otra persona y poder empatizar.
Con mi sobrina jugar implica reconocer que los objetos son lo que decimos que son, y que cuando interrumpimos el juego, dejan de ser lo que convenimos que eran. A veces voy más rápido y tengo que dejar que ella procese, a veces ella se adelanta y me tardo más yo en entender. Una vez que coincidimos en que ese sillón con tapa va a ser un horno de cocina, nuestro juego toma vuelo. Lo vamos perfeccionando con cada iteración y nos puede interrumpirlo cuando lo estamos refinando. Así como Paquito no es comida, y a veces sí es comida de broma, ese sillón es un horno y deja de ser un horno cuando tenemos que bajar a comer. Ese switch amplifica las alegrías porque nos da libertad de sentir con imaginación.
Como adulta yo puedo fácilmente herir a lxs pequeñxs. Todo el tiempo me pasa con Paquito, que genera sonidos cómicos y hasta mordidas para restablecer respeto. Con lxs niñxs también pasa, que una se olvida de la actividad delicada de construir y afirmar un mundo propio. Ese perro pequeño, a fin de cuentas, sobrevivió varias semanas en la calle, se hizo amigo de mi hermana, de su mascota, de los perros de la casa de mis papás, y lleva cuatro años y medio en nuestras vidas. Sabe exigir comida, acomodarse a los ritmos diferentes, adaptarse al frío y a las experiencias nuevas. No se olvida de sus amigxs perros y les deja olorcitos donde viven. La niña de dos años vela la siesta de sus peluches. La brigada pequeña está llena de maravillosas capacidades, que sólo nos exigen saber cuidarles.
Cordelia Rizzo. (CDMX 1982) académica, activista y artista textil. Investiga y escribe sobre textiles, el tacto y la estética comunitaria en la acción política. Candidata a doctora por estudios de la performance, educadora y ocasional escritora y lectora de poesía.












