Lázaro Izael Rangel
“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Es el último poema del célebre poeta Cesare Pavese, y no he dejado de pensar en él después de ver la película Hamnet, dirigida por Chloé Zhao y basada en la novela de Maggie O’Farrell. La historia narra el duelo de Agnes Hathaway y William Shakespeare tras la muerte de su hijo de once años.
Comenzaré diciendo que a mí me gustó la película, me parece que tiene buen ritmo, imágenes poderosas y una inteligencia particular para trabajar con el silencio. Me gustó la forma en que la adaptación del guión transforma lo narrado en grandes pausas visuales sostenidas por la actuación extraordinaria de Jessie Buckley. Sin embargo, en las redes sociales (ese espacio que hoy se presenta como una especie de plaza pública) he visto opiniones encontradas. Algunos críticos la han tachado de excesivamente melodramática; otros dicen que es una película devastadora. Incluso he leído que reproduce una metáfora ya gastada acerca del tránsito de la muerte.
Es justamente en este último punto donde me gustaría detenerme, porque me ha hecho pensar que cuando una metáfora se desgasta parece perder su fuerza inicial, deja de sorprender. Su operación (hacer que dos cosas muy distantes encuentren rasgos en común) ya no produce el mismo estremecimiento que cuando aparece por primera vez. Se vuelve entonces lenguaje común. Sin embargo, quizá allí se revela algo más interesante. Tal vez ciertas metáforas se repiten no porque estén vacías o no porque las hemos vaciado con su repetición; sino porque quizá han logrado decir algo esencial sobre el mundo. Las repetimos no porque con el tiempo dejan de parecernos extrañas, sino porque hay algo que se sitúa en el espacio de la verdad y pasa a formar parte de la manera en que entendemos la realidad. Una metáfora tendría que presentar una forma nueva de esa verdad, una manera particular de entregarnos eso que intuimos como verdadero. Partiendo de eso la pregunta podría ser otra: ¿está realmente gastada esa metáfora sobre la muerte que propone Hamnet? ¿O más bien viene a recordarnos algo que ya sabíamos y que, sin embargo, no habíamos terminado de reconocer?
Algo parecido ocurre con los buenos poemas. Al leerlos sentimos a veces una extraña familiaridad, como si el poema nombrara algo que también habíamos pensado alguna vez, pero para lo que todavía no teníamos palabras. El poema no inventa necesariamente una verdad nueva; más bien la revela. Quizá por eso ciertas imágenes regresan una y otra vez. Nos recuerdan algo fundamental, que el mundo guarda ciertas correspondencias, ciertos equilibrios invisibles.
Y pienso que, trasladado al caso de Hamnet, la metáfora alrededor de la muerte que la película (y antes, la novela) propone, vuelve a recordarnos algo muy simple, que el arte siempre intenta lo mismo. Robarle un poco más de tiempo a la muerte. En un mundo hiperglobalizado, donde incluso la inteligencia artificial parece decirnos qué pensar y cómo hacerlo, el arte sigue siendo uno de los pocos espacios donde podemos detenernos. No solo para pensar en la muerte, sino también en nuestros muertos; para dolernos por ellos y concederles un pequeño plus de existencia, como diría Vinciane Despret. Y que una obra nos recuerde eso, para mí es fundamental.
El verbo robar proviene del antiguo alto alemán “roubōn” o “rauben”, que significa despojar. El sustantivo “rauba” designaba el botín, aquello que el vencedor arrebataba al enemigo vencido. Robar era, en ese sentido, quitarle algo al otro, despojarlo de aquello que le pertenecía.
Curiosamente, de este verbo derivamos también palabras como “arrobar” y “arrobamiento”, vinculadas a la raíz indoeuropea reup- (arrebatar, romper, trizar). En francés existe el verbo “dérober”, que significa hurtar, pero también esconder o sustraer. Y la palabra “robe” (vestido) comparte el mismo origen: las prendas del enemigo formaban parte del botín. La voz castellana “ropa” tendría también esta procedencia. Saqueo, despojo, botín. Robar tiene algo de vestirse con las prendas del otro. Un cambio de identidad. Una ruptura. El que roba despoja al enemigo de sus vestiduras y las porta como una insignia, como señal de victoria. Pero, ¿qué sucede cuando el enemigo al que intentamos despojar es el enemigo por antonomasia, la muerte? ¿Qué se le puede robar a ella? ¿De qué prenda podríamos despojarla? Quizá de esa prenda que guarda con más celo que ninguna otra: la vida. ¿Cómo arrancársela, aunque sea por un instante? ¿Cómo arrebatársela? Tal vez desde la antigüedad el arte ha intentado responder esa pregunta.
Siempre he sentido fascinación por el mito de Orfeo. El poeta hermoso, a quien los dioses regalaron una lira con la que calmaba a las bestias. Se dice que incluso las piedras se movían para seguir su canto y que los árboles inclinaban sus ramas hacia él, conservando hasta hoy la forma que su música les dio. Orfeo estaba profundamente enamorado de Eurídice, con quien terminó casándose. Pero un día devino la tragedia: mientras huía de Aristeo, Eurídice fue mordida por una serpiente y murió. Entonces Orfeo descendió al inframundo. Con su canto logró apaciguar a cada una de las criaturas que encontraba en su camino. Su música detuvo los tormentos de los condenados y conmovió incluso a los dioses del mundo subterráneo. Hades y Perséfone, conmovidos por su dolor, le concedieron una oportunidad, podría llevarse a Eurídice de regreso al mundo de los vivos con una sola condición. Debía caminar delante de ella y no volver a mirarla hasta que ambos hubieran salido completamente del inframundo.
Orfeo tenía entonces la posibilidad de robarle algo a la muerte. Emprendió el camino de regreso hacia la luz. Y durante ese trayecto su canto parecía sostener la presencia de Eurídice detrás de él. Era como si cada nota, cada respiración, la fuera trayendo poco a poco de vuelta al mundo de los vivos. Pero en el último momento no resistió la duda. Se detuvo. No escuchó sus pasos tras él. Y se volvió para mirarla. En ese instante la perdió para siempre. Tal vez porque el canto se había interrumpido. Esta historia me gusta porque me hace creer en algo, que el canto puede traer de regreso a la vida aquello que parece perdido.
El canto es aspiración, fuerza, respiración. Durante el tiempo que dura, anima el mundo y suspende por un instante el dominio de la muerte. Orfeo se presenta entonces como una especie de ladrón, alguien que, aunque fracase en su intento final, logra durante el tiempo de su canto hacer que la muerte se repliegue. Demostrándonos que el arte crea una presencia.
Voy a llevar esta idea hacia la poesía. El otro día, en uno de mis talleres de poesía, leíamos a Olga Orozco. Algo nos llamó mucho la atención. En sus poemas, a diferencia de otros poetas de su época, el versículo parece construir no solo un ritmo meditativo, casi de conjuro, sino también una relación directa con el cuerpo. El poema nos lleva hacia la respiración. Al leer sus versos, respirábamos con ella. Como dice Franco “Bifo” Berardi, la poesía nos recuerda que la respiración es la trama íntima del ser. El ritmo no se refiere solamente al sonido de las palabras; nos pone en consonancia con la vibración del mundo. La poesía aparece entonces como un intento de sintonizar con esa vibración, con el pulso mismo del tiempo. Respirar juntos. Crear una existencia compartida. Animar no solo la voz del poema, sino también a quienes participan de su aliento, afectándonos y ligándonos a la vida durante el tiempo que dura ese poema.
Mi abuelo murió hace poco. Dejó a mi abuela sola, y para ella ha sido muy difícil atravesar esa pérdida. Mi abuela no ve, así que hace unos días la llamé por teléfono para contarle la película de Hamnet. Del otro lado escuchaba a sus pájaros cantar. Me la imaginaba recargada sobre la pequeña mesa de madera junto a la ventana donde tiene el teléfono.
Le fui narrando la película escena por escena. No sé muy bien por qué quise hacerlo. Tal vez porque la última escena me conmovió profundamente, la forma en que la madre toma la mano de Hamlet y acompaña al personaje shakespeariano (que por momentos es también su hijo) en el instante de su muerte. Quizá, de alguna manera, al narrarle esta película yo quería mostrarle a mi abuela que es posible despedirnos de otras maneras. Quería decirle que todavía es posible hablar con mi abuelo, verlo, encontrarlo de algún modo a pesar de su muerte y de nuestra vida. Que hay formas de reencontrarnos.
En A la salud de los muertos, Vinciane Despret propone una pregunta extraña y profundamente sugerente, ¿dónde están los muertos? Pero sobre todo, ¿qué nos hacen hacer a nosotros, los que seguimos vivos? Su respuesta se aleja de la idea de que los muertos simplemente desaparecen. Más bien, dice Despret, los muertos transforman la vida de quienes quedan. Nos convierten en fabricantes de relatos. Recordar no es simplemente conservar una memoria. Recordar es un acto de creación. Es fabular, proponer una historia, construir una presencia que permita que los muertos continúen existiendo de otro modo. Para nombrar ese proceso, Despret utiliza una palabra muy precisa, instaurar.
Instaurar significa hacer existir algo, construirlo, darle un lugar en el mundo. Llevar a un ser a la existencia implica asumir la responsabilidad de acogerlo, de permitir que continúe transformándose. Ayudamos a los muertos a devenir lo que son. Sea un alma, una obra de arte, un personaje de ficción o un muerto, todos son producto de una instauración. Cada uno de estos seres adquiere una nueva forma de existencia gracias a quienes aceptan sostenerlos mediante relatos, gestos y repeticiones.
Hay que situar al muerto, es decir, hacerle un lugar. El “aquí” se vacía y entonces debemos construir un “allá”. En Hamnet, ese lugar es el teatro. Sobre el escenario aparece el hijo muerto. Allí convergen todos los tiempos, el pasado, la memoria y el presente de la representación. El teatro se convierte en el espacio donde el hijo puede existir otra vez. Los muertos convierten a los vivos en narradores. Recordar es recomponer a los muertos, pero también historias que los incluyen. Relatos que permiten que su presencia siga actuando en nosotros.
Rehacer los gestos del fallecido, hacer en su lugar, retomar sus maneras de vivir, prolongar sus hábitos, todo esto pertenece al orden de la repetición. Pero no se trata de una repetición vacía. Es una repetición en el sentido teatral. Lo que viene antes prepara lo que vendrá después. Como en los ensayos de una obra, gestos que se repiten una y otra vez hasta cargar de emoción y de significado aquello que finalmente aparecerá en escena. La repetición permite que algo vuelva a existir. Nos sitúa frente al hallazgo. Frente al espacio donde lo poético toma forma y vislumbramos entonces la verdad de lo humano, lo que sea que eso signifique.
Cuando terminé de narrarle la película a mi abuela, me dijo que le costaba aceptar la muerte de mi abuelo, pero que, sin embargo, el mundo estaba bien. Que todo estaba bien hecho. Sus tulipanes habían florecido. Las golondrinas habían vuelto a hacer su nido en el techo de adobe. La vida seguía.
Tal vez esta historia, y escucharse a sí misma también, le recordó, como a mí, justamente eso: que el mundo guarda ciertas correspondencias, una especie de equilibrio silencioso entre las cosas. Algo que el arte vuelve visible. Quizá por eso existen las metáforas. Porque nos permiten reconocer una unidad secreta entre aquello que parecía separado. Y creo que eso ocurre con la poesía. La respiración del poema nos pone en conspiración con el mundo. Nos recuerda que formamos parte de una misma vibración. Y mi abuela me lo hizo ver, hay otras formas de reencontrarnos con nuestros muertos. No se han ido del todo. La vida insiste en devolvernos su presencia.
Vi Hamnet y me gustó. Me gustó la manera en que la obra construye una escena para robarle un momento más a la muerte. En el teatro aparece el hijo fallecido. Allí cobra de nuevo espacio y tiempo, como si todos los tiempos convergieran en uno solo, el eterno presente de la representación. El tiempo del arte. Porque es verdad, todo arte inventa su propio tiempo. Un tiempo que no es el del reloj, sino el de la experiencia.
Cuando intentamos robarle algo a la muerte, lo que se activa es precisamente ese otro tiempo. Un tiempo donde aquello que hemos perdido vuelve a adquirir presencia. Como diría Vinciane Despret, en ese gesto agenciamos otras formas de vida, abrimos un espacio donde lo perdido puede seguir existiendo de otro modo.
Así es como el teatro, la poesía, el arte, forma su propio espacio de representación y tiempo presente, el aquí y el ahora. Funciona como un lugar donde las líneas temporales se congregan y, durante la representación, nos permiten acceder a otro tiempo, donde las acciones, por medio de la repetición, toman relieve, se cargan de significación y se vuelven, en escena, símbolo, permitiéndonos llegar a la catarsis, no sólo como resultado, sino como experiencia encarnada. El arte nos permite, desde una mirada oblicua, ver aquello que nos duele.
¿No es eso lo que hacemos cuando escribimos? Narrar historias, recordar, intentar robar un poco más de tiempo. Dar un plus de existencia. Despret dice también que lo que nos afecta necesita circular. Lo que afecta pide relevo, transmisión, necesita pasar de unos a otros. Si no encuentra huéspedes, lo que nos afecta se marchita. El arte esencialmente repara en eso que nos afecta. Y al afectarnos nos conecta con los otros; por medio de la voz, por medio de la respiración, por medio de una resonancia compartida. Esa es su potencia. No a modo de consuelo sino como una especie de gozo compartido, el gozo que es intrínsecamente la conexión con la vida. Tal vez el arte no cure definitivamente el dolor, pero lo suspende por un instante, lo reparte, nos invita a verlo, a reparar en su existencia durante el tiempo que dura el poema, la película, la novela, la danza.
En la literatura el tiempo se reorganiza. Puede volver sobre sí mismo, abrir posibilidades, hacer que las cosas sucedan de otra manera. Tal vez por eso escribimos. Porque todo el tiempo intentamos recuperar algo que hemos perdido y que no podrá repetirse exactamente igual. El tiempo es algo que se hace. Y estamos aquí, escribiendo, haciendo tiempo, tratando de recuperar los momentos que nos atravesaron para que no desaparezcan del todo. Eso es la memoria. Y también el poder transformador de la escritura.
Porque el gran dolor es ese: mirar hacia atrás. Pero también salir. Salir del inframundo transformados por lo que vimos allí. Y aunque tengamos la batalla perdida siempre ante la muerte y ésta nos despoje de todas nuestras prendas, el arte nos permite una especie de revancha, porque sí, como dijo Pavesse “vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Vendrá inevitablemente. Pero tendrá tus ojos. Y quizá en esa mirada hay algo más fuerte que la propia muerte. Sí vendrá la muerte pero tendrá tus ojos. Y con esa certeza puedo salir a caminar, dejar atrás la ventana, la calle, los puestos de revistas, la noche que comienza lentamente a encenderse. Salir al parque. Sin mirar ya hacia atrás.
Lázaro Izael Rangel. (Saltillo, Coahuila, 1997). Poeta y guionista. Es autor de Crianza Natural (2026), Spleen Mexa (2025), Mamá, el campo (2023), Matunuk, 1950 (2024), Envilecidas como hienas miramos la espesura de ese cielo (2019, 2023) y el libro para las infancias Gallo, el planeta estalla (ilustrado por Israel Barrón, 2024). Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2025, el Vigésimo Premio Hispanoamericano de Poesía para las infancias 2023 (FLM & FCE), el VIII Premio Iberoamericano de Poesía Joven Alejandro Aura 2022 y el Premio Nacional Dolores Castro 2019. Ha sido traducido al inglés y al portugués. Su primer largometraje Gallineta está en proceso de desarrollo.












